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Ante el Centenario de Miguel Hernández

    VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra:
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

Miguel Hernández

La Junta de Gobierno (Ayuntamiento de Elx) ha aprobado hoy viernes un presupuesto de 36.000 euros para contribuir a la elaboración del guión de lo que será una gran producción cinematográfica sobre la vida y la obra del poeta oriolano de cara al centenario del año 2010. La producción corre a cargo de la sociedad Centenario Miguel Hernández S.L., que gestiona los derechos de los herederos del poeta.

Esta misma semana, el guionista de la película, Curro Royo, ha visitado la ciudad de Elche, donde ha permanecido tres días documentándose en los archivos municipales de San José, que custodian el legado del poeta.

El guionista ha podido trabajar con todo el material depositado en el archivo, desde fotografías, manuscritos originales del poeta, cartas a su esposa Josefina, primeras ediciones de poemas, e incluso ha podido contemplar objetos entrañables, como la máquina de escribir con la que Miguel Hernández pasaba sus versos, su libreta personal donde escribía a mano, o el carrito de madera que el poeta elaboró como regalo para su hijo. En su tarea, el guionista ha estado asesorado por el archivero municipal, Rafael Navarro, por expertos en la poesía de Hernández como el profesor Jesucristo Riquelme, y por la propia nuera del poeta Lucía Izquierdo.

La idoneidad de Curro Royo viene avalada por su trayectoria en el campo del guión cinematográfico, al contar con series de éxito como Cuéntame, El Comisario, Periodistas, o Médico de Familia, y películas como El club de los suicidas o 13 campanadas.

El presupuesto de la película sobre el poeta ronda los 25 millones de euros, y la intención de la empresa Centenario Miguel Hernández S.L. es hacer una gran producción cinematográfica con proyección mediática internacional. Para ello, se está barajando la posibilidad de contar con un director y un protagonista principal de renombre en el panorama cinematográfico. El inicio del rodaje está previsto para el último trimestre de 2009.

20 minutos

Miguel Hernández Gilabert nació en Orihuela el 30 de octubre de 1.910. La familia de Miguel estaba compuesta por el matrimonio, un niño, Vicente , y una niña, Elvira. El padre, Miguel Hernández Sánchez, se dedicaba a la crianza y pastoreo de ganado. Su madre, Concepción Gilabert Giner, se ocupaba de la casa. El matrimonio tuvo, en total, siete hijos, de los que sólo sobrevivieron cuatro: Vicente, Elvira, Miguel y Encarnación.

Su vocación literaria le llevó a leer a los autores clásicos españoles y a ingresar en el círculo El Radical, con Ramón Sijé, con quien tendría una gran amistad. Tras publicar algunos poemas en el periódico de Orihuela y la revista El Gallo Crisis, en 1933 apareció su primer libro, Perito en lunas cuyo estilo característico caló hondo en ciertos sectores de la crítica y literatura de la época. En 1934 se trasladó a Madrid, no
sin pasar dificultades al principio, y publicó, esta vez en la revista Cruz y Raya, su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras. En 1935 apareció El rayo que no cesa, integrado principalmente por sonetos escritos según las formas clásicas de siglo de oro.

Al iniciarse la guerra civil española, Hernández se afilió al Partido comunista y se alistó en el ejército republicano. Durante la guerra, su producción poética tuvo un carácter marcadamente político, incluso propagandístico:Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939) y El labrador de más aire que, aunque publicado en 1937, su redacción es muy anterior. Ese mismo año, se casó con Josefina Manresa, y, a lo largo de la guerra, participó en actividades de izquierda comunista y antifascismo internacionales (II congreso de intelectuales antifascistas y un viaje como invitado a la Unión Soviética, al II congreso de teatro soviético). Con la victoria del bando nacional, el poeta fue condenado a muerte, pena que fue conmutada por la de treinta años. A su paso por varios penales, fue componiendo su Cancionero y romancero de ausencias (publicado póstumamente en 1958), muriendo de tuberculosis en el penal de Alicante, en 1942

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.

Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.

Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está, y mi corazón,
y mi corazón con canas …..
La Nana de la Cebolla

Dedicadas a su hijo, a raíz de recibir una carta de su mujer,en la que le decía que no comía más que pan: y cebolla

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
.
Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.
.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.
.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
.
Ser de vuelo tan lato,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.

Pedro Gala

Miguel Hernández
(1910-1942)

«El teatro es un arma magnífica de guerra contra el enemigo de enfrente y contra el enemigo de casa»

Miguel Hernández nació el 30 de octubre de 1910 en Orihuela (Alicante), un pequeño pueblo del Levante español, rodeado por el oasis exuberante de la huerta del Segura.

Su niñez y adolescencia transcurren por la aireada y luminosa sierra oriolana tras un pequeño hato de cabras. En medio de la naturaleza contempla maravillado sus misterios: la luna y las estrellas, la lluvia, las propiedades de diversas hierbas, los ritos de la fecundación de los animales. Por las tardes ordeña las cabras y se dedica a repartir la leche por el vecindario.

Hijo de familia humilde, pastor y tratante de ganado, estudio enseñanza primaria, y sólo hasta los catorce años, en un colegio como alumno de bolsillo pobre donde, sin embargo, descolló por su extraordinario talento. Se ocupó del trabajo familiar y sólo su fuerza de voluntad le mantuvieron cerca de los libros que le prestaban los amigos.

En 1925, a los quince años de edad, tiene que abandonar el colegio para volver a conducir cabras por las cercanías de Orihuela. Pero sabe embellecer esta vida monótona con la lectura de numerosos libros de Gabriel y Galán, Miró, Zorrilla, Rubén Dario, que caen en sus manos y depositan en su espíritu ávido el germen de la poesía. A veces se pone escribir sencillos versos a la sombra de un árbol realizando sus primeros experimentos poéticos. Al atardecer merodea por el vecindario conociendo a Ramón y Gabriel Sijé y a los hermanos Fenoll, cuya panadería se convierte en tertulia del pequeño grupo de aficionados a las letras. Ramón Sijé, joven estudiante de derecho en la universidad de Murcia, le orienta en sus lectura, le guía hacia los clásicos y la poesía religiosa, le corrige y le alienta a proseguir su actividad creadora.

