Malestar entre Brasil y España
Goizalde de Eguskiza Bonilla - Plentzia, Vizcaya
EL PAÍS - Opinión - 14-03-2008
Fin del viaje en una celda comunitaria
Los afectados describen las sala de inadmitidos de los aeropuertos españoles como lugares inhóspitos y donde pasan las horas desatendidos.
D. BARCALA/ D. AYLLÓN - MADRID - 13/03/2008 22:40. Público
Los viajeros sufridores del overbooking se quejan amargamente durante los meses de verano por pasar varios días a la espera en los hoteles de los alrededores del aeropuerto de Barajas (Madrid). Hacen sentadas, huelgas y rellenan los telediarios durante varios días. Mientras ellos esperan en el recibidor del hotel con el aire acondicionado; otros, con menos suerte, lo hacen en una sala sin aire limpio, con colchones en el suelo y con una higiene que deja mucho que desear. Así pasan las horas e incluso los días los extranjeros a los que se les deniega la entrada en España. Encerrados dentro de los aeropuertos españoles.
La sala de inadmitidos de los aeropuertos es un lugar oculto para todos menos para los que lo sufren. Como le ocurrió al argentino Walter Ricardo Vergara, que el pasado mes de noviembre pasó 18 horas en una de ellas y pudo esquivar los duros controles para hacer pocas y rápidas fotografías con su cámara digital. Él aparece con cara desesperada rodeado de colchones. Walter Ricardo reconoce que tuvo suerte para que no le requisaran la cámara digital con la que pudo fotografiar las literas cochambrosas del cuarto que el aeropuerto de El Prat(Barcelona) reserva para los inadmitidos.
Requisitos
Cientos de extranjeros como Walter Ricardo son deportados a su país por incumplir los requisitos que el Gobierno español exige para entrar. Los que pasan por una de las salas que hay en el aeropuerto de Barajas la describen como un lugar incómodo, donde antes de entrar tienen que dejar todo lo que les pueda ayudar a matar el rato: aparatos para escuchar música, el tabaco… Pero se quejan, sobre todo, de que la policía no les explica nada y de que los niños pequeños están desatendidos.
La sala de inadmitidos tiene varias habitaciones amuebladas con literas con escasa separación entre ellas, algunos colchones sueltos para colocar en el suelo y bancos de madera. Poco más. Son los propios detenidos los que se organizan entre ellos para ocupar las habitaciones: una para las mujeres y otra destinada a los hombres.
Celda comunitaria
Ayer, 20 inadmitidos continuaban retenidos a las nueve de la noche en uno de esos espacios. Por teléfono describían la “celda comunitaria” en la que ha acabado su viaje: “Nueve habitaciones con 22 literas y un par de cunas, una sala con una televisión, tres teléfonos y dos aseos para todos. Antes de las nueve de la mañana nos tenemos que duchar todos porque se acaba el agua caliente”. La queja es de Laura, argentina de 25 años, que recriminaba el trato recibido por los agentes y la trabajadora social: “Me han tratado como a una delincuente, pero yo no he venido a robar, sino a trabajar”.
A Laura la repatriarán hoy, pero a Natalia, brasileña, le toca esperar hasta el lunes. “La compañía con la que llegué, la que tiene que repatriarme, sólo vuela una vez por semana”, se lamenta. Cuando conoce que sólo puede estar retenida 72 horas se derrumba: “¿Y entonces qué van a hacer conmigo? ¡Aquí nadie me explica nada!”. Del otro lado, también hay españoles a los que no les están dejando entrar en Brasil.
BERNARDO GUTIÉRREZ - RIO DE JANEIRO - 13/03/2008 22:48
“Habría firmado cualquier cosa. Sólo quería salir de aquella prisión”. Patricia Rangel –ojos vívidos y voz frágil– habla con timidez. Lentamente. Pero con rabia contenida. Después de 80 horas de hacinamiento, de más de un día sin comer, de insultos y maltratos psicológicos, Patricia firmó la carta de “Denegación de entrada a la frontera”. En este documento, al que ha tenido acceso Público, Patricia Rangel reconocía con su firma que su repatriación era justa. Una cruz en la opción E: “Carece de documentación adecuada que justifique el motivo y condiciones relativas a su estancia”.“Ni siquiera aceptaron mis documentos. No me sentía un ser humano. Empecé a entender por qué las personas se suicidan. Sólo quería firmar”, asegura esta licenciada en Relaciones Internacionales, con ojos vidriosos.
