El misil
Dos aviones vuelan a ras del Atlántico, con el agua rociando sus parabrisas. Van hacia un eco difuso que palpita en sus radares. No es un islote ni nada que se parezca, pues emite sus propios pulsos. Es un elemento vivo, casi podría decirse. Los aviones han dejado la costa en esta mañana de perros. Entre el agua y el techo nuboso hay apenas doscientos metros. Por delante sólo se ve una cortina lechosa. Los pilotos guardan silencio. No precisan decir palabra: han ensayado tanto que cada uno sabe a la perfección lo que hace el otro. El problema es diferente. Es sobreponerse al terror que supone acercarse al objetivo. Si los pilotos han detectado el eco difuso, a éste también le llegan las señales de los aviones. En determinado momento han subido a cuarenta metros, por unos pocos segundos, para espiar el horizonte. Si algo faltaba para ponerlos en evidencia, era precisamente esto último. Por suerte no hay tiempo para pensar. Van a diez metros del agua. En eso, uno de los aviones se mete en un chubasco, de modo que su piloto no advierte cuando el otro dispara el misil, así que rompe el silencio al emerger de la lluvia y le pregunta si ya tiró. El otro dice que sí. Por lo tanto, el piloto del chubasco lo imita. Pasan cuatro segundos eternos, el tiempo que media entre que aprieta el botón y aparece el proyectil, que semeja una bengala perdiéndose entre la bruma. ¿Darán contra el eco difuso? ¿Los atajará el enemigo? ¿Terminarán cayendo en el mar? Los pilotos no piensan averiguarlo, pues deben proceder al escape. Viran violentamente a la izquierda y emprenden la retirada.
Pero uno dará en el blanco. En la cubierta de una fragata lejana, dos hombres vigilan el horizonte. El radarista ha dado la alarma. ¿Qué ha descubierto, en realidad? Dos aviones que vienen como enloquecidos en dirección a la flota. Por eso, para engañarlos, todos los barcos están lanzando señuelos. El cielo se cubre de enjambres de libélulas de aluminio, pero el misil no cae en la trampa y sigue en busca del eco difuso. El radarista registra enseguida algo más preocupante. Ya no son los radares de los aviones intrusos sino de los propios misiles. Aquí el cielo está limpio. Los hombres de la cubierta distinguen a la distancia una voluta de humo, una insignificante manchita a poca distancia del agua. Ambos gritan al mismo tiempo que se aproxima un misil. Es demasiado tarde. Viene a velocidad supersónica, a dos metros del oleaje. De inmediato, el barco es golpeado en la banda. El misil penetra en diagonal y desata un infierno a bordo. El orgullo de la flota queda sin energía y pronto navega al garete. En muchas millas a la redonda, todos quedan paralizados. El barco integra una escuadra de cien unidades navales, incluidos cuatro submarinos atómicos, que han llegado a recuperar unas islas. El ataque llegado desde la nada los sume en el desconcierto y la angustia. Poco tiempo más tarde, el barco está reducido a chatarra, calcinado y a punto de hundirse.Tres días después, en París, un hombre ingresa a escondidas a su cita con el psicólogo. Llega cuarenta minutos tarde. Se lo ve desmejorado. Hoy no piensa hablar de su infancia sino de una mujer que lo acosa. Ella lo acaba de llamar por teléfono, furiosa por lo ocurrido. Lo culpa de todo a él. Quiere información del producto que ahora amenaza a su flota. Es un novedoso modelo que lleva el nombre de un pez. ¿Qué clase de información? pregunta el profesional. Los códigos del artículo en cuestión. Una vez que los tenga, ella podrá reducirlo a un murciélago sordomudo, asegura el paciente. La mujer le ha prohibido a los gritos que siga entregando el producto. Pero si no recibe los datos, ella va a tirar la bomba, pues sus barcos llevan armas nucleares.El terapeuta procura evocar la escena. ¿Algo así como Hiroshima? Su paciente menea la cabeza. Armas nucleares tácticas. Suponga, dice al terapeuta, que toda la fuerza aérea enemiga se acerca al objetivo. Bueno, una sola de aquellas armas la vaporiza en el aire. Cuando llegue la Cruz Roja, apenas quedará radiación. La explicación no satisface del todo al terapeuta, que se limita a decir: ¿Usted cree que cumplirá su amenaza? Por supuesto, dice el paciente. Es una mujer desquiciada. Tiene la voz de Marilyn y los ojos de Calígula.Por suerte, explica el paciente a su terapeuta, sus clientes sólo tenían cinco unidades. Ahora les quedan tres. Les ha vendido catorce, pero aún no completa la entrega. Para el terapeuta, todo indica que su paciente ya tiene resuelto el curso a seguir, o sea, traicionar a sus clientes. Quizá ya entregó a la mujer los códigos del misil. Sólo está hablando para justificarse a sí mismo. Sin embargo hay algo que lo tiene aterrado. ¿A quién venderá su mercadería cuando trascienda su deslealtad comercial?Esto último se le va de los labios, pues hoy, a diferencia de otras sesiones, tiene todo calculado. Está hablando para la posteridad. Pretende que su psicólogo divulgue algún día lo que ahora está escuchando. Quiere que escriba un libro de esos fáciles de leer. Que revele las razones de su misterioso comportamiento. Que ha saboteado a sus compradores por una razón superior, para salvarlos de algo horrendo. Estos aviones, explica, son el real impedimento para la victoria de la mujer. Están en manos de un grupo de generales mal preparados para la guerra que, luego de bañar a su propio país en sangre, han retomado esas islas inservibles pobladas por cuatro ovejas. ¿Quién podía imaginar que sus hombres volverían operativos los productos que él les vendió? Ni siquiera servían para disparar desde aviones. El paciente se pierde en disquisiciones técnicas que parece no comprender del todo. El terapeuta no lo interrumpe. Su paciente es el presidente de la República. El terapeuta es un psiquiatra desconocido, un inmigrante con algo de árabe, hijo de argelino y polaca, ansioso por triunfar en París.Su paciente luce desmejorado. Tiene cáncer de próstata, acaso la peor condición para lidiar con una mujer castradora. Sin embargo, no se pierde sesión. El terapeuta no se acostumbra a verlo en la consulta. Es difícil ocuparse de alguien tan encumbrado. ¿Cómo vino a parar aquí? ¿Cómo elige uno al psicólogo? Es un tema que lo apasiona, que incluso lo ha llevado a escribir un libro. Su paciente, sin embargo, no se ha matado en buscarlo. Llegó en busca de terapia por consejo de su astróloga, actriz porno jubilada, luego de investigar al doctor con el servicio secreto.En las próximas semanas, el terapeuta sigue los hechos con multiplicado interés. Los militares han consumido el stock, luego de hundir otros barcos. Hay combates sangrientos y entonces termina la guerra. El terapeuta deduce que su paciente nunca llegó a completar la entrega. La mujer tampoco ha tirado la bomba. Sin embargo, corre cierto rumor. En el fondo del Atlántico Sur, a un paso de la Antártida, hay un arsenal de armas atómicas, entre los restos del barco que hundieron con el misil del paciente. Este producto ya es un suceso internacional y de todo el mundo le llueven las compras. El paciente ya no está preocupado por su imagen comercial. Con la guerra le ha ido mejor que pagando el stand más lujoso en la feria de armamento. ¿Y ahora? Nada: en el curso de los próximos meses, remitirá la mercadería pendiente a los generales que ahora se baten en retirada, acosados por la derrota y la sombra de sus crímenes. Ya tiene la venia de la mujer.Es cuanto podría decirse acerca de la terapia que hizo el paciente de Ali Magoudi, en aquellos meses del 8 . El médico se relame con el libro que escribirá. Tiene tiempo por delante: sólo podrá publicarlo cuando haya transcurrido una década de la muerte de su paciente. Es lo que precisaba para pegar el gran salto. Se pregunta si, mientras tanto, no debería darse una vuelta por las famosas islitas.
¿Cómo era que se llamaban?.