El mundo de sus lecturas se amplía. El joven pastor va llevando a cabo un maravilloso esfuerzo de autoeducación con libros que consigue en la biblioteca del Círculo de Bellas Artes. Luis Almarcha, canónigo entonces de la catedral, le orienta en sus lecturas y le presta también libros. Poco a poco irá leyendo a los grandes autores del Siglo de Oro: Cervantes, Lope, Calderón, Góngora y Garcilaso, junto con algunos autores modernos como Juan Ramón y Antonio Machado. En el horno de Efén Fenoll, que está muy cerca de su casa, pasa largas horas en agradable tertulia discutiendo de poesía, recitando versos y recibiendo preciosas sugerencias del culto Ramón Sijé que acude allí a visitar a su novia Josefina Fenoll.

Desde 1930 Miguel Hernández comienza a publicar poemas en el semanario El Pueblo de Orihuela y el diario El Día de Alicante. Su nombre comienza a sonar en revistas y diarios levantinos.

Estos poemas de adolescencia, sus primeros poemas, no publicados en vida y que han quedado autógrafos en un cuadernillo que el poeta conservó siempre, son en su mayoría de arte menor. Los versos aparecen combinados libremente o siguen las formas tradicionales de la poesía popular: romancillos, endechas, romances, redondillas, cuartetas… Sólo en muy pocos poemas ensaya el arte mayor.

Los temas de estos poemas los encuentra en el paisaje de Orihuela, en la serranía que recorre con sus cabras. Su vida de pastor se introduce en ellos y les presta su vocabulario agreste. Tienen un cierto desenfado, una enérgica valentía para tratar el lenguaje de forma personal. Esta habilidad que muestra desde tan temprano le conducirá sin esfuerzo alguno al gongorismo, que ya apunta en algunos de estos versos primeros. En muchos de ellos es también fácil advertir la influencia de poetas del Siglo de Oro, del Romancero, de Rubén Darío y de Juan Ramón Jiménez. En todos ellos descubre un gusto por todas las formas de la naturaleza, un bucolismo y una exaltación vital que serán constantes en su obra. Aparecen igualmente algunas alusiones mitológicas procedentes de sus tempranas lecturas de los clásicos y de Rubén Darío.

En diciembre de 1931 viaja a Madrid gracias a que su grupo de amigos le compran el billete. Viaja con un puñado de poemas y unas recomendaciones que no le sirven de nada. En la capital la generación literaria de 1927 está en pleno apogeo. Por aquellas fechas y al contacto con un ambiente literario más avanzado, Miguel Hernández va desprendiéndose de la ganga católica que lastraba su escritura. El ejemplo de José Bergamín le ayuda. El pastor-poeta se siente atraído, deslumbrado y, a la vez, solicitado por una de las actitudes más significativas de aquel grupo de poetas ya consagrados: la vuelta a Góngora, nacida al calor de la conmemoración del cuarto centenario de su muerte. Era imposible que un levantino como él, amante de la luz y del color, no se sintiera atraído por la policromía barroca. Góngora es oscuro por dentro pero brillante por fuera.

A su influjo Miguel Hernández salta del verso simple y bucólico al verso elaborado, a una pulida recreación de la realidad basada en metáforas muy personales. Su gongorismo no es puramente imitativo, sino que se asienta en lo real e inmediato, en la cercanía de la tierra y no en un mundo puramente fabuloso como el del cordobés.

El poeta levantino ha logrado tomarle el pulso a los gustos literarios de la capital, y aunque un par de revistas literarias, La Gaceta Literaria y Estampa, acusan su presencia en la capital y piden un empleo o apoyo oficial para el cabrero-poeta, las semanas pasan y, a pesar de la abnegada ayuda de un puñado de amigos oriolanos, tiene que volverse fracasado a Orihuela.

A la vuelta a su tierra cambian muchas cosas. Abandona las cabras y comienza a trabajar en una notaría. enriquecido por este descubrimiento y acuciado, además, por el deseo casi desafiante de probar fortuna en ese mundo de perfección estética, Miguel Hernández se lanza a la conquista de aquella maestría de la forma, a la búsqueda de la belleza como fin último de la poesía.

En Orihuela compone en 1933 Perito en lunas, un libro neogongorino, extraordinario ejercicio de lucha tenaz con la palabra y la sintaxis, muestra de una invencible voluntad de estilo. Esta obra fue durante tres décadas menospreciada por la crítica, que lo acusaba de deshumanizado conceptismo y de huera retórica, vacío de toda emoción y sentimiento. Sin embargo, es un asombroso comienzo poético y un prodigio de autosuperación juvenil.

Hernández procura eliminar la rudeza original que cree tener y lo consigue plenamente. Es el hombre de la tierra que aspira a las formas de expresión más cultas. Tanto en la sintaxis como en el léxico Miguel Hernández opone lo culto y lo sencillo, especialmente el léxico agreste, campesino. A pesar de su ascendencia culta, es el frecuente empleo de los distintos tipos de reiteraciones léxicas habituales en la poesía popular. Esta característica es otra de las constantes en su obra, como en el siguiente soneto amoroso:

Como queda en la tarde que termina,
convertido en espera de barbecho
el cereal rastrojo barbihecho,
hecho una pura llaga campesinahecho una pura llaga campesina,
así me quedo yo solo y maltrecho
con un arado urgente junto al pecho,
que hurgando en mis entrañas me asesina.

Así me quedo yo cuando el ocaso,
escogiendo la luz, el aire amansa
y todo lo avalora y lo serena:

perfil de tierra sobre el cielo raso,
donde un arado en paz fuera descansa
dando hacia dentro un aguijón de pena.

Cuando escribe este libro, está superando una tragedia: la del poeta sin cultura -por lo menos la reconocida oficialmente por los títulos académicos- que aspira a las cimas más elevadas del pensamiento y del arte. Pocos críticos han advertido en este libro lo que hay en él de drama humano. Si hubieran visitado la casa en que vivió, habrían quizá comprendido esta su primera reacción contra el estiércol que le rodeaba.

Desde este momento, toda la vida de Miguel Hernández será un constante esfuerzo por elevar hasta su propia dignidad interior y hacia ese plano de hermosura superior que encuentra en las formas del lenguaje poético todas las cosas feas y tristes de su existencia.

