DANIEL MEDIAVILLA – Madrid – 08/04/2008.- Público
En su broma del equivalente al día de los inocentes en EEUU, el 1 de abril, la revista Science citaba a George W. Bush tratando de reconciliarse con la comunidad científica: “Seamos amigos”, decía. También ponía en su boca la promesa de aumentar la financiación para los Institutos Nacionales de Salud del país y permitir la investigación con embriones humanos. La relación de Bush con la investigación de su país ha sido tan tensa que la principal revista científica del país consideraba que sólo una broma podía poner al presidente de su lado. Pero no todos los investigadores han resultado perjudicados.
Este mismo año se han dedicado más de 11.000 millones de euros a investigación y desarrollo de programas militares secretos, una cifra (la mayor de la historia) que supera en casi 1.000 millones el presupuesto de la NASA. De este tipo de investigaciones, ocultas para el público, han surgido bombarderos como el B-2 Spirit o el avión invisible F-117 y en la actualidad se desarrollan –supuestamente– sistemas de intercepción de misiles que se situarían en el espacio.
Dada la naturaleza de estos programas, conseguir información de sus contenidos es un trabajo minucioso y que requiere enfoques a veces originales. Esto es lo que ha hecho Trevor Paglen, autor del libro I Could Tell You but Then You Would Have to Be Destroyed by Me (“podría contártelo, pero entonces tendrías que ser destruido por mí”). En él, Paglen analiza los parches identificativos que llevan los miembros del ejército que trabajan en programas secretos y trata de ofrecer un vistazo a lo que se puede ocultar detrás. “Estos símbolos constituyen un lenguaje y si puedes empezar a aprender su gramática, podrías vislumbrar ese mundo secreto”, explicó a The New York Times.
En el libro de Paglen, hijo de un militar que trabajó en bases donde se desarrollaban proyectos secretos, se muestra una parte de la estructura de estos programas y se ofrece información sobre programas como el PE 0603891C, un caso que ilustra la forma de trabajar con el presupuesto secreto de investigación dedicado a defensa. Según explicaba la semana pasada globalsecurity.org , este programa, que se cree destinado al desarrollo de un sistema de defensa antimisiles espacial, apareció por primera vez en los epígrafes de estos presupuestos ocultos en 2005. Entonces comenzaba a reducirse la financiación reconocida a un tipo de investigación que Bush apoyó en principio, pero que retiró tras una intensa polémica. Ahora, más de 150 millones de euros se dedican a financiar ese apartado.
“Es extraordinario que se desarrollen estos proyectos a escala industrial y no sepamos de qué tratan. Es un logro asombroso de ingeniería social”, concluye Paglen.
La secreta lucha contra la gravedad
La lucha contra la gravedad es uno de los objetivos que durante mucho tiempo se ha atribuido a los presupuestos secretos de EEUU. Se trataría, en teoría, de construir un escudo que protegiese a los aviones de la atracción terrestre, con el consiguiente ahorro en combustible más la capacidad de construir aviones absolutamente sigilosos. Este tipo de estudios, que se persiguen desde la década de 1950, recibieron atención en 2002, cuando varios medios informaron de que Boeing intentaba desarrollar esta misma tecnología para su uso civil. Poco después de aparecer estas informaciones, la compañía estadounidense afirmó que no era viable. Sin embargo, en un comunicado apuntó que “podrían existir actividades clasificadas para modificar la gravedad”.
50 años de DARPA
“Supersoldados para la guerra que viene”, “espías aéreos del tamaño de un cigarrillo”, “se acercan los vehículos totalmente automáticos”. Son titulares reales, utilizados para informar sobre la actividad de DARPA (acrónimo en inglés de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada en Defensa). En sus 50 años de vida, esta organización se ha convertido en uno de los organismos de investigación con más capacidad creativa del mundo.
Casi cualquier proyecto, por descabellado que sea, puede ser financiado por DARPA, siempre y cuando se pueda utilizar de manera directa o indirecta para eliminar o incapacitar a los enemigos de EEUU.