La casa de John
Un día, John estaba con su hija en la vereda, mirando a los argentinos que marchaban a los montes, cuando ella le preguntó: “¿Son hombres malos?” “No”, dijo John. “Son hombres atrapados en una mala situación”. Es lo que John Fowler pensaba entonces y todavía sostiene. Estaban todos compartiendo una situación triste e innecesaria.
Con el correr de las horas, sucedió algo extraño. Los soldados se perdieron de vista. Puede que ya estuvieran en las afueras, ocupando sus posiciones. Por eso las calles lucían desiertas. “¿Qué pasó?”, pensaban los residentes. Una legión de soldados que deambulaban con sus equipos pesados, de pronto desaparecieron del pueblo.
El tiempo seguía firme, no tan bueno, quizá, como la primera semana de abril, que había sido grandioso. La broma del día era: “Como Dios es argentino ahora sólo tendremos buen tiempo”. Los isleños habían recibido instrucciones de quedarse adentro, pero muchos salían al patio a comerse un asadito.
La mañana del desembarco, por la casa de John, habían pasado los buzos tácticos arreando a un grupo de prisioneros. Eran los volunteer corps, que calzaban sus antiguos uniformes de rezago, portando efectos y armas en una bandera británica. Al lado de las tropas argentinas, lucían como una hinchada menesterosa que venía de perder el campeonato. John no se atrevió a sacar una foto, cosa que todavía lamenta, pues hubiera sido un adecuado recuerdo de aquel otoño apacible, cuando parecía que todo iba a arreglarse, que alguien terminaría diciendo corten con esta locura.
La invasión los había dejado mudos, porque estaba fuera de todo cálculo. Si a algo le temían los malvineros era al gobierno británico, que parecía resuelto a entregarlos a la Argentina. Durante los últimos tiempos, no habían parado de preguntarse por su destino. De ahí que la reunión con Rex Hunt los tomara desprevenidos. El gobernador había convocado a los funcionarios y John asistió en su carácter de director escolar. Al gobernador le habían avisado de Londres que se venía un desembarco argentino. Eso fue cuanto dijo. Al día siguiente salió agitando una cortina de rendición, enganchada en la punta del paraguas.
Dentro de todo, reconoce ahora John Fowler, refiriéndose al desembarco, el trato a los civiles fue bueno. Un jefe de policía argentino-irlandés que empezó a matonear a los malvineros, fue despachado al continente. En cuanto a los casos de robo, se trató de incursiones a casas abandonadas de soldados que buscaban provisiones o asaltaban un gallinero. Por su parte, los malvineros se compadecieron más de una vez de los argentinos que pedían comida por las casas. Los sabotajes nunca fueron sanguinarios. Cada tanto aparecía una línea telefónica cortada o algún recluta aterrado por las fábulas de los gurkas. Un especialista en el género era un tal Eric. “¿Sabes cómo descubre uno si hay gurkas?”, dicen que preguntaba. “Si al despertarte sacudes la cabeza y ésta rueda por el suelo, es que anduvieron los gurkas”. Pero en Darwin como en Goose Green, las relaciones con los argentinos fueron muy tormentosas.
Todo abril fue tranquilo. Por momentos parecía un desembarco de Peter Sellers. Hubo corralito bancario, pero también se fijaron compensaciones por cada gallina abatida o ventana destrozada. Si alguien deseaba salir de la casa debía colgar un pañuelo blanco, así fuera para orinar en el bañito del patio. La radio argentina informó que a partir de entonces, todo el mundo manejaría por la derecha. Sin embargo, el farero local se las arreglaba para transmitir por radio a Inglaterra lo que le daba la gana. Mientras tanto, en las narices del gobernador argentino, los ovejeros hacían caravanas nocturnas con sus tractores y camionetas, transportando el material de los paracaidistas británicos.
El primero de mayo ya estaban ahí. Fue a la mañana temprano. Los Fowler tenían un bebito de días y John estaba en el living, intentando avivar el fuego, cuando sintió que explotaba la estufa. Era un Vulcan llegado desde Ascensión que bombardeaba el aeropuerto. La onda entró por la chimenea y lo tiró en la alfombra. Más tarde pasaron algunos jeeps con soldados malheridos, mientras brotaban columnas de humo rumbo al aeropuerto. Entonces empezaron a perder las esperanzas. Con este ataque aéreo y el hundimiento del Belgrano, era visible que había pasado la hora de las palabras.
Luego del toque de queda los Fowler debían quedarse en casa con las ventanas cubiertas, desde el crepúsculo hasta la mañana siguiente. Pronto recibirían algunos huéspedes, cuando los Harrier empezaron a atacar el otro lado del pueblo y la zona se volvió peligrosa. La casa de John pertenecía al gobierno y era sólida y espaciosa. Estaba considerada como una casa segura.
Entre los refugiados llegó Mary Goodwin, una típica anciana del campo, muy popular entre los científicos que recalaban en las Malvinas camino a la Antártida y paraban en su hostería. Para John fue una gran noticia, pues horneaba pan a diario, cocinaba de primera y siempre estaba contando alguna historia increíble. Junto con Mary llegó su hijo, un ex marinero al que le faltaba una pierna.
Otra refugiada fue Doreen Bonner, la mujer más dulce del mundo, que había consagrado su vida a cuidar de su hija discapacitada. Cheryl estaba en la cama desde que tenían memoria, no podía comer por sí sola y tampoco decía palabra. Solamente sonreía, sobre todo a su mamá. A los dieciocho parecía una nena de cuatro.
También llegó Susan Whitley, profesora de arte y economía doméstica, la esposa de su amigo Steve. En pocas semanas más, las tres estarían muertas. En cierto modo, diría John, el destino de Susan estuvo signado por su rabia frente a la guerra, pues cuando todo el mundo estaba lanzándose cuerpo a tierra, ella decía “No pienso tirarme al suelo”. En otras oportunidades había dicho cosas así y bueno, aún estaba de pie cuando la derribó la explosión. Tenía veintisiete años.
Pero durante las primeras semanas de aquel otoño templado, nadie nombraba a la muerte. El mundo de John se había reducido a su hogar y al trayecto que mediaba entre la casa y lo de un amigo, propietario de una de las tres videocaseteras que había en Stanley. John tenía consigo la video del colegio, así que el paseo con Rachel para buscar alguna película, se convirtió en la salida obligada. Generalmente volvían rápido, pues John tenía el presentimiento de que algo sucedería en su ausencia.
En mayo pasó algo horrible. Estaba jugando con Rachel en el jardín cuando un avión de combate surgió de los montes, volando a baja velocidad, meciendo tristemente las alas, tan cerca de tierra que se veía al piloto. Las tropas de una colina cercana empezaron a tirarle. A juzgar por la balacera, parecía un aparato británico. Es fácil imaginar la desesperación del piloto al verse en aquel infierno, hasta que un cohete lo hizo saltar en pedazos. John no podía creerlo. Ahí, desde el patio de su casa, asistían al espectáculo de un grupo de seres humanos que cazaban a otro como una rata. Rachel, que sólo tenía tres años, entró a la casa despavorida. A partir de entonces cambió. Aquella nena segura y alegre se volvió introvertida y asustadiza. Probablemente sus depresiones futuras tendrían mucho que ver con su experiencia de aquella tarde.
John se había quedado con dudas sobre la identidad del avión, así que pasó por la escuela para buscar en la biblioteca un libro de aviones del mundo. Descubrió que se trataba de un Mirage argentino, derribado por error. Luego leyó en la gaceta argentina que conminaban a identificar bien los aviones.
La noche del cañonazo, John estaba con los niños en el refugio. Se enfureció al descubrir que Verónica no estaba con ellos. Su mujer detestaba el bunker, siempre oscuro y hostil.