Perito en lunas muestra a un experto dominador de la metáfora y de las imágenes en todas sus posibles variantes expresivas. Sabe establecer magníficas relaciones entre la realidad -contemplada o imaginada- y la palabra, que dan motivo a una realidad poética por encima de la realidad objetiva: nos descubren una personalísima visión del mundo.

Tras este esfuerzo el poeta ya está forjado y ha logrado hacer de la lengua un instrumento maleable.

En Orihuela continúa sus intensas lecturas y sigue escribiendo poesía. También sus amigos le preparan alguna actuación en público. Entre Perito en lunas y El silbo vulnerado, media un grupo de poemas de variada inspiración en los que se perciben numerosas resonancias junto a personalísimos atisbos de originalidad.

En el Casino de Orihuela recita y explica su Elegía media del toro. Otra vez, en abril de 1933, es en Alicante donde interpreta la misma elegía después de una charla de Ramón Sijé sobre Perito en lunas. La prensa local se hace eco del acontecimiento literario.

Dos poemas de tema taurino, Corrida real y Citación fatal, y el titulado Vuelo vulnerado muestran todavía huellas de neogongorismo. Rotundas metáforas se enfrentan con versos de honda sinceridad desnuda. Y es precisamente en el poema elegíaco Citación fatal en donde el toro -metáfora e imagen simbólica que culminará en El rayo que no cesa- se hace símbolo de la muerte. Y, a la inversa, la muerte se convierte en toro amenazador.

No sólo Góngora, sino también otros recuerdos están presentes en estos poemas. El de San Juan de la Cruz es patente en Vuelo vulnerado y en ¡Apártate! Señor, que va de vuelo. Más cercanos son los ecos de Federico García Lorca en Ya en el tambor de arena el drama bate y el de Cal y canto de Rafael Alberti.

Hay ecos clásicos en algunos poemas, pero en todos ellos nunca falta el verso o la imagen de neto corte hernandiano, el vigor o la ternura, el aroma rústico, que imprimen al poema un sello de originalidad y voz entrañable. Canta cosas sencillas y próximas: su canario muerto, un árbol, su carne joven, los pájaros…

Pero otros poemas, de tonalidad más honda, los inspira la primera novia, Josefina Manresa, una muchacha andaluza que residía en Orihuela trabajando de modista en un pequeño taller de costura. La había conocido un día en 1934, al salir de la notaría de Orihuela y, para gozo del parnaso, se enamoró de ella, que constituyó el venero de muchos de sus futuros versos.

Los poemas amorosos más encendidos -muchos de los cuales aparecen ya en las primeras versiones de El rayo que no cesa son para ella; y siguió cantándola como novia, como esposa y como madre en los libros siguientes. Casó con ella en marzo de 1937 y tuvo dos hijos: Manuel Ramón, nacido en diciembre de 1937 y muerto en octubre de 1938, y Manuel Miguel, nacido en enero de 1939. Si para el primero es el impresionante poema Hijo de la luz y de la sombra, así como otros desgarradores poemas motivados por su muerte y recogidos en Cancionero y Romancero de ausencias, para el segundo son las famosas Nanas de la cebolla, la más trágica canción de cuna de la poesía española.

Esos poemas amorosos anticipan formas y temas de El silbo vulnerado. En cambio, su Profecía sobre el campesino anuncia Viento del pueblo, a pesar de que su acento no invita aún a la rebelión, sino al cuidado amoroso de la tierra.

Como si en pleno Siglo de Oro estuviéramos, tampoco falta en este grupo de poemas de transición la carga mística, con tres sonetos A María Santísima. Pero tal religiosidad no es de inspiración popular, sino de ingenuo candor e inocente gongorismo. Mar y Dios encierra un conceptismo más transcendental. Los mejores poemas de este grupo son La morada amarilla y los Silbos. El primero es una magnífica visión de Castilla, vertida en versos de rotundos perfil y expresión. Los Silbos son un logrado intento de poesía pastoril y labriega, en que el poeta desprecia la vida de las grandes urbes y alaba la aldea y la pura existencia campesina. Se burla de los rascacielos y prefiere cultivar el romero y la pobreza.

La denominación silbo vuelve a emplearla para su siguiente libro y para los veinticinco sonetos que lo componen. Cada uno de ellos es una canción herida e hiriente, un corazón cruzado por saetas y zarpazos, por suave melancolía o bañado por la ejemplar serenidad del sufrimiento. Su llanto es hondo, tierra adentro como el pozo. Es el canto del poeta en su soledad de enamorado. Y cada silbo transparenta la biografía del hombre, debajo de los aires amorosos de Juan de la Cruz, de las resonancias de Lope de Vega y de Góngora, incluso de la fuerza imprecatoria de Quevedo, que será una de las características de El rayo que no cesa, su siguiente libro. No hay, pues, rasgo alguno de sumisión servil. La experiencia amorosa se transfigura en poesía personalísima.

Apuntan en este libro todos los juegos metafóricos que llegan a su máximo desarrollo en El rayo que no cesa. Abundan las comparaciones, pero las metáforas, en cambio, se dan en moderado número.

La calidad pasional, amorosa y emotiva del libro empalidece toda otra coloración. De hecho, el color apenas existe en estos sonetos marcados por la pena. Cuando aparece, es precisamente en función intensificadora de ese dolor que los nutre o para realzar la belleza de la amada.

Sus vivencias van hallando formulación lírica en una serie de sonetos que desembocarán en 1936 en El rayo que no cesa, a donde llegan diez de los sonetos de El silbo vulnerado, los mejores sin duda, que son seleccionados por el poeta, íntegros o con variantes, para formar parte de su tercera y definitiva versión de todo un caudal trágico y amoroso. Este hecho evidencia la disciplina depuradora a que el poeta ha sometido su facilidad expresiva. Si comparamos los sonetos de ambas versiones, notamos que las modificaciones advertidas en El rayo que no cesa mejoran siempre o casi siempre el texto. Así, evita obvias repeticiones, versos duros, y elimina sonetos enteros.