Pedro Luiz Lima, el sociólogo de 25 años que fue repatriado junto a Patricia, también firmó. “El maltrato psicológico es mayor que el físico. Me sentía preso y sin explicaciones. ¿Cómo no voy a firmar si ni se habían dignado a aceptar mi documentación?”, afirma con desencanto Pedro Luiz. Ambos viajaban a España tras dar unas simples conferencias en Lisboa. Habían decidido pasar por España antes de la vuelta pero setruncó el viaje. El embajador español en Brasil, Ricardo Peydró negó esos extremos en el Senado brasileño, donde tuvo que comparecer por la denunciade Pedro Luiz.
Cerdo sin nicotina
¿Qué hace que una persona que cumple todos los requisitos firme un papel que le condena a la repatriación? “Soy vegetariana, y se rieron en mi cara, me sirvieron cerdo frío. No comí, sólo el arroz. Soy fumadora, y me prohibieron fumar. No tomé baño porque no había toallas ni calefacción”, asegura Patricia. Y nada de objetos personales. Ni rastro de la maleta. “¿Para qué voy a tomar una ducha si no tengo ropa ni toalla?”, afirma Pedro Luiz.
Ni champú ni pasta de dientes. Nada. 80 horas sin lavarse los dientes (Pedro Luiz). 80 sin tomar una ducha (Patricia). “La frialdad, los insultos, la impotencia, todo nos empujó a firmar”, asegura Patricia. Ambos –visiblemente cansados– creen que había “predeterminación para desalentarnos”. “Había musulmanes a los que se les servía cerdo con desprecio”, matiza Patricia. Y ni les ofrecieron el derecho a una llamada. “Fue desde un teléfono público, dentro. Compré tarjetas. Después llamé a cobro revertido, la cuenta va a ser gigantesca”, explica.
Los chinos, peor
El primer objeto que se les requisa es el teléfono móvil. Los agentes evitan a toda costa que pueda salir una imagen de aquel lugar. Pedro Luiz y Patricia lamentan que sólo “habiéndola cagado con dos blancos de clase media que representan a una institución poderosa” hayan salido a la luz las condiciones infrahumanas del “presidio de Barajas”. “Hay muchos pobres, humillados cada día en el aeropuerto. Los chinos o árabes están más marginados todavía”, explica Patricia.
Lo que Pedro Luiz no entiende es cómo el Gobierno español “toreó” la petición del Gobierno brasileño para liberarles. “La policía española tiene una herencia franquista, una prepotencia, una incultura, una xenofobia… Ni uno habla inglés. Ves que la ultraderecha en España tiene peso”, opina Pedro. Pedro y Patricia no ocultan sus ideas izquierdistas, lo que junto al sufrimiento vivido les hace caer en el prejuicio.
Más denuncias
Los casos de Pedro Luiz y Patricia no son aislados. Janaina Agostinho, una joven brasileña de 27 años podría pasar en una sala de inadmitidos siete días. El pasado lunes aterrizó en Madrid con la esperanza de encontrarse con su novio. Pero se topó con la policía española. Llevaba 500 euros en el bolsillo, sus reservas de hotel y un billete de vuelta. Sin embargo, los agentes de extranjería consideraron sus pruebas insuficientes y ordenaron su repatriación. Los policías le han comunicado que le han encontrado un vuelo de vuelta para el próximo domingo, así que pasará siete días completos encerrada en la sala de inadmitidos. La ley dice que el periodo máximo de estancia en esa sala es de 72 horas.