Lo próximo que escuchó fue la voz de su mujer, gritando que había un incendio. Sintió que Steve le decía “mujer estúpida, no es un incendio”. John saltó de alegría. Ambos se habían salvado. Pero entonces llegó Verónica a decirle que Doreen estaba mal. Cuando John entró al dormitorio, aún yacía en el suelo. Lo primero que distinguió fueron sus lentes cubiertos de polvo, una imagen que lo seguirá mientras viva. John presintió que Doreen estaba muerta; de lo contrario, no se hubiera quedado tan quieta con los anteojos así. Hay otros detalles que John no piensa contar, que van a quedar con él mientras viva. Steve le pidió que lo ayudara a levantar a Susan mientras clamaba por un espejito, pero era obvio que su esposa ya tampoco respiraba. Mientras tanto Mary estaba a los gritos, malherida y en estado de shock, preguntando si su hijo había sobrevivido al cañonazo.
Fue la penúltima noche de guerra. Sucedió de madrugada. Poco antes habían tenido un aviso. Un proyectil cayó en el jardín, pero John ni se enteró pues estaba durmiendo en el bunker que había armado en el comedor. Todavía tiene muy claro lo que pasó aquella noche. Cuando Steve fue a contarle lo sucedido, John decidió levantarse y se reunieron en la cocina con los demás, a tomar una taza de té. La cocina daba hacia el mar, de modo que John la consideraba un lugar peligroso. Habían pasado muchas noches oyendo los cañonazos que volaban sobre la casa, así que logró convencer a sus huéspedes de que se movieran al centro. La artillería empezaba a las once. Al amparo de las sombras, los barcos se acercaban sigilosamente a la costa, sin la amenaza de los aviones. Se oía un ¡pop! desde el mar y luego llegaba un silbido y a continuación el chasquido lejano del impacto. A la artillería de la flota británica le decían picasesos.
El impacto fue sobre el techo. Más bien explotó en el aire. John había vuelto a su bunker a dar un vistazo a los niños. Los demás estaban con Mary. El proyectil se anunció con un sórdido zumbido, como si su destino estuviera cantado y jamás terminara de llegar. Doreen se abrazó a Verónica Fowler, temblando como una hoja. Luego retumbó el estallido y la casa quedó a oscuras. Hubo un ruido a lluvia metálica, como un chaparrón de verano. Era el tanque de agua. Cuando se disipó la nube de polvo, Doreen seguía abrazada a Verónica. Ésta le preguntó cómo estaba. Doreen no dijo palabra. Una esquirla le había rebanado la columna.
Sue, por su parte, murió con la taza en la mano. Estaba en la puerta mirando hacia la cocina y recibió de lleno la onda expansiva. Mary murió dos días después, del estrés y las heridas.
Si cada uno hubiera permanecido en su habitación, las cosas habrían sido distintas. Pero se habían refugiado en el cuarto de Mary, culpa del proyectil que había dado contra el jardín. Primero se habían quedado un rato en la cocina comentando el episodio, hasta que John se puso nervioso y los conminó a pasar al cuarto de Mary, supuestamente el más seguro. John se la pasaba estudiando los ángulos de disparo y la ubicación de los cuartos. Esta obsesión molestaba a Verónica, porque su esposo apilaba panes de turba y cajas con libros contra las ventanas, lo cual convertía la casa en algo caluroso y oscuro.
Verónica ligó unos cuantos astillazos, pero mantuvo la calma a pesar de todo. Aquella misma noche fueron al hospital, donde a John le sacaron las esquirlas de la pierna. Acomodaron a los niños en la sala de partos y se instalaron con su mujer en un cuarto. Llevaban un rato acostados cuando John le sugirió que se metieran debajo, así que se pasaron dos noches durmiendo bajo la cama. Luego llegó otra pareja. El esposo era un marine jubilado y la pasaba muy mal. A cada disparo pegaba un brinco y gritaba “¿Qué pasó? ¿Fue de nosotros? ¿De dónde vino?” En cuanto a John, aquella sala desprotegida removió todos sus miedos. Otra vez empezó a amontonar cosas en las ventanas y a pegar cintas sobre los vidrios.
Dejaron pronto el hospital, pues Verónica había encontrado una casa desocupada. En un rincón del jardín había un artefacto que no llamó su atención. Rachel tampoco le hizo caso mientras jugaba. Un día vino un amigo con un cachorro que la olió con displicencia. Entonces a John se le ocurrió preguntarle
a un soldado que pasaba: “¿Usted sabe qué es eso?” El soldado miró la cosa y se puso pálido. “Salgamos ya mismo de aquí” le dijo tomándolo por el brazo. Era una bomba beluga, de las que llueven como racimos, sensibles a la luz y al calor, siempre listas a reventar. Vino gente a retirarla y debieron dejar su nueva vivienda. Cayeron al hospital otra vez y entonces Verónica perdió la compostura, como si el vaso se hubiera colmado, gritando que estaba harta de todo y en especial de la guerra. Fue una catarsis maravillosa, porque luego andaba hecha una seda.
El estruendo de aquel cañonazo persiguió a John varios años. Una noche tuvo un sueño muy vívido. Soñó que la historia se repetía, sólo que ahora dormían junto a enormes ventanales que él no había alcanzado a tapar. De pronto, desde el océano, llegaba el escalofriante zumbido. Entonces se aferraba a la cama a esperar el Apocalipsis, todo por culpa suya, por haber descuidado las ventanas. Al despertar estaba empapado.
Tal vez lo soñó en Inglaterra. Habían regresado ahí dos años después de la guerra. John quería compartir con sus viejos el tiempo que les quedaba. Su madre, en cierto modo, había sido otra víctima de la explosión. La radio argentina había dicho que él murió en el ataque y que su esposa quedó malherida. Esa noticia llegó a Inglaterra y sus padres la habían pasado mal. De hecho, su madre murió poco después de su vuelta.
La partida de las Malvinas no había sido sencilla. John ya iba por los cuarenta y odiaba la idea de jubilarse en su tediosa oficina. Así que volvieron a Gran Bretaña y luego pasaron dos años en el Pacífico, trabajando de maestros en las islas Gilbert. Más adelante compraron un hotelito en Escocia. John disfrutaba esa vida, pero a Verónica se le hacía difícil porque su madre tenía Alzheimer y estaba viviendo con ellos. Era duro repartirse entre el hotel y su madre. Ella no dormía de noche y podían escucharla revolviendo papeles y buscando cosas. De pronto se les aparecía en la pieza para avisarles que eran las cuatro de la mañana y ofrecerles una taza de té. Un buen día se presentó la oportunidad de volver a las Malvinas para seguir enseñando. Los chicos estaban entusiasmados, pues apenas tenían memoria de su vida en Sudamérica.
La aventura del hotel escocés fue uno de los tantos sueños románticos amasados por los Fowler. A la gente de aquella islita no pareció molestarle que el forastero fuera un inglés. Venía de las Malvinas y entre isleños se entendían. Además, su esposa era también escocesa, hija de inglés e irlandesa. A los niños les vino bien, pues la educación primaria en Escocia es superior a la inglesa.
Fueron años dichosos de trabajo duro. Habían tomado de chef a la antigua dueña, hasta que Verónica empezó a cocinar y John se convirtió en su ayudante y al final terminó como cocinero y ella tomó las riendas de la clientela.
John y Verónica han pasado años en las Malvinas. No son ingleses ni escoceses del todo. Son inmigrantes. Lo mejor, les parece hoy, sería pasar los veranos acá y los inviernos al otro lado del mundo. Aunque ahora están separados, compraron una casita en Portugal, cerca de la frontera con Vigo, un perfecto paraíso que siempre abandonan para volver a sus islas. Añoran eso de saludarse con todo el mundo y juntarse con los amigos a tomar un vinito chileno. John extraña también sus excursiones a Buenos Aires, para ver todo el teatro posible y perderse entre la multitud de Florida.
Cuando estaba en el internado le gustaba agarrar la moto y salir en busca de truchas o gansos para el almuerzo. El ganso es delicioso si uno sabe prepararlo, a horno lento y con salsa de manzanas. Ni siquiera debía limpiarlos, porque siempre había una nube de niños dispuestos a hacerse cargo. Con las truchas era lo mismo. Para alguien como John, era una experiencia mágica con algo de primitivo, eso de salir de cacería y volver con comida para todos.