No se despoja de la fuerza imprecatoria quevediana y, más bien, la intensifica. De ella se inviste cuando se lanza a blandir su rayo, a desbordar su sangre a martillazos. El acento es bronco, violento, hondísimo. Vemos ya al poeta personal de cuerpo entero: desesperado de amor, desgarrado, rendido… y también desafiante, bramando como un toro apocalíptico o como un río furioso y exasperado. La obra es un tremendo estallido de pasión, pero que sabe ordenarse en poemas formalmente perfectos. Inspiración y maestría técnica convierten este libro en una obra logradísima que consagraría a su autor y le haría merecedor de elogios de poetas y críticos.

Revela un hondo y poderoso sentimiento de amor que riega la más profunda raíz del libro, unido a una consciencia no menos honda del dolor. También la soledad y la pena vibran a la par de un modo irreprimible, pero se subordinan a aquel sentimiento. Una intensa tonalidad dramática, llena de patetismo, ensombrece la deslumbrante belleza de algunos sonetos y la dulce melancolía de otros. Desolada tristeza, presagios de muerte y aun la misma muerte cruzan por muchos endecasílabos en los que, por otra parte, alienta un sentido dionisíaco de la vida y una concepción sensual del amor. Y no es éste un amor resignado, pues a menudo se encrespa de ira colérica, atormentado por un insaciable ímpetu que casi sobrepasa los límites de lo humano. Es desafiante, rebelde, alucinado, destructor. Mas hay ocasiones en que el sufrir del poeta enamorado se reviste de una suave mansedumbre o de una gravedad meditativa, empapada de presentimientos y agonías, nacida al calor de una pasión trágica, profundamente humana. La violenta tensión creadora que sostiene todo el libro brota del abrasado corazón del hombre y del poeta. La intuición lírica se desata y, a la vez, se doma en sonetos de impecable factura, en los cuales estalla una magia verbal que deslumbra y raras veces decae.

Enlazado con los temas del amor, el dolor y la muerte, se acentúa su primigenio sentido de la tierra, pues Hernández sabe ahora que sólo en ella encontrará descanso la vida humana. Sólo en ella descansará el poeta de los cardos y las penas que lleva por corona, y la muerte será más bien un retorno, ya que él ha nacido de su barro.

Los clásicos del Siglo de Oro aparecen por doquier bajo la pluma del jovencísimo poeta que se ejercita imitando a los mejores. Las lecturas de Calderón le inspiran su auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras, que, publicado por Cruz y raya, le abrirá las puertas de Madrid a su segunda llegada en la primavera de 1934. Allí se mantiene con un empleo que le ofrece José María de Cossío para recoger datos y redactar historias de toreros. Por aquellas fechas conoce a Federico García Lorca en una de las excursiones de La Barraca. Está rompiendo a marchas forzadas con su vida anterior, tanto en el aspeto personal como literario. Ni es un provinciano ni un imitador.

Aunque repudia la difícil vida en la gran urbe, Madrid le está abriendo grandes horizontes, sobre todo al contacto con las grandes figuras literarias que la poblaban entonces. En Madrid la frecuente soledad inevitable en la gran ciudad le hace sentir nostalgia por la paz e intimidad de su Orihuela. Las cartas abundan en quejas sobre la pensión, rencillas de escritores, intrigas, el ruido y el tráfico. Así es que en cuanto le es posible vuelve a su pueblo para charlar con los amigos, comer fruta a satisfacción y bañarse en el río. Aunque lentamente, va creándose en Madrid su círculo de amigos: Altolaguirre, Alberti, Cernuda, Delia del Carril, María Zambrano, Vicente Aleixandre y Pablo Neruda. Entre ellos trata de vender algunos números de la revista El Gallo Crisis, recién fundada por Ramón Sijé, pero tienen que constatar que ésta no gusta a muchos de sus nuevos amigos. Neruda se lo confiesa abiertamente: Querido Miguel, siento decirte que no me gusta ‘El Gallo Crisis’. Le hallo demasiado olor a iglesia, ahogado en incienso. Ramón Sijé teme perder a su gran amigo para sus ideales neocatólicos, pero pronto tienen que constatar que el ambiente de Madrid puede más que los ecos de la lejana Orihuela. Pablo Neruda insiste en sus ingeniosos sarcasmos anticlericales: Celebro que no te hayas peleado con El Gallo Crisis pero esto te sobrevendrá a la larga. Tú eres demasiado sano para soportar ese tufo sotánico-satánico. Si Ramón Sijé y los amigos de Orihuela le llevaron a su orientación clasicista, a la poesía religiosa y al teatro sacro, Neruda y Aleixandre lo iniciaron en el surrealismo y le sugirieron las formas poéticas revolucionarias y la poesía comprometida, influyendo, sobre todo Neruda y Alberti, en la ideología social y política del joven poeta provinciano.

Superada esta crisis, Miguel Hernández es ya un poeta hecho y comienza a crear lo más logrado y genial de su obra. En el verano de 1934 regresa a su pueblo, formalizando su noviazgo con Josefina Manresa. Termina el auto sacramental y escribe los versos de El silbo vulnerado.

En octubre de 1934 estalla la Revolución de Asturias, que conmociona y polariza poderosamente a todo el mundo intelectual. La publicación del drama Los hijos de la piedra, dedicada a los mineros, tiene en la conciencia de Miguel Hernández un papel similar al que juega en el plano sentimental El rayo que no cesa. La cruda realidad acaba de forzar al poeta a tomar partido, que suma su pluma y su alma toda a la causa de los oprimidos.

En esa toma de partido, y por más que no le guste, está tambien su vinculación a Madrid, a la que se desplaza a finales de 1934. Para mantenerse colabora en las Misiones Pedagógicas que impulsa el gobierno de la República para las escuelas de las pequeñas poblaciones rurales. Luego colabora con el Diccionario Taurino de Jose María de Cossío.

