IAR Noticias
Luego de exterminar con su ejército a 300 militantes islámicos en la Mezquita Roja de Islamabad, en agosto pasado, el dictador de Pakistán, Pervez Musharraf, resolvió ratificar su alineamiento incondicional con la “guerra contraterrorista” de Washington anunciando que eliminaría el extremismo “allí donde exista”. Pero la oleada de “venganza islámica” generada por la matanza en la mezquita sumió desde entonces a Pakistán en un proceso de “afganización” indetenible que ya ha causado centenares de muertos, la mayor parte soldados del régimen. En este escenario, Washington decidió restablecer la “imagen democrática” del país impulsando un farsesco proceso de reelección presidencial del general “contraterrorista” en el parlamento, trazado mediante un pacto de “gobernabilidad” con la oposición corrupta liderada por la ex primera ministra exiliada, Benazir Bhutto. La operación busca “lavarle la cara” a la desprestigiada dictadura militar pakistaní e instaurar una estrategia de combate al “terrorismo islámico” legitimada por la ONU y la Unión Europea, socia de EEUU en el nuevo armado de “democracia contraterrorista”.
El pacto de Musharraf (cuyo gobierno se muestra impotente para controlar los ataques y atentados diarios de las organizaciones islámicas) con la oposición liderada por la exiliada ex primera ministra Benazir Bhutto, tiene como finalidad mostrar el comienzo de un “proceso democrático” que legitime a Pakistán dentro de una nueva etapa de la guerra contra el “terrorismo islámico”.
A su vez, el acuerdo de reelección del general en el parlamento, le sirve a Washington para afianzar
su control sobre
Musharraf (que ya no resulta confiable a la Casa Blanca) e instalar en el país una versión más “democratizada” de represión y persecución de grupos islámicos vinculados a Al Qaeda y a la red Talibán que actúa contra la OTAN y EEUU en Afganistán.
Tanto la Casa Blanca como la “oposición” demócrata” siempre han acusado al dictador Pervez Musharraf, de tolerar “elementos” en el ejército y los servicios de inteligencia que mantienen vínculos ideológicos y estratégicos con militantes islámicos “extremistas”.
La masacre de militantes en la Mezquita Roja, según analistas de las cadenas norteamericanas, habían puesto de manifiesto los desesperados intentos del desgastado y desprestigiado Musharraf por mantener su supervivencia política como aliado de Washington en la “guerra contraterrorista”.
Luego de las matanza en la mezquita, para anunciar su estrategia de alineamiento “antiterrorista” sin fisuras con Washington, el presidente Pervez Musharraf, se dirigió, en un discurso televisado, a los paquistaníes para asegurar que eliminará el terrorismo y el extremismo “de cualquier rincón del país”, terminando de esa manera con la política de “doble juego” que su gobierno venía sosteniendo con las organizaciones islámicas vinculadas a “Al Qaeda” y a los talibanes que guerrean contra la OTAN y EEUU en el vecino Afganistán.
El anuncio de Musharraf se produjo horas después de que Abdul Aziz, líder de los clérigos de la Mezquita Roja, que sobrevivió a la masacre donde fue muerto su hermano, pronosticara que “el martirio” de los defensores del templo impulsará a Pakistán hacia una “revolución islámica”.
En un Pakistán “afganizado” y marcado por la violencia diaria, la Casa Blanca promovió la reelección de Musharraf, impulsando el nombramiento de un sustituto del general “contraterrorista” al frente del Ejército, arreglando el nuevo exilio del opositor Nawaz Sharif, y pactando un acuerdo con la sinuosa ex ministra y sumisa aliada de Washington y de la UE, Benazir Bhutto, que conferirá a la nueva administración mayor legitimidad internacional para “combatir al terrorismo”.
El pacto entre Musharraf y Bhutto posibilitará al primero ser nombrado nuevamente presidente sin las críticas de las potencias europeas aliadas de EEUU, mientras que a la segunda le permitirá disfrutar del cargo de primera ministra por tercera vez, con las acusaciones de corrupción que pesan sobre ella y su familia archivadas y disimuladas en el nuevo “proceso democrático” que lo cuenta como principal protagonista.
El tercer actor en este arreglo para “lavarle la cara” al gobierno represivo y militarista de Musharraf (y de paso ponerle un control con la primera ministra) es la Unión Europea que impulsó el retorno de Bhutto al poder ante su socio sionista en Washington, confiriéndole status “democrático” pese a su pasado vinculado a la corrupción y al lavado de dinero que la catapultó al exilio.
No obstante, este reparto del poder impulsado por Washington ya generó críticas dentro de las dos formaciones políticas que apoyan a Musharraf y a Bhutto, lo que anticipa contradicciones y fisuras en el nuevo gobierno lacayo de EEUU.
Más allá de los planes de Washington y de sus socios del sionismo europeo con el naciente “proceso democrático” pakistaní, las corruptas fuerzas políticas que acompañan a Musharraf y a Bhutto, con su afán de protagonismo y de concentración de poder, se convierten en el principal enemigo en la búsqueda de un proceso de coherencia y organicidad en la “guerra contra el terrorismo islámico” que guía la estrategia de Washington.
Este domingo, simultáneo al anuncio de que Pervez Musharraf, actual presidente del país, había sido reelegido como jefe de Estado en la votación celebrada el sábado en el Parlamento de Pakistán, fuentes oficiales confirmaban que 20 soldados del Ejército fueron muertos por la guerrilla islámica en la frontera con Afganistán.
Un comienzo nada prometedor para la naciente “democracia contraterrorista” consumada por el pacto Musharraf-Bhutto, con la santa bendición de EEUU y la Unión Europea.
Archivado bajo: Afghanistán, Al Qaida, EE.UU/ USA, Guerra, Pakistán, Política Internacional, Terrorismo































Premio recibido desde
Premio que me han otorgado desde