El internado en Goose Green parecía salido de una novela de Dickens, sin hablar del director, que mantenía a rajatabla el derecho de los alumnos mayores a fajar a los pequeñitos. Para los Fowler, la sola idea de convivir con el monstruo se había vuelto intolerable, así que plantearon sus exigencias: se iba él o se iban ellos. El siniestro director terminó con el semestre. El internado resultaría destruido en la batalla de Goose Green. Todavía está el tobogán de hierro donde los argentinos pusieron la cohetera de un Pucará. Los pupilos eran hijos de granjeros, cuando la mitad de la gente vivía en el campo. Los Fowler habían caído ahí por casualidad. Con su esposa andaban buscando trabajo, tal vez en Uganda o en Kenia, cuando vieron un aviso donde pedían una pareja para trabajar de maestros en un internado de las Malvinas.
Los Fowler ya llevan cinco años sin volver a Inglaterra. Verónica sigue enseñando literatura en el colegio. La casa aún existe. John volvió a verla hace poco, a instancias de un periodista. Le costó entrar otra vez, pero eso ahuyentó sus fantasmas. La señora que vive ahí cuida niños y hay juguetes por todas partes.
Volviendo a la noche del cañonazo. John nunca llegó a imaginarse que la muerte vendría del cielo. Había estado esperando más bien una suerte de combate callejero. Pero esto no sucedió. En cambio le reventaron el techo. Los minutos que siguieron al estallido fueron aún más difíciles, porque todos esperaban que siguiera el bombardeo. John no cesaba de repetirse “qué estúpidos, por qué nos quedamos”. Hasta la llegada de los ingleses aún había sido posible salir de la isla. Muchos decidieron partir, lo cual sonaba muy razonable. Pero los Fowler esperaban un bebé e ignoraban además si luego podrían volver. Amaban este lugar. Tenían tantos amigos que marcharse sonaba a traición. Pero eso pasa a segundo plano cuando has recibido un cañonazo en el tanque de agua. Y si no resultó mucho peor fue gracias al profesionalismo del hombre que estaba en la otra costa reglando el fuego de artillería. Cuando vio que algo andaba mal, ordenó detener la acción.
Era el capitán Hugh McManners, infiltrado en las líneas argentinas. Se pasaba el día tirado en la paja brava, sin moverse en lo más mínimo. De noche se apostaba en un pozo a dirigir el fuego naval. Contaba con una buena vista del pueblo. A través de los binoculares nocturnos, se divisaba la casa de John. Más allá se adivinaba la silueta de Monte Longdon.
Hace poco volvió a las islas. Hizo contacto con John y fueron a comer al Malvinas House. Lucía muy perturbado y aún luchaba con sus fantasmas. A juicio de John, no es más culpable que la computadora que provocó el desastre. Otros dicen, sin embargo, que el barco no había tirado sobre los montes sino contra una casa vecina con soldados argentinos. Por eso algunos lo llaman El Carnicero. Mc Manners no se ha quejado. Proclama a los cuatro vientos que él mató a esas mujeres. John piensa, por el contrario, que merece una medalla. Que de no detener el fuego, todos estarían muertos.
A pesar de todo, John recuerda esos días con añoranza. Su mundo se había reducido al mínimo. Uno podía pasar la noche entre extraños que lo cuidaban. Mucha gente se había marchado y sus casas habían cambiado de manos. De pronto alguien llegaba diciendo “en el congelador tengo patos” o “encontré estas truchas divinas”, así que comían de lo mejor. La guerra estableció fuertes vínculos entre personas que antes apenas se saludaban.
Entre disparo y disparo, en la oscuridad de la casa, sus ocupantes charlaban a media voz sobre el curso de la guerra. “Nuestras tropas están avanzando, qué bueno” ¿Qué bueno? Ahora se acercaba lo peor y John hubiera querido hallarse lejos. Estar del lado enemigo, cuando la propia tropa se viene encima, podía ser el infierno. La invasión los había asustado menos que la posible liberación.
Fue extraño también estar del lado argentino y ver a los conscriptos hambreados y sentir simpatía por ellos. Eran sentimientos confusos.
Dos días después del ataque a la casa, volvió a reinar el silencio. Pero pronto tenían a todos congregados en Stanley, británicos y argentinos. Los servicios colapsaron. Los Fowler, con un bebé de dos meses, la pasaban peor todavía. La ciudad era una inmundicia y tampoco ayudaba el clima. Todo estaba cubierto de hielo y de nieve congelada. Era peligroso andar por la calle y los vehículos derrapaban por pendientes resbalosas. Es lo que John recuerda del último día de guerra.
Mezclados con los ingleses, el jefe de las fuerzas terrestres platicaba con el almirante. Este último le preguntó si no tenía temor de encontrarse en el paso de aquella turba de sudamericanos armados que bajaban de los montes con cara de pocos amigos. “Ni lo pienses” dijo el comandante. “Cuando un ejército se rinde, sus hombres quedan con la moral por el suelo”. El almirante le mostró un cuerpo de infantería que marchaba marcialmente, como si fuera a un desfile. A su juicio, no parecían desmoralizados en absoluto. Sin embargo, nadie intentó asesinarlos. Los ingleses tampoco asesinaron a nadie. En un rapto de lucidez, el mando británico sólo dejó en Puerto Argentino a tropas que no hubieran entrado en combate. Eso evitó la venganza. Pero en Monte Longdon, en cambio, hubo ejecuciones de prisioneros.
Los Fowler volvieron a las Malvinas a diez años del desembarco y compraron una casita con vista al mar. Un día John se estaba afeitando cuando vio algo por el espejo. Noventa barcos asiáticos permanecían fondeados, a la espera de sus licencias de pesca. Sus altavoces propagaban órdenes en coreano y de noche ponían luces tan fuertes que se podía leer afuera. Las tripulaciones asiáticas hoy pertenecen al mundo abominable que circunda las Malvinas. Hay que estar desesperado para trabajar a bordo de aquellos barcos que van hacia el Sur detrás de los calamares y sobrepasan incluso Los Cuarenta Bramadores. A bordo puede ocurrir cualquier cosa. Entonces cobra más vigencia que nunca el viejo dicho: “Debajo de los Cuarenta no hay ley. Debajo de los Cincuenta no hay Dios”.
Una vez desembarcaron a un chino acusado de haber matado a otro tripulante, pero como no había testigos ni podían deportarlo, se quedó a vivir en las Malvinas. Empezó a trabajar como sastre y luego pavimentando las calles y se cansó de ganar plata. Todo el mundo le decía Tommy the Murder. Se lo veía feliz, eso que no tenía papeles ni identidad, pues para un tripulante asiático es preferible ser nadie antes que volver a bordo. Un día, Tommy volvió a China y hoy vive como un magnate. No sería difícil, dicen algunos, que también haya estado en la droga. Cuando escucha estos rumores, Sue Becket resopla despreciativa. Es una empleada de Falkland Island que cobijó al chino en su casa, así que debe saber lo que dice. “Tommy era un chico abusado que no hizo nada de lo que dicen. Pero este pueblo es un infierno de chismes”.
El barco se llamaba Avenger. Fue el que mató a las mujeres. Como todas las noches, había estado batiendo Monte Longdon, una de las posiciones que rodeaban a Stanley. Al amanecer empezó a retirarse, junto con el Glamorgan, que había estado tirando sobre Tumbledown. Entonces, desde la costa, llegó el último Exocet. Los argentinos, con un acoplado viejo, habían improvisado una rampa de lanzamiento ITB (Instalación de Tiro Berreta). Estaba sobre el camino que iba al aeropuerto. Lo armaban al caer la tarde y esperaban toda la noche por si algún buque pasaba ante la línea de tiro. Con las primeras luces
lo desarmaban y lo cubrían con lonas, para que los malvineros no revelaran su posición. Así lo hicieron sin resultado a lo largo de muchas noches, hasta que la madrugada en cuestión, los buques en retirada cruzaron la línea de riesgo. El Avenger logró eludirlo, pero el misil le pegó al Glamorgan, matando a catorce tripulantes. Entre los cuerpos que horas después recibieron sepultura en el mar estaba el teniente David Tinker, de años, crítico implacable de la sanguinaria respuesta británica, que había solicitado la baja mucho antes de la guerra y, sin embargo, se había visto forzado a marchar a las Malvinas. A su padre sólo le quedó el consuelo de publicar un libro con sus poemas.