Quizá es algo más que simbólica la muerte en diciembre de 1935 de su amigo Ramón Sijé, a quien dedica una emocionante Elegía que ha pasado a la historia de la literatura. El pasado quda atrás. Ahí se acababa toda una época en la vida de Miguel Hérnández: la mística, los clásicos del Siglo de Oro, los autos sacramentales y el gongorismo. Seis meses después también el país entero va a cambiar con él: los fascistas desatan su brutal ataque. Con el estallido de la Guerra Civil en julio de 1936, Miguel Hernández, sin dar lugar a dudas, la toma con entereza y entusiasmo por la República. No solamente entrega toda su persona, sino que también su creación lírica se trueca en arma de denuncia, testimonio, instrumento de lucha entusiasta. Une su suerte a la de su pueblo, de su estirpe defensor; pocos como él simbolizan precisamente el destino de ese pueblo: su derrota será la muerte del poeta.

A mediados de agosto de 1936 está en Orihuela. El padre de su novia, guardia civil, cae asesinado. Como consecuencia, la situación económica de Josefina y su familia se hace difícil, y Miguel quiere ayudar. Siempre escaso de recursos, vuelve a pedir ayuda a José María de Cossío, de quien había sido secretario durante su estancia en Madrid. Éste envía algún dinero, pero Miguel Hernández necesita trabajar y se dirige a Madrid en septiembre de 1936.

Como voluntario se incorpora al V Regimiento, después de un viaje a Orihuela a despedirse de los suyos. Se le envía a hacer fortificaciones en Cubas, cerca de Madrid. Emilio Prados logra que se le traslade a la 17 Compañía del Cuartel General de Caballería como Comisario de Cultura del Batallón de El Campesino.

Va pasando por diversos frentes: Boadilla del Monte, Pozuelo, Alcalá… En plena guerra logra escapar brevemente a Orihuela para casarse el 9 de marzo de 1937 con Josefina Manresa. A los pocos días tiene que marchar al frente de Jaén. Es una vida agitadísima de continuos viajes y actividad literaria. Todo esto y la tensión de la guerra le ocasionan una anemia cerebral aguda que le obliga por prescripción médica a retirarse a Cox para reponerse.

Con su pluma y con su sangre como dos fusiles fieles, Miguel Hernández levantará poema a poema, caudalosamente escritos, el edificio más hermoso y sincero de la poesía de la guerra. Varias obras de teatro en la guerra y dos libros de poemas han quedado como testimonio vigoroso de este momento bélico: Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939).

Los poemas de Viento del pueblo aparecieron en diferentes revistas antes de formar libro y fueron naciendo al calor de la guerra antifascista entre los años 1936 y 1937. Verdadero ejemplo de poesía revolucionaria, el poeta dirá: había escrito versos y dramas de exaltación del trabajo y condenación del burgués, pero el empujón definitivo que me arrastró a esgrimir mi poesía en forma de arma me lo dieron aquel iluminado 18 de julio. Intuí, sentí venir contra mi vida, como un gran aire, la gran tragedia, la tremenda experiencia poética que se avecinaba, y me metí, pueblo adentro, más hondo de lo que estoy metido desde que me parieran, dispuesto a defenderlo firmemente.

Por esto, suele ponerse de relieve su valor de testimonio social y, en un dominio más amplio, su carácter ejemplar, al ser obra poética que se inserta con facilidad en una de las corrientes más definidas de la literatura de nuestro siglo: aquella en la que se asigna a la obra literaria la función primordial de ser voz de una conciencia colectiva.

La heroica resistencia, el pueblo oprimido y el poeta como altavoz de la lucha son los tres elementos en que se apoya Miguel Hernández para hacer de su poesía en este libro un un arma de combate. La idea que le impulsa a escribir está en la dedicatoria a Vicente Aleixandre, cuyo final dice:

Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este mundo de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con las orejas y el alma tendida al pie de cada siglo.

El poemario se escribió en medio de una feroz batalla contra el fascismo y es esto lo que explica la altura artística de la obra, sus excelentes valores literarios, en el que se mezclan arengas, gritos, cólera, ternura, compasión, llanto… todo lo que en aquellos momentos bullía en su alma y en el alma del pueblo se hace fruto en sus versos. Hernández llora a los muertos anónimos, a Federico García Lorca; canta al niño yuntero, a la juventud, a los campesinos, a los jornaleros de la aceituna; canta el sudor de todos los trabajadores.

Son poemas de guerra y han sido escritos en las trincheras y en el campo. Recitándolos de viva voz, el poeta ha hecho vibrar a los combatientes, ha consolado a los heridos, se hace ruiseñor de las desdichas y canta con voz dolorida al pueblo en armas. Los poemas tienen una gran intensidad emotiva. De inspiración airada, rozan la arenga política y son el clamor de un pueblo.

La Elegía a García Lorca abre el libro, y plasma el dolor de un poeta, fusilado cobardemente por los fascistas, en otro poeta; el poema que lo cierra es una exaltación a la esperanza ante la defensa heroica de Madrid. La obra se cierra, en síntesis, entre un dolor máximo y una máxima esperanza.

La más destacada es la Elegía Primera, en la que Miguel Hernández llora a Federico García Lorca despacio, y despaciosa y negramente, un poema con resonancias manriqueñas. Ha elegido su nombre de entre los muertos anónimos, pero sabe que, al morir el poeta, la creación se siente herida y moribunda en las entrañas.

En su soneto Al soldado internacional caído en España el poeta, simbólicamente, transfigura al soldado de las Brigadas Internacionales en tierra de olivos a través de cuyas raíces se irán abrazando todos los hombres.

La conciencia trágica de Miguel Hernández ante la guerra hace que ninguno de los poemas del libro deje de estar traspasado por un sentimiento doloroso y elegíaco, ni siquiera estos poemas exaltadores, verdadero llamamiento internacional al heroismo invencible en la guerra contra el fascismo:

Naciones, hombres, mundos, esto escribo:
la juventud de España saldrá de las trincheras
de pie, invencible como semilla,
pues tiene un alma llena de banderas
que jamás se somete ni arrodilla.

