Muchos expertos en comunicación política y técnicas electorales creen que lo único realmente útil en el campo de los sondeos son los trackings, las pequeñas encuestas que se hacen día a día durante la duración de la campaña, que se consideran como el mejor método para identificar la tendencia, subida o bajada, del respectivo candidato. Los trackings de 2004, reconocen incluso en el Partido Popular, marcaron la tendencia a la baja del PP antes incluso de que ocurriera el 11-M. Quizá fue precisamente este hecho el que provocó la descabellada reacción del aparato popular y el intento de ocultar el auténtico origen del atentado islamista.
En aquellos debates que realizábamos en los Foros de El Periódico, cuando salían a relucir los resultados de las pasadas elecciones, los votantes del PP siempre aludían al atentado como la causa principal de la victoria societa, por contra siempre les deje que el PSOE contaba con datos procedentes de encuestas internas que les decían que subían en intención de voto y que incluso antes del atentado ya estaban por encima del PP en intención de voto y que caso de no haberse producido dicho atentado hubieran ganado igualmente aunque probablemente de forma mucho más ajustada.
El párrafo anterior alude a los trackimgs, esas encuestas que yo citaba pero cuyos datos no podía hacer público por la sencilla razón de que no eran públicos. El PP sabía que perdía pasara o no hubiera pasado el atentado y reaccionó como en ellos es habitual, no reconociendo su fracaso y buscando excusas no siempre correctas. Eso les llevó a ese camino de injurias e inmundicias impropio en gentes que pretenden gobernar un país, y siguen en ello. Espero que el pueblo español les de la lección definitiva, no porque quiera que gane el PSOE, que quiero, sino porque no quiero que esta gentuza siga mangoneando los destinos de mi patria. Creo que nos merecemos una derecha mejor.
En principio, es el análisis de esos pequeños sondeos lo que marca el desarrollo de las campañas, la insistencia o el abandono de determinados temas o puntos de discusión concretos, o el que obliga a realizar, incluso, importantes correcciones de rumbo a mitad del camino. En Estados Unidos, donde los candidatos manejan enormes cantidades de dinero, los trackings diarios son de unas 1.200 encuestas, como mínimo; pero en España ningún partido encarga más de 300 ó 400 al día, lo que baja el nivel de fiabilidad, incluso cuando se analizan juntas cada tres días. En cualquier caso, los datos de estos trackings serán durante los próximos días el secreto mejor guardado, los verdaderos lingotes de oro, de cada comité electoral y de cada candidato.
Salvo los debates televisados, cara a cara, que son una apreciada novedad, en la campaña recién inaugurada todo suena a bastante oído y conocido. José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy son bien identificados y reconocidos por el electorado español (los dos líderes han tenido cuatro años para enfrentarse una y otra vez en el Parlamento). Prácticamente todos esos debates fueron ganados por el presidente del Gobierno, pero eso no quiere decir que ahora los tenga también ganados. Sobre todo porque la mayoría de las veces la victoria parlamentaria de Rodríguez Zapatero se asentó en la presentación de unos datos económicos espectaculares, optimistas e irrebatibles. Ahora, el presidente tiene que hacer frente a la percepción ciudadana, justificada o no, de que se avecina una crisis en el crecimiento, algo que el PP ha convertido rápidamente en uno de sus principales argumentos de campaña.
Las campañas son los momentos intensos en los que todo el mundo se acuerda de los especialistas en comunicación política y en técnicas electorales, pero la verdad es que su influencia comienza, cada vez más, justo cuatro años antes, cuando arranca una legislatura. Es entonces cuando los primeros ministros y presidentes de gobierno, y cuando los jefes de la oposición (en los países donde existe esa figura), se plantean, o al menos deberían plantearse, cómo mantener la comunicación con los ciudadanos, cómo asentar su liderazgo al frente de la institución publica que dirigen o protagonizan, y cómo desarrollar las estrategias de comunicación entre las políticas que desarrollan o preconizan y la imagen que se tiene de ellas.
El último libro de la profesora María José Canel, una de las más conocidas expertas españolas en comunicación política, trata precisamente de estos temas (Comunicación de las instituciones públicas. Editorial Tecnos) y de la necesidad de no dejar ese trabajo para el último minuto. Cuenta que en los diccionarios de lengua inglesa hay 18.000 términos que hacen referencia a los rasgos personales aplicables a un líder. “Pero todos los expertos”, asegura Canel, “coinciden en afirmar que el público juzga fundamentalmente respecto a dos rasgos: competencia profesional y la personalidad o carácter”. En lo que se refiere a la competencia profesional, explica, se hace referencia al conocimiento, las capacidades de gestión, la sabiduría, la eficiencia, el criterio y la firmeza en la toma de decisiones. En cuanto al carácter, puede venir medido en los términos de honestidad, fiabilidad, simpatía, capacidad para compartir valores, capacidad para cumplir lo prometido, comprensión y cercanía.
Toda esta larga lista no debiera depender de un solo acontecimiento, como dos únicos debates televisivos, sino haberse construido paciente y profesionalmente a lo largo de los años. Sea como sea, la experiencia demuestra que un debate sí puede destruir uno de los aspectos de la lista y provocar un daño que ya no hay tiempo para reparar. En esos casos es probable que ya no sirva tampoco de mucho la idea de otros expertos de que el liderazgo no es sólo consecuencia de los rasgos individuales del líder, sino que depende también del comportamiento de otras personas y de elementos contextuales.
Soledad Gallego Díaz en El País.
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