Al otro día terminó la guerra. Por la noche empezó el invierno. Los barcos mostraban las huellas del duro castigo de los aviones. En las islas seguía nevando. Un huracán proveniente del Polo soplaba a doscientos kilómetros por hora. La sensación térmica llegó a veinte grados bajo cero. El jefe de la flota británica dijo que, comparado con eso, el invierno helado de Escocia equivalía a Hawai en primavera.
John supone que, desde entonces, el clima no ha mejorado. En su época del internado en Goose Green, los días eran más secos y no se vivía bajo un perpetuo cielo grisáceo y era lindo pasear por parajes como las tierras altas de Escocia. Este verano, por el contrario, ha sido uno de los peores que se recuerden y el viento sobre los viejos campos de guerra sopló con más furia que nunca.
Hace poco, John estuvo con uno de los soldados que andaban robando comida. Se trataba de Miguel Savage, que hoy vive en Venado Tuerto. Una noche, junto con seis argentinos, había bajado de Longdon. Luego de cruzar el río Murrell, llegaron a una granja vacía. Revolvieron el lugar y Miguel se llevó un pulóver. Sintió pena por sus dueños, pues la casa olía igual que la suya y él ardía en deseos de quedarse. Pensó en la paz del lugar y en lo insensato de todo. Cuando John lo conoció, muchos años más tarde, Miguel había vuelto a las islas para devolver el pulóver.
Darwin
Esta mañana no vino nadie. Llovió y paró varias veces. El agua borra los epitafios, que resurgen al secarse. Es la contra del mármol. Por lo demás, todo bien. Uno podría objetar el color del mármol o la vista al Sur o el hecho de haberse muerto. Supongo que en este rubro nadie termina conforme, sobre todo cuando es un soldado desconocido. No deja de ser irónico. Pienso en algún comentario gracioso, pero no me sale nada. En casa tenía un libro con chistes de cementerios. Había una sepultura con el siguiente epitafio: “Fe de erratas. Donde dice Ramón Toril debe leerse Felisa Palmerolas”. Era de Gila, casi seguro. A mí me encantaba Gila, sobre todo cuando salía en la tele con su sketch de la trinchera. seguro. A mí me encantaba Gila, sobre todo cuando salía en la tele con su sketch de la trinchera.
¿Habíamos ganado la guerra? Era una buena pregunta. Estaba en un cementerio argentino, en medio de las Malvinas. ¿No era como para pensarlo? Lejos de Stanley, quizá. Digo Stanley porque es lo primero que se me ocurre. Supongo que lo traigo desde la escuela. Para nosotros, Stanley era Malvinas. Puerto Argentino, en cambio, te recordaba a Galtieri. ¿Pero qué importaba ya? Podíamos decirles Falklands, si se nos daba la gana. Por ahí hasta teníamos un gobernador radical. Eran mis fantasías de entonces, cuando aún me babeaba con el desfile de la victoria. (Nuestras tropas llegaban por avenida Libertador y tomaban por la de Julio, bajo nubes de papelitos). Pero estos delirios duraron poco. Nada encajaba bien. Por empezar, había otro cementerio cercano, con su pirquita de piedra. A diferencia del nuestro, tenía su propia bandera. Un cementerio británico. Luego empecé a oír ciertas voces, de la gente que cruza la pradera. Es un lugar tranquilo, que invita a las confidencias. He oído asombrosas revelaciones e incluso historias de amor. Pero nunca llegué a escuchar que hubiéramos ganado la guerra.
Resultó que el cementerio lo habían hecho los argentinos de Darwin, para sepultar a los aviadores. Luego llegaríamos nosotros. Los ingleses me sacaron de una zanja en los montes, pues al llegar el verano estábamos aflorando a la superficie. ¿Nos rindieron los honores de práctica? ¿Hubo alguna ceremonia? A veces fantaseo con eso. Creo que esta obsesión me debe venir de mi abuela. Cuando me muera, decía, quiero que avisés a todo el mundo. Si algo la ponía melancólica, era un velorio vacío. Siempre se lamentaba por el entierro de su mamá, al que habían asistido tres gatos locos. No alcanzaban los presentes para llevar el cajón.
A Llamarada Fernández, mi compañero de pozo en las cumbres, también lo afectaba eso. Era un pibe salteño que conoció Buenos Aires cuando lo llamaron a la colimba. Una noche vagabundeaba por Plaza Constitución cuando pasó por un velatorio. Llamarada nunca supo qué lo había llevado ahí ni qué lo hizo ir hasta el fondo y meterse en un saloncito desierto con un ataúd en el centro. Tomó asiento en una silla y se quedó haciéndole compañía, pegando una cabeceada de vez en cuando. En eso lo despertó una pistola en la cabeza. Alguien lo estaba asaltando. “Dame todo”, le dijo el tipo, un típico ladrón de velorios. Llamarada perdió hasta el bolso, pero igual se quedó acompañando al finado, pues le daba cosa dejarlo solo. Incluso volvió a dormirse y tuvo pesadillas y todo.
Dicen que los astronautas nunca sueñan con el espacio. Conmigo debe pasar algo así, pues tampoco sueño con las Malvinas. Sin embargo, un día soñé que había perdido la guerra y que volvía al oscurecer y que en el barrio nadie me saludaba. Me había bajado del colectivo en la esquina de mi casa. Atravesada en la calle, colgaba una pancarta: “Culpa tuya”. La cena fue un desastre. Ni siquiera mi abuela me hablaba. Esto fue suficiente para arrancarme de la pesadilla. Ella nunca hubiera hecho algo así, aun si yo hubiera perdido la guerra. De modo que aparecí nuevamente en el cementerio. Un lobo de ojos almendrados estaba echado en la hierba. Era una presencia amable, al cabo de tantos gansos que pasean por la llanura.
Este lobo que viene para el crepúsculo será mi única compañía durante los meses de invierno. Al igual que todos nosotros, está oficialmente extinguido. Lo exterminaron los gauchos que vivían por aquí, cuando los palenques se hacían con costillas de ballena. De no ser por sus ojos aristocráticos, podría pasar por un perro. Creo que tiene su madriguera cerca del avión derribado. No sería nada raro que duerma en la cabina. Cada tanto debe ir a la costa, a alimentarse con las crías de los pingüinos. Su rostro muestra las vejaciones que han padecido todos los lobos cuando caen en la trampa y la gente se encarniza con ellos. Ahora reposa en mi tumba, compartiendo el más allá con nosotros.
Mucho más no podría decirles. Con el paso de los años, se me hace cada vez más difícil. Por eso doy tantas vueltas. Pasamos la guerra en un pozo, con el Ruso y Llamarada Fernández. En cuanto al Ruso,
les debo el apellido, algo impronunciable que ni él mismo sabía decir. Nos mató el cañonazo de un barco, durante la peor batalla de todas. Nos recogieron los gurkas, al despuntar la mañana. Yacíamos junto a unos cadáveres de mercenarios norteamericanos. A nosotros nos sepultaron en un lugar provisorio y a ellos se los llevó el helicóptero.
Es difícil explicar lo que ocurre en este agujero. No hablo del cementerio ni de nuestro pozo de zorro, sino de la trampa insondable donde todavía seguimos, estemos vivos o muertos, incluyendo a los ingleses del cementerio de piedra. Estaremos por siempre en el agujero y eso no tiene remedio. El otro día vino un inglés y oró por todos nosotros. Era uno de los que freímos en el ataque a Bahía Agradable, cuando los aviones atacaron al Sir Galahad. Fue terrible verle la cara. No podías creer que siguiera vivo. El tipo también está en el agujero. Una vez que caíste adentro, nunca vas a dejarlo. De modo que mil disculpas, pero odio las caras de circunstancia y las miradas de compasión, así que por ahora los dejo. Me gustaría, eso sí, volver a ver a mis viejos. Es cuanto puedo decir. Gracias por la visita. Reconozco que un tiempo hubiera hablado hasta por los codos, explicando cómo fueron las cosas y a cuántos ingleses matamos y cómo nos mataron ellos y cómo vinimos a dar aquí, con mis compañeros del pozo. Pero ya no tengo palabras.