El niño yuntero es el poema más tierno y sencillo del libro. Nos hace sentir toda su honda emoción al evocar al niño que -igual que él fue cabrero- no sólo guarda las vacas y bueyes, sino que trabaja junto a ellos con el arado. Y con este niño transciende a todos los niños trabajadores, trabajados y hambrientos. Pero es una ternura grave y triste que, al condolerse, aspira a conmover a los hombres para que salven a esta criatura:

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

La Canción del esposo soldado la compuso el poeta cuando esperaba a su primer hijo: en ella, el hombre Miguel Hernández -soldado del pueblo- se identifica con todos los soldados-esposos como él, y en trance, también como él, de ser padres. Pero la crueldad de la guerra conta el fascismo se impone; hay que concebir como hay que matar:

Es preciso matar para seguir viviendo

Su circunstancia personal se transcendentaliza en lo colectivo y hace que la poesía nazca de la vida misma como una floración natural irreprimible: el poeta exalta el acto de la unión amorosa, no como una culminación del placer, sino como un rito de la naturaleza, religioso e inevitable: la guerra nada puede contra la siembra del hijo, contra este amor puro y hondo de los esposos. El hijo se convertirá, naturalmente, en el símbolo de la esperanza: Para el hijo será la paz que estoy forjando

.

Están impregnados de dramatismo bélico, de amor y odio, de cólera y ternura en desgarradora contienda. Por todos ellos se deslizan denuncias contra el fascismo criminal, junto llamamientos a la lucha, escritos con energía pero también con intensa ternura, con llanto al lado de profunda alegría:

Quien se para a llorar, quien se lamenta
contra la piedra hostil del desaliento,
quien se pone a otra cosa que no sea el combate,
no será un vencedor, será un vencido lento

El pueblo muere, sí, pero también ha renacido y se ha lanzado al combate con alegría, porque sabe que la República contiene la esperanza de un futuro en libertad.

Todo el poema está construido sobre dos tipos de símbolos: unos que encarnan la cobardía y sumisión (bueyes) y otros que se convierten en imagen primigenia de los más altos valores del coraje y la arrogancia que exige la guerra (toros, leones, águilas, huracán, rayo…). La larga enumeración de las virtudes de todos los pueblos que configuran España es propia de la literatura popular y resulta un tanto tópica, pero tiene como fin aunarlos a todos en una misma virtud: el valor.

En un libro de violencia, de luto y de lágrimas, donde predominan las tintas sombrías y sangrientas. La claridad -la luz- sólo recae sobre los muertos gloriosos, los héroes o sobre la heroica España.

Emplea metáforas tradicionales, pues el poeta quiere llegar al alma del pueblo rápida y certeramente. Muchas veces habla su mismo lenguaje, directo, duro y realista; en otras, vuelve a cargar de sentido esas imágenes populares lexicalizadas por el uso, sólo con un leve retoque original:

Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte.

Más ideológico es el poema El incendio donde Miguel Hernández presenta a una Europa cercada por la revolución rusa, en un extremo, y la guerra civil española, por el otro. El orde capitalista aparece triste y podrido, destinado a ser purificado por un incendio revolucionario de flotantes y cálidas banderas en el que emerge, poderosa, la figura de Lenin:

Se propaga la sombra de Lenin, se propaga,
avanza enrojecida por los cielos,
inunda estepas, salta serranías,
recoge, cierra, besa toda llaga,
aplasta las miserias y las melancolías.

El hombre acecha está escrito en 1937 con motivo del viaje que realizó a la Unión Soviética en el verano de ese año, aunque se publicó en 1939. Fue pues escrito en plena guerra y destinado a una edición primera que no llegó a ver la luz, ya que la toma de la ciudad de Valencia por las hordas fascistas motivó su abandono, aunque se conservan las pruebas de imprenta, recogidas por algunos amigos del poeta. Algunos poemas fueron escritos en las prisiones.

Un tono sereno y grave traspasa estos versos desnudos de todo verbalismo superfluo. Aunque hay poemas que entroncan con Viento del pueblo por su tono entusiasta y encendido, prevalecen los que increpan o sólo se duelen de tanto sufrimiento y de tanta muerte. Crudeza y sollozo, dolor y llanto verdaderos. Ni una concesión a la imagen por la imagen, ni una sola metáfora que no tenga un brote en la entraña viva del hombre. La poesía ha dejado de ser un gozoso canto para convertirse en vida pura, efusión de la carne y el alma doloridas, grito de la criatura desamparada y en acecho, proyección del hombre, herida suya.

La poesía de Miguel Hernández se halla ahora en otro camino: el de la verdad desnuda. Ni un ápice de artificio, pues el viento de la muerte ha depurado al hombre y al poeta.

Se abre el libro con la Canción Primera, la cual patentiza ese proceso de regresión en el hombre. Ninguna identidad entre él y el campo, entre él y los olivos. Resurge el animal con garras, el animal que ha olvidado su canción, sus raíces y su llanto; que no quiere ver a su propio hijo a quien pueden destrozar.

Sigue El vuelo de los hombres, escrito aún con el impulso de Viento del pueblo: con voz exultante, el poeta siente orgullo de que el hombre haya conquistado los altos espacios, siente la alegría azul de los vuelos, el enardecimiento de haber llegado a la altura.

Carta es un romance transido de amor en el que el poeta descubre el secreto de esas palomas temblorosas que van de sangre a sangre, de pecho a pecho. Un aire de copla popular cruza el poema en ráfagas y pone en él su contrapunto trágico: la presencia de la guerra.

Las cárceles se personifican en el poema a ellas dedicado. Se arrastran por el mundo

buscando a un hombre, buscan a un pueblo,
lo persiguen
lo absorben, se lo tragan.

Allí está un hombre

que ha soñado con las aguas del mar
y destroza sus alas como el rayo amarrado
y estremece las rejas…

Pero su alma es libre, a pesar de las cadenas:

Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero.
Ata duro a este hombre: no le atarás el alma.
Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias:
no le atarás el alma!

El tren de los heridos es una impresionante visión de la guerra: es un tren de sufrimientos, de palidez mortal, de amargura, que avanza y avanza, en silencio, pues habla el lenguaje ahogado de los muertos. Se alarga dejando un rastro doloroso, sin acabar nunca de cruzar la noche. En El herido el poeta contempla los campos cubiertos de víctimas heridas y en donde la sangre siempre llueve boca arriba, hacia el cielo. Y, en el mar resonante, está a un herido que quisiera tener más vidas para derramar más sangre por la libertad; pierde pedazos del cuerpo, a cada herida, pero siempre retoña como el árbol talado. Canción última cierra la selección. En ella, la desgracia y el luto, la ruina y el abandono, se tiñen de esperanza, tras la ventana del odio. Aunque todo falte al hombre, puede gritar suplicante.