FEDERICO PEÑA - BUENOS AIRES - 13/03/2008 22:44
Pasaje regalado por el jefe de tu hermano, 1.000 euros. Ir en secreto a la boda de tu hermano en Barcelona para darle una sorpresa, que la Policía te trate de “sudaca” y que te deporten a tu país después de estar de 18 horas incomunicado, ahora también tiene precio: 333.000 euros. Es la cantidad que reclama Walter Ricardo Vergara, de 30 años, al Gobierno español por lo que él considera que fue una “discriminación, tratos inhumanos y privación ilegítima de la libertad”. “El que la hace las paga, por eso he puesto la demanda. Para que no se vuelva a repetir”, explica este hombre.
Tener rasgos latinos y ser artista puede volverse el objetivo perfecto buscado por la policía de migraciones. Todo depende del humor del jefe de la policía de turno que esté en el aeropuerto de llegada. Lo peor, aseguran los damnificados, es que mientras permanecen encerrados en el aeropuerto español no saben nada y son tratados “como delincuentes”.
Bailarín de tango
Todo esto le sucedió a Walter Ricardo Vergara, bailarín de tango del elenco estable de la Orquesta Provincial de Música Ciudadana del Teatro del Libertador de Córdoba (Argentina), quien llegó al aeropuerto de El Prat (Barcelona) el 17 de noviembre junto a su novia, también bailarina, para darle una sorpresa a su hermano Hernán, que se casaba al día siguiente.
Yo estaba muy tranquilo, mi pareja y yo teníamos todo en regla: dinero, tarjetas de crédito, carta de invitación, pasaje de regreso y también un lugar donde quedarnos. Pero después de que la policía nos interrogase por separado durante dos horas en el aeropuerto, nos hicieron cruzar un pasillo sin darnos explicaciones”, explica este argentino. Walter Ricardo y su novia fueron conducidos en el aeropuerto de El Prat a un salón que ahora describe como “la casa de Gran Hermano latinoamericano” porque, según su relato, había otros 100 detenidos procedentes del continente americano, la mayoría de entre 20 y 40 años. Allí comenzó la larga espera, el hambre y la incomunicación.
Una firma y sin boda
“Tuvimos que firmar que no teníamos pasaje de regreso, cuando no era verdad. La policía española nos trató de sudacas”, se indigna Walter Ricardo al recordar esos días. En la sala de inadmitidos de El Prat él y su novia permanecieron 18 horas y luego fueron deportados a Argentina. Se perdieron la boda de su hermano.
Hay más casos similares. Julio Espíndola, un artesano rosarino de 41 años, fue “inadmitido” en España en mayo de 2007 cuando viajó para el bautizo de su sobrino. Tenía 870 euros y pasaje de regreso. “Yo soy bajito y moreno. De todo el avión, fui al único al que detuvieron”, denuncia. Dado que su hermano residía ilegalmente en Salou (Tarragona), la carta de invitación la firmó una amiga a la que supuestamente había conocido por Internet. “La Policía la llamó y le dijeron que estaba loca, que yo podía ser un terrorista y asesinarla, y después le empezaron a preguntar por mis rasgos físicos. Incluso preguntaron cuánto calzaba, cuanto medía, cosas que yo sé solo porque soy yo. Y ella se asustó”, relata Julio.
Interrogatorio
Para comprobar si era turista, la policía española exigió a Julio la agenda de actividades turísticas, “a un rubio no le preguntan qué piensa visitar”, y luego, sin reservas, lo trataron de “sudaca”, siempre según su versión. “Me dijeron, dinos la verdad: esa guitarra la traes para tocar en el Metro”.
Luego, el abogado de oficio le instó a que firmara un documento asumiendo su culpabilidad. “Mi revancha fue cuando me crucé con los mismos policías. Les dije ‘mándenme ya a mi país, yo no vine a trabajar ni quiero saber nada más’”, se enoja.
Si en total se tienen en cuenta los 33 vuelos semanales que hay entre Buenos Aires y Madrid o Barcelona, y lo que sucede con otras nacionalidades, las inadmisiones de argentinos en aeropuertos españoles (127 en el año 2004 y 196 durante 2007 según datos de la Cancillería Argentina) son pocas. Lois López Leira, un argentino que emigró a Vigo en el año 1975 y que coordina el Movimiento de Argentinos en el Exterior, conoce el tema y ofrece la siguiente una explicación: “Los argentinos tenemos la suerte de ser casi todos caucásicos y no llamamos la atención”.
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