Acá uno escucha de todo, en especial de los forasteros que charlan junto a la cerca. Hay gente que habla con toda crudeza, sin el menor disimulo. Eso te puede alegrar la tarde. Sin ir más lejos, las dos turistas que llegaron recién. Dieron la vueltita de práctica, salieron de nuevo afuera, sacaron una canasta y se pusieron de picnic. Terminaba de suceder un milagro: había salido el sol. Aquí, por lo general, llueve o está por llover. O, si ustedes prefieren, corre viento o está por correr.
Son mexicanas o algo así. Han llegado por su cuenta, pues los turistas de los cruceros prefieren ver pingüineras. Puede que mañana o pasado vengan nuevos cruceristas, quizá gente de cierta edad, tambaleándose como los pingüinos que pierden el equilibrio cuando pasan los aviones. Por eso tantos pingüinos ahora se caen de espaldas, en su afán de ver a los cazas que surgen con un estampido. Es un chiste, por supuesto, pero hay quienes reclaman la intervención de Greenpeace. A continuación los turistas se dirigirán a una estancia. Por el trayecto, podrán observar desde el micro los helicópteros derribados o nuestras cocinas cubiertas de óxido. (Francamente, no sirvieron de mucho). Los turistas oirán embelesados las palabras de la guía, jurándose por adentro que la próxima irán de crucero a Jamaica. Sólo estarán medio día en las islas, que va a parecerles un siglo. No verán la ora de volver a bordo, donde andan de guayabera y pueden jugar al bingo.
A los colonos, parece, estas criaturas les caen pesadas. Ya no precisan a los turistas, suelen decir por lo bajo. Ahora estas islas son ricas como un sultanato. Pero los colonos son insulares de alma. Detestan ver a los cruceristas bajando de sus barcos inconcebibles, con menos sentido común que una foca. “¿Qué es esto, negro? ¿Las Georgias?” “No, nena. Son las Malvinas. ¿No viste el cartel?” “Dios mío. Todavía nos falta el Polo” “Pa, ¿cuándo volvemos al barco?” “Ya vamos. ¿Por qué no lo llevás un rato al museo?”
Pero en invierno los deben echar de menos. El ventarrón del Sudeste amenaza con descoser la bandera. ¿Otro domingo en Stanley? En unas playas minadas de arenas blancas, hay tres tipos surfeando sobre el oleaje. En otro lugar de la isla, entre tanto, algunos colonos simulan jugar al golf. Luego cae la niebla. Sólo falta una radio de fondo con el partido para pegarse un tiro en el baño. Pero a unas leguas de ahí, la base de los británicos trepida de actividad. Esta gente sí que sabe beber. Nadie llega a deprimirse, pues están cuatro meses nomás. Es lo que fija el contrato. Y si los acompaña la suerte, por ahí desembarcan los argentinos. En tal caso, van a triplicarles el sueldo. Pasarán a ganar lo mismo que un soldado en Irak.
Calculen la decepción de estas chicas del barco. Pagaron una fortuna por su boleto en el Crucero del Amor y el único candidato pasable les resultó el ornitólogo, que sólo tiene ojos para el pingüino penacho amarillo. De ahí que ahora se hayan tumbado al sol, en estos raros momentos que suelen reinar en la isla, sin aguanieve ni viento antártico, junto a la verja del cementerio. Parece que una ya anduvo por las estancias. Cuenta que en tres minutos depilaron a una ovejita. El contingente rompió en aplausos. Enseguida los ovejeros los dejaron cortar la turba. A la mexicana no le entra en la cabeza. Le parece mentira que ese barro mantecoso pueda arder como leña. La turba se ha vuelto a cotizar desde que se acabó el gas argentino.
No hacen más que hablar del crucero, a pesar de todo. Es el Valkyria Polar, que mañana zarpa a las Georgias. Pero ellas no serán de la partida. Han resuelto quedarse en tierra. La pena es que van a perderse la Noche del Capitán, dice la más bonita. La otra pega un bufido. ¿Qué es eso de Noche del Capitán? ¿Quién dijo que yo quiero comer con él? Encima vestida de largo, así que debes alquilar la ropa. Y por ahí el cabrón ni siquiera se presenta. Pero su amiga disiente. Le encantan los eventos de a bordo y las fiestas de disfraz. Así conoció a su chinito, disfrazada de patricia romana con las sábanas del camarote. Un nepalito, en realidad, que trabaja en la seguridad del crucero. Un ex gurka, quiero decir, viejo conocido nuestro. Pero esta mujer no es turista sino empleada del casino. O al menos viene de serlo. Por las razones que fuere, aquí concluye su viaje. Son dos almas gemelas que han cruzado sus vidas a bordo del Valkyria Polar. Ahora paran en la hostería. En vez de seguir a las Georgias, se irán de pachanga a Buenos Aires con gurka y todo.
Pero tampoco es mexicana sino peruana. Digo, la novia del gurka. No sólo eso: dos temporadas atrás, antes de conchabarse en el barco, trabajó en la base británica. Estuvo ahí varios meses, asignada a las fuerzas del cleaning. Huelga decir que el cleaning es enclave del perraje, integrado, en escala descendente, por chilenos, peruanos y argentinos. Estos últimos son más ilegales que el opio y se hacen pasar por chilenos. Hay un lavacopas cordobés con el cual mantuvo un romance. El perraje, por si acaso, suele comunicarse por señas. Cualquier cosa que digas, por intrascendente que sea, queda grabada
en un centro de escucha que opera desde Inglaterra, asegura la peruana. Todos estos militares tienen cara de gente a punto de ser invadida. Por mucho que hayan chupado, a las cinco están en pie, gritando que vienen los argies. El lavacopas ya no gana para sustos, pero tiene casa y comida y un plazo fijo en el banco. Si alguna vez llegan a abrirse los vapores de la cocina, sólo verá santahelenos alrededor. Ellos también son perraje, pero un escalón arriba. Vienen, según la peruana, de la isla donde murió Napoleón. Son cruza de africanos con gente como nosotros. Vaya a saber en qué hablan.
La peruana la va de socióloga. Tiene fichada la pirámide social de la base. Al perraje lo ubica en los cimientos. Luego vendrían los santahelenos y a continuación los colonos. Más arriba los gurkas. Después vendrían los jamaiquinos, a quienes, negros y todo, esta mujer considera más británicos que los colonos. A continuación estarían los irlandeses, luego los escoceses y en lo alto de todo, como el sol de la alborada, los militares ingleses.
Hay algo que la pone loca. Es el palabrerío británico. Los militares andan con mil rodeos hasta para pedirte la hora. Son obsequiosos, no hay nada que hacer. Could you give me y Do you mind y todo eso. Sin embargo, de bien que están, asegura, pueden tirarse un pedo que haga volar los manteles. Nadie parece mortificado y continúan desayunando. La peruana iba al Four Seasons, el comedor de soldados, el único que atiende al perraje, pero los oficiales también practican un pedorreo graneado. Al comedor de oficiales sólo se ingresa con código. En cambio la peruana era habitué del bar de los policías, pues anduvo de novia con uno, pero empezó a sentir miedo cuando una patota la emprendió a botellazos con el soldado que salía con la sargento. A ella le dieron una paliza y el novio casi perdió los ojos.