La agencia nació cuando a sus gobernantes aún no se les había pasado el susto del lanzamiento del Sputnik (en octubre de 1957), con intención de que el país no volviese a ser sorprendido. En febrero de 1958 el presidente Eisenhower anunció la creación de lo que entonces fue ARPA (la “D”, de defensa, se añadió en 1973). Su misión era clara: “Evitar sorpresas tecnológicas como el lanzamiento del Sputnik”, se lee en su carta fundacional.
50 años después, con EEUU como única superpotencia, DARPA sigue creando para mantener al país en la vanguardia militar. Hoy académicos de los más brillantes del país emplean los más de 2.000 millones de euros del presupuesto de DARPA para tratar de hacer realidad lo que otros ni siquiera pueden imaginar.
Durante sus primeros años de vida, la organización se dedicó a suturar la brecha abierta entre estadounidenses y soviéticos en la carrera espacial. Su colaboración fue esencial, por ejemplo, en el desarrollo de los cohetes Saturn V, que permitieron llevar a los primeros humanos a la Luna.
Hacer posible lo imposible
En esa misma época comenzaron otros proyectos que ilustran la vocación de la agencia de hacer posible lo imposible. Uno de ellos fue el proyecto VELA, creado para asegurarse de que los tratados firmados para la limitación de pruebas nucleares se cumplían. La agencia desarrolló sistemas de detección de movimientos sísmicos que permitían diferenciar los que tenían un origen natural de los provocados por los ensayos nucleares, así como localizar el lugar de las pruebas. En la órbita terrestre, una constelación de satélites se encargó de controlar las explosiones en el espacio.
Esta tecnología provocó uno de los primeros beneficios colaterales de DARPA. Los satélites Vela fueron los primeros en detectar las explosiones de rayos gamma procedentes del espacio exterior; sirvieron luego como base tecnológica para el desarrollo del GPS. La filosofía de la agencia implicaba asumir grandes riesgos para lograr grandes beneficios.
El actual director de DARPA, Anthony Tether, reconoce que alrededor del 90% de los proyectos de la agencia no alcanzan todos sus objetivos. Pero los éxitos compensan. Dos artículos recién publicados en Nature aseguraban que otras áreas del Gobierno de EEUU quieren cambiar su forma de trabajar, más bien conservadora, y adoptar un punto de vista más amplio.
En este sentido, Charles Herzfeld, uno de los primeros directores de la agencia, advirtió en la misma revista que DARPA debería recuperar la amplitud de miras y los objetivos a largo plazo que le ha proporcionado grandes éxitos a lo largo de su historia.
Esta visión, que impregnaba la agencia en la década de 1960 y buscaba la innovación revolucionaria, permitió la creación de ARPANET, la red de computadoras que sentó las bases de lo que sería Internet.
Años después, tras el 11-S, DARPA trató de utilizar las posibilidades de la Red con una mentalidad propia de los momentos más paranoicos de la Guerra Fría. Poco después de los atentados, en un patinazo que fue aprovechado para pedir una renovación en la agencia, se puso en marcha un sistema de recogida de información que pretendía lograr una información total.
Las críticas a un proyecto que podía desembocar en un sistema de vigilancia masiva no tardaron. Se agravaron además cuando se descubrió que estaba dirigido por John Poindexter, convicto por delitos relacionados con el escándalo Iran-Contra.
Otras vías
Los beneficios colaterales de una agencia dedicada a investigar para ser más eficaces en la guerra son poco discutibles. Sin embargo, también hay investigadores que se niegan a trabajar para defensa.
Éste es, por ejemplo, el caso del Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial (CSIC), donde rechazan de entrada toda investigación financiada por defensa. El director del instituto, Ramón López de Mántaras, cree que “no es en absoluto necesario un objetivo militar para que la ciencia avance”. Y precisa: “Eso es engañar a la gente, porque en el fondo se podría hacer lo mismo desde el principio con fines de uso civil”.
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