El uso del lenguaje metafórico se ha reducido y depurado, pues tiende a ser la expresión cada vez más ceñida a un contenido humano-poético. Las experiencias vividas en la guerra y en los primeros meses en la cárcel han barrido cuanto había podido ser retórica o virtuosismo en su mundo poético. Se continúa un proceso gradual de interiorización y desnudez expresiva. El dramatismo se acendra a la par que madura el hombre. El dolor y la muerte imprimen un indeleble sello en el alma del poeta y en cada uno de sus poemas, nacidos en la pura y desolada entraña del ser.

Por una parte, pues, Hernández conserva los rasgos de su técnica metafórica, pero la pone al servicio de una poesía entrañable, humana, que no brota de la inteligencia, sino del corazón; por otra, busca una sencillez y una sustantividad expresiva, deliberada e intuitiva a la vez, y así la adjetivación casi no existe y el sustantivo adquiere, junto con el verbo, la máxima expresividad.

El Cancionero y romancero de ausencias y Poemas últimos (1938-1941) es un diario íntimo con forma poética, las confesiones de un alma en soledad. El poeta ha ido expresando sus meditaciones, sus sentimientos sobre el amor, la muerte o la ausencia.

El tono íntimo reduce de los recursos metafóricos concentrándose en expresiones breves e intensas. Son poemas concisos, escritos en pocas palabras, sinceras, desnudas, enjutas, sometidos a una reducción conceptual y lingüística, que acentúa su carácter casi secreto.

El dolor ha secado ya la imagen y la metáfora. Ni un rastro de leve retórica. Su dolor solo: el dolor del hombre; el sombrío horizonte de los presos, el ir a la muerte cada madrugada. Canciones y romances lloran ausencias irremediables, el lecho, las ropas, una fotografía. La esposa y el hijo le arrancan le arrancan las notas más entrañables. Ni un brillo en esta poesía requemada por el dolor, hecha ya desconsolada ceniza.

Algunos poemas manifiestan una unidad clara entre sí o son claras variaciones sobre el mismo tema. De hecho, sólo aparece el dolor del hombre ante la ausencia de la mujer, del hijo y de la libertad, y la presencia de la soledad y la muerte.

Esa inclinación por la muerte, el recurso a la imagen de la sangre, va más allá de su propia persona y sufre con la tragedia de un pueblo, con la muerte de cada una de sus partes. No vio morir al hijo, pero sí vio cuando lo enterraban, y hasta la casa va siendo reflejo de la ausencia eterna:

Pero es una tristeza para siempre,
porque apenas nacido fue a enterrase.

La pena lo cubre todo. La guerra que siente y describe en este poemario es una guerra pasada por la tristeza. Es la tragedia de las muertes, el duelo de las almas, los filos de la sangre.

Los poemas de cárceles duelen en todas direcciones: en el alma, en el gesto, en el cuerpo, en la mirada. Un hombre hecho para medirse con la libertad reducido a las miserias de cuatro paredes; un corazón hecho para amar, con rejas y cerrojos. En ese pozo negro de soledad e injusticias se muere el poeta sin libertad, sangrando de amor.

Están presentes en este libro muchos de sus símbolos: sangre, viento, hoyo, cuchillo, vientre, piedra, espada, olivo. Es significativa la ausencia del toro, símbolo de fuerza y de muerte segura. Tampoco utiliza barro, material con que se fabrica la semilla humana. Sin embargo, aparecen las voces que limitan la vida o señalan la muerte: acechar, hachas, cuervo y de una forma insistente, cárceles y cementerio.

En el cancionero han quedado separadas todas las influencias recibidas. Las comparaciones de este libro son sencillas, hiladas en alma; lo cósmico y astral entran en el devenir humano; lo retórico se depura o desaparece. El léxico es agreste y confidencial o por mejor decir, confesional; la anáfora de suaviza; un realismo crudo y descarnado impera; las interrogaciones directas a su alma, se multiplican; las antítesis son muchas; el paralelismo y la correlación se usan con medida responsable; la substantivación marca los perfiles del verso; la imagen es, por lo general, suprareal y agrupada; el estilo dinámico crudo, sobrio, doliente y enterizo. Estos poemas cargados de emoción van derechos a las almas, a pesar de no haber sido escritas para nadie y sí para dar salida a los dolores del poeta.

En la primavera de 1939, ante la caida del frente republicano, la situación de Miguel Hernández es delicada. Intenta conseguir refugio diplomático, lo que no logra. Vuelve a Orihuela y, al ir cerrándosele los frentes de la guerra, marcha para Sevilla. Allí busca la ayuda de unos amigos y, al no conseguirla, pretende salir por la frontera portuguesa, en ingenuo afán de no caer prisionero. Las autoridades del gobierno de Salazar devuelven a cuantos intentan ese refugio.

Así comienza su larga peregrinación por cárceles: Sevilla, Madrid. Difícil imaginarnos la vida en las prisiones en los meses posteriores a la guerra. Apresado en Rosal de la Frontera, pasa a la cárcel de Sevilla y, de allí, a la de la calle de Torrijos, en Madrid, de la cual sale en septiembre de 1939 sin haber sido procesado ni juzgado. Su segunda ingenuidad fue volver inmediatamente a Orihuela, arrastrado por el amor a los suyos donde, a causa de una delación, es encarcelado de nuevo en el seminario de San Miguel, convertido en prisión. Vuelve a la cárcel y es trasladado a Madrid en noviembre.

Juzgado y condenado a muerte, en marzo de 1940, por su defensa de la República, se le conmuta la pena a la inmediata inferior de treinta años, y como dice lleno de amargura, sigue haciendo turismo por las cárceles.

Pasa a la prisión de Palencia en septiembre de 1940, al Penal de Ocaña en noviembre, y, por fin, en el verano de 1941, al reformatorio de adultos de Alicante, donde cae enfermo de tuberculosis de ambos pumones, alcanzando proporciones tan alarmantes que hasta el intento de trasladarlo al Sanatorio Penitenciario de Porta Coeli resulta imposible. Entre dolores acerbos, hemorragias agudas, golpes de tos, Miguel Hernández se va consumiendo inexorablemente, hasta morir el 28 de marzo de 1942 en la cárcel de Alicante a los treinta y un años de edad. Su cadáver quedó en un nicho del cementerio de Alicante.