Si algo abunda ahí son los bares. Hay bares de todo pelo. Hay tanto bar en la base que nadie sabe su número. Algunos son clubes privados que sólo admiten a socios. Otros son tan pequeños que funcionan en simples cuartos. Hay bares con camareras desnudas y algunos con karaoke. Un tercio de todos los bares son exclusivos para lesbianas. En los bares oficiales sólo sirven cerveza, pero en los demás puede correr hasta ajenjo y no hay límite horario. Lo que falta son bares de gurkas, pues esta gente nunca se droga ni se emborracha.
Los colonos se derriten de gusto si llegás a nombrárselos. Los tienen por tipos buenazos, que corren maratones benéficas y andan por las estancias ofreciéndose para todo y ayudando en el trabajo. Pero en Nepal los estudiantes no se los bancan y hostilizan al gobierno para que deje de sembrar mercenarios por esas tierras de Dios.
Pobres gurkas. Los trajeron para el aseo de los campos de batalla y aquí los demonizaron. Su fama de gente degolladora se la inventaron los servicios ingleses, pero sólo alcanzaron a disparar algunos tiros al aire. El novio de la peruana llegó a sargento. Debe andar por los cincuenta. Estuvo en Monte William. Luego pasó por el Líbano, Kosovo y Afganistán. Ahora es patovica en la disco del crucero, pero le retiraron el pasaporte británico. La peruana se acaba de enterar, lo cual ha enfriado un poco la relación. Sin embargo, habla con afecto del novio. La pesadilla de un gurka sería morir enfermo, porque entonces volverá reencarnado como un animal doméstico. Eso ha impulsado su fama de feroces asesinos. ¿De veras son tan despiadados?, quiere saber su amiga. Nada más que en la cama, le confía la peruana. Y hace un curry delicioso.
A su debido momento, sacará al gurka de la cartera. Ambos van de la mano, entre una tropilla de leopardos marinos. No son leopardos en serio sino un telón de fondo del estudio fotográfico. En el Valkyria Polar, uno puede salir bailando en un témpano. La peruana se ocupa de aclarar que el fotógrafo era más peligroso que su novio y los leopardos juntos. Ahora está preso por violador. Sólo en la última temporada, hubo diez violaciones a bordo. También hay un peluquero en la mira, junto con alguien de la ruleta.
Mientras una descorcha el vino, la otra prepara los sánguches. Corta el pastrami en fetas. Me viene a la cabeza una novela que yo leía cuando era chico. El muchacho pedía en el mercado que lo dejaran probar el fiambre y la puestera cortaba una rodaja como un papel, “feroz y amorosamente”. Entonces el muchacho podía sentir el sabor ahumado y sazonado con pimienta negra, de cerdos de la montaña que sólo comían bellotas. Era un librito de Hemingway. A esa altura yo estaba famélico, de modo que agarraba un pan entero y le vaciaba la amiga y lo rellenaba con el guiso frío de ayer y lo bajaba con un licuado de doble banana con leche.
Uno termina asociando todo con la comida, en especial cuando ha tomado la logística por su cuenta. Lo peor de ir por comida eran los campos minados. Yo integraba el equipo de los cazadores de ovejas. Llamarada era un genio para voltear gansos a la carrera, hasta que se agarró lo del pie. El Ruso se especializaba en robar los depósitos militares. Además, sabía hurgar como nadie la basura de los colonos. Con tres o cuatro cositas ya improvisaba una cena. Pero con el correr de los días, cada vez caminábamos menos.
La víspera del último ataque habíamos estado charlando sobre el cumpleaños de Llamarada, que
festejó a toda orquesta en el Pasadena. Prometió, como de costumbre, que nos llevaría a comer a Constitución. Era todo lo que conocía de Buenos Aires. Ya estaba planeando instalarse con un puesto de choripán. El Ruso le propuso un barcito y terminamos hablando del restorán que pondríamos a la vuelta.
Llamarada jamás había pisado algo así. Venía de un caserío ventoso donde todos comían en casa, a lo sumo chivo con mate cocido. El primer restorán de su vida fue el Pasadena, cuando llegó para la colimba. Deambulaba por Plaza Constitución cuando surgió ese palacio de fórmica con sillas de patas cromadas. Le pareció el colmo del lujo y entró sin pensarlo dos veces. Ese día cumplía dieciocho. Tan pronto miró la carta, ya lo tenía resuelto. Ordenó la sopa inglesa y un pingüino de medio. Quién sabe qué habrá imaginado, tal vez una sopa espesa con menudos de pollo inglés flotando en la superficie. Qué horror cuando el mozo cayó con un bizcochuelo. ¿Así que la sopa inglesa era un postre? Pero igual se lo comió, bajando cada bocado con el tinto del pingüino. Luego pagó la cuenta y emprendió la retirada, bajo la mirada socarrona del mozo. Entró en la fonda vecina y le dio a un puchero para dos, junto con otro pingüino de un cuarto. Pero ya no era lo mismo. La sopa inglesa le había jodido la noche. Se había gastado todo y debería dormir en la calle.
Si una imagen retengo de Llamarada es su figura retacona y delgada, perdido con su bolsito por Plaza Constitución. Era el candidato perfecto para que lo parara la policía. No había sobre la tierra criatura más silenciosa. Sólo se transfiguraba en la Mag. Yo fui su abastecedor, así que sé de lo que hablo. Era imposible seguirle el ritmo, pues uno nunca alcanzaba a reponer las cintas. Y cuando cesaba de disparar, tenía su cara de siempre, la misma mirada tímida. Mientras estuvo en el pozo, jamás recibió una carta. Le gustaban mucho las nuestras, así que se las leíamos en voz alta. El podía repetir de memoria todas las cartas que me mandaba mi vieja. Siempre andaba pidiendo alguna: “Leete esa que cuenta de tu hermanito”. De repente descubrí algo acerca de Llamarada. Tal vez ustedes recuerden cómo eran a los diez años. ¿Se acuerdan de la integridad que tenían ustedes? ¿Recuerdan su fe inclaudicable, su sentido de la justicia? Llamarada era todo eso junto. Cuando yo lo miraba a los ojos, veía a mi hermanito.
El Ruso era mi amigo del alma, con todo lo que eso significaba. Como buen mendocino, tenía horror a los terremotos. Se había conseguido una cueva para tirarse una siesta mientras duró la tranquilidad. Tenía una hamaca colgada con unos clavos. Si alguien le sacudía la lona y gritaba terremoto, el Ruso salía corriendo ladera abajo. Todo culpa de la guerra, que le había cambiado el sueño. De chico dormía como un lirón. Una vez, en la colonia de vacaciones, lo sacamos con cama y todo a la avenida. Eran las once de la mañana y el Ruso seguía durmiendo a pata suelta. Otra vez, como experimento, le metimos la mano en un balde sólo por verlo orinarse. Si metías en el agua la mano de alguien dormido, decían, no tardaría en orinarse. No sé de dónde sacábamos eso. Pero el Ruso contradecía todas las leyes científicas. Dejamos su mano en el balde hasta que se le arrugaron las yemas pero ni siquiera amagó despertarse.
Evoco la mano del Ruso en el balde y mis pensamientos saltan a Llamarada. Al final se agarró pie de trinchera. Los tres veníamos mal, pues vivíamos con los pies en el agua. Pero Llamarada era el más afectado. Una vez, cuando era chico, se había perdido en los cerros y estuvo a punto de congelarse. Ahora era terrible mirarle el pie. Ya no le entraban los borceguíes. Siempre estaba luchando para secarse las medias. Hasta que un día me dijo: “Mirá lo que me pasó”. Yo sólo atiné a abrazarlo. No hay otro momento de nuestra vida en el pozo que me haya afligido más, cuando Llamarada me mostró el dedo que había alzado del suelo.
Tuvimos todo abril para hablar. Nos confiábamos hasta los sueños. Llamarada tenía los sueños más raros. Encima soñaba con esas charlas que manteníamos. Le contamos de aquella vez que sacamos dormido al Ruso con cama y todo y esa noche Llamarada soñó que lo subíamos a la cima en la bolsa de dormir y lo dejábamos en medio del enemigo. Una cosa nos llevó a otra y cuando estábamos a punto de referirnos al miedo, pasamos a otro tema, tal vez de puro cagones. Pero yo no pude con mi genio y terminé por contarles mi odisea del colectivo.
Fue la vez que tuve más miedo. Volvía a Villa Albertina con una piba. Teníamos catorce años y era nuestra primera salida de novios. Veníamos de ver El Padrino. Estábamos medio dormidos. En eso un tipo entró a cantar a los gritos, como si estuviera furioso. Los demás pasajeros ni chistábamos. La chica se llamaba Melina. Yo tenía su mano sobre la mía, con los nudillos sin sangre de tanto que me apretaba. De pronto el conductor suplicó por el espejo: “Señor, si pudiera cantar más bajo…” Al tipo le saltaron los fusibles y llegó adelante volando: “¿Qué dijiste?” “Es que molesta a los pasajeros…” dijo el conductor en un soplo. El tipo dio media vuelta y enfrentó al viejito de adelante con una mirada asesina. “¿A usted le molesta que yo cante?”. El viejito meneó la cabeza. Así continuó con todos. Obligó a cada uno a decirle que no le molestaba en absoluto. Ni veinte años tenía. Luego llegó mi turno. No me porté como un héroe. No me pidan detalles, pues todavía me duele. Por años he sentido lo mismo. En el monte, bajo el fuego de las fragatas, aún recordaba eso. A Melina ni la miré, cuando la acompañaba a su casa. Ese viaje en el colectivo fue para mí una tragedia. Nunca una chica me había gustado tanto. Sólo quería estar con ella. Hasta la fecha, cada vez que pienso en la piba, algo me corre por dentro.
El deseo es como un brazo amputado. Nunca dejás de sentirlo. A la vergüenza tampoco.
Cuando expuse mi odisea del 1 1, sentí encima la mirada amistosa de Llamarada. Imposible saberlo en la oscuridad malvinera, pero seguro que me estaba mirando así. Era difícil saber qué pensaba, pues nunca te criticaba. La artillería nos había golpeado hasta hacernos descontrolar el esfínter y yo le salía con eso del colectivo. Recibí una palmada en el hombro. Llamarada se mataba de risa con las cosas que yo decía, pero esta vez comprendió que necesitaba sacarme eso de encima. La vez que estuve a punto de desmayarme de miedo en el 141.
Me acuerdo de algo que leía mi viejo. Decía más o menos así: “¿Quién te dijo que está bien ganar la guerra?” Era un poema de Whitman. Hablaba de los soldados que habían perdido la guerra. Aunque era de pelearse con todos, mi viejo se las daba de pacifista. Pero tenía buen ojo para los versos. Lástima que no recuerde cómo seguía el poema. Nunca pude escribir un verso, salvo uno que le hice para el cumpleaños. Para que no viera mis faltas de ortografía, yo mismo se lo leí. El viejo lo escuchó como si le estuviera leyendo un aviso clasificado. Pero bueno, era muy exigente en materia literaria. Al otro día me halló fumando y amagó con apagarme el pucho en la boca, creo que en represalia por mis versos espantosos.
Yo estaba más bien en la música. Mi sueño era ser concertino. Debí explicarle al Ruso que se trataba del violinista que venía luego del director, el que le daba la mano al final del concierto. El problema era que el Ruso jamás había ido a un concierto. Yo tampoco, desde luego, pero al menos había visto una cinta. El Ruso, por el contrario, entre los siete y los nueve, fue carne de conservatorio. Tocaba el piano con absoluto disgusto, como si tuviera artritis degenerativa. Cuando estalló la guerra, estábamos a punto de formar nuestra banda.
Las chicas del picnic están juntando las cosas. La peruana nos dedica una mirada furtiva. Bueno, murmura. Dios quiera que los ingleses les devuelvan algún día las islas y que los argentinos les devuelvan a los chilenos todo eso que les quitaron y que los chilenos nos devuelvan Tarapacá a nosotros.
Gracias, hermana. Pero, como ya dije, nosotros estamos en el agujero negro, de donde nadie puede volver. Que, como bien decía la vieja de física, es un lugar que ni deja escapar la luz. Para decirlo de otra manera, el sitio donde hubo una estrella. Algo tan frío, negro y pegajoso como la noche de las Malvinas.
La última imagen que tengo de la batalla son los ingleses surgiendo de la niebla amarga. Están identificando a sus muertos. Ahora reina el silencio. Yo los veo desde el filo del pozo, donde me llevó la fuerza de la explosión. Seré el último en irme. Veníamos de una noche diabólica, que había empezado cuando los cañones de las fragatas inflamaron el escenario. El cielo se cubrió de explosiones y proyectiles trazantes. Todo era un infierno de gritos, en argentino e inglés. Los idiomas se fundían en una gritería universal. Cada tanto alguna bengala alumbraba todo. Yo llegué a vomitar de miedo. ¿Por qué peleamos hasta lo último? Sólo puedo hablar por mí. Luché por no defraudar a mis compañeros. Pero también porque los ingleses nos caerían encima tan pronto dejáramos de disparar. Llegaban a la boca del pozo y te ametrallaban sin asco.
Las chicas del barco se han ido. Van a pasar unos días hasta que volvamos a ver a alguien. Dentro de todo, es mi única compañía. Llevo un cuarto de siglo a la escucha. Uno puede marearse de tantas cosas que dicen. Llega un colono y comenta que se acaban los pingüinos. O los calamares, no sé. O que los pingüinos se acaban porque ya no hay calamares para comer. Y encima las islas Sandwich se están hundiendo por los volcanes, cosa que nada bueno presagia. En cualquier momento un tsunami y adiós mi vida. O una invasión argentina, que sería más desastroso.
Cada tanto, rara vez, pasa algún pibe de nuestra edad. El último vino en el tour de Batallas Inolvidables. Gracias a él he sabido que los royal marines tienen un arma secreta, que te conecta por internet con tu Ángel de la Guarda. Lo mejor de esta agencia es que acredita tu viaje como trabajo práctico en la facultad. El pibe sabía muchísimo sobre la guerra de las Malvinas. De acá se iban para Kosovo y Normandía. Por su aspecto me hizo acordar al Ruso, ese adolescente disfrazado de soldadito que reventó con nosotros.
Ni siquiera sé dónde está. No sé por qué se me ha puesto que al Ruso lo tengo cerca. De Llamarada ni idea. Si fuera por mí agarraría una pala y cavaría hasta dar con ellos y les colgaría en la cruz el poema de Walt Whitman e incluso una Fe de Erratas. Donde dice Soldado Desconocido, debe leerse Llamarada Fernández. Con el Ruso, reconozco, sería más complicado. Hasta la maestra lo conocía por Ruso.Sólo así le decían. De llamarlo por su nombre ni se hubiera dado vuelta.
Ausencias
Imágenes de ayer y de hoy. En los galpones de Goose Green donde permanecieron los prisioneros argentinos, hoy se apretujan las ovejas. En Stanley (ex Puerto Argentino), cerca del mástil donde Menéndez izó, en 1982, la bandera argentina, salen de paseo dos caballos enanos del actual gobernador inglés. Por donde antes transitaba un blindado argentino, hoy circula un ómnibus de dos pisos. Y de los soldados argentinos, sólo quedan sus trincheras.
La Fuente: Clarín. A ellos se debe este trabajo.
Las Fotos : Están sacadas de internet con el google.
Entre el 3 y el 10 de febrero pasados, el escritor Eduardo Belgrano Rawson, y el fotógrafo de Clarín Eduardo Longoni estuvieron en Malvinas. A lo largo de esa semana, visitaron los escenarios de la guerra, se entrevistaron con pobladores y turistas, compartieron las rutinas de los isleños y experimentaron en carne propia las huellas de un conflicto tan remoto y a la vez tan cercano. El resultado de ese viaje, y de esas vivencias, son los relatos –conjugación de realidad y ficción– que se ofrecen en estas páginas.
Archivado bajo: Argentina, Guerra | Etiquetado: Malvinas/Folkland































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