La figura de Miguel Hernández es la más atractiva de la literatura de guerra antifascista. Su poesía, apasionada en ocasiones hasta la desesperación, serena en otras hasta el desaliento; humana y verdadera siempre, han hecho del poeta un símbolo que encarna la poesía de la libertad.

Narra las heridas de su pueblo, causadas en su alma de hombre del pueblo por el fascismo. Su concepción solidaria de la vida queda plenamente reflejada en su obra, y quizás tan claramente en sus sonetos de El rayo que no cesa como en su posterior poesía, donde los temas y su tratamiento conllevan más interpretaciones para considerarlo así. Es, pues, una figura romántica, en el sentido de que lucha desesperadamente a favor del amor, de la justicia y de la libertad; es decir, en defensa del trabajador.

Pocos hombres se han volcado tan íntegra y apasionadamente en su creación lírica como Miguel Hernández. Su verbo cálido está marcado con el sello imborrable de la sinceridad. Su actuación cotidiana, social o política, la llevaba a cabo con tal hombría y sin reservas como su quehacer artístico. Es la actitud radical de quien pudo decir:

Porque yo empuño el alma cuando canto.

Todo el hombre íntegro e ingenuo, entusiasta y apasionado, profundo e intenso, se ha disparado de tal modo en la resonancia metálica de su palabra poética que aún palpita en el misterio de sus versos vigorosos y sangrantes.

La creación lírica es para Miguel Hernández proyección artística de las más hondas preocupaciones proletarias. Su biografía, agitada y trágica, queda esculpida en poemas prodigiosos. El amor, la generación y maternidad, la esposa, son los más excelsos temas líricos. La guerra con sus heridos, sangre, muerte, soledad, hambre, inspira poemas impresionantes. El ronco tren maternal que avanza como un largo desaliento cargado de moribundos, dolor y sudor, empaña su verso, muy alejado de todas las purezas artificiales, pero en el que orean aires limpios de autenticidad y vibración cordial, viril y sin mixtificaciones.

Exactamente por todo ello Miguel Hernández tiene un extraordinario mensaje lírico y humano. Es capaz de levantar oleadas de entusiasmo, lo sentimos muy cerca de nosotros. A la distancia de ya algunas décadas su sensibilidad artística sigue siendo la nuestra y su poesía respira esa hombría y sinceridad que impregna toda su creación y que embriaga a todo ser humano de espíritu joven, limpio y sensible.

El mundo poético de Miguel Hernández es un mundo transfigurado. Su obra es la transformación poética de ásperas, fuertes y extremadas realidades. Sus vivencias, desde las de pastor adolescente hasta las de preso condenado a la última pena, se convierten en poesía por el milagro de una intuición lírica, purísima y precoz en sus primeras composiciones, y madurada después por el dolor y la muerte.

Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!

Pablo Neruda

Era puntual, con puntualidad que podríamos llamar del corazón. Quien lo necesitase a la hora del sufrimiento o de la tristeza, allí le encontraría, en el minuto justo. Silencioso entonces, daba bondad con compañía, y su palabra verdadera, a veces una sola, haría el clima fraterno, el aura entendedora, sobre la que la cabeza dolorosa podría reposar, respirar. Él, rudo de cuerpo, poseía la infinita delicadeza de los que tienen el alma no sólo vidente, sino benevolente. Su planta en la tierra no era la del árbol que da sombra y refresca. Porque su calidad humana podía más que todo su parentesco, tan hermoso con la Naturaleza.Era confiado y no aguardaba daño. Creía en los hombres y esperaba en ellos. No se le apagó nunca, no, ni en el último momento, esa luz que por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos.

Vicente Aleixandre

Esto último es un magnífico trabajo de Antorcha. org

2 comentarios

  1. Me ha parecido muy interesante el artículo, muy satisfactoria la noticia de la nueva producción cinematográfica homenaje a este gran poeta, y muy acertado el trabajo de antorcha.org.
    La verdad es que todo lo refernte a Miguel Hernández me apasiona, pues confieso soy un gran admirador de su obra. De hecho, ya llevo un tiempo recopilando en mi blog vídeos y audios de su vida y obra.

    Así, por lo que refiere a los vídeos he encontrado dos documentales que tratan su vida, a saber: “Miguel Hernández, el poeta del pueblo” (1993) y “Del yugo y del canto” (1976). Los en laces respectivos para poder verlos en línea son:
    http://roiginegre-videos.blogspot.com/2008/05/miguel-hernndez-el-poeta-del-pueblo.html
    http://roiginegre-videos.blogspot.com/2008/05/del-yugo-y-del-canto.html

    Por lo que refiere a los audios, de momento, se encuentran disponibles, el único documento sonoro conservado con la voz del autor, recitando la arenga conocida como “El esposo soldado”, y las musicalizaciones de sus poemas “Nanas de la cebolla”, “El niño yuntero”, “El herido”, “El hambre” y “Andaluces de Jaén”. Los enlaces respectivos para poder escucharlos en línea son:
    “El esposo soldado”
    http://roiginegre-audios.blogspot.com/2008/03/arenga-realizada-en-el-frente-por.html
    “Nanas de la cebolla”
    http://roiginegre-audios.blogspot.com/2008/04/miguel-hernandez-nanas-de-la-cebolla.html
    “El niño yuntero”
    http://roiginegre-audios.blogspot.com/2008/04/miguel-hernndez-el-nio-yuntero.html
    “El herido”
    http://roiginegre-audios.blogspot.com/2008/04/miguel-hernndez-el-herido.html
    “El hambre”
    http://roiginegre-audios.blogspot.com/2008/05/miguel-hernndez-el-hambre.html
    “Andaluces de Jaén”
    http://roiginegre-audios.blogspot.com/2008/05/miguel-hernndez-andaluces-de-jan.html

    Espero que sean de tu agrado.
    Un saludo.

  2. Es uno de mis poetas preferidos, algo compartimos pues.

    Estoy viendo los enlaces.

    Saludos.

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