Portugal cruza los dedos ante la hecatombe del ladrillazo español y busca refugio en Brasil y Angola.
Enric Juliana. La Vanguardia
Cada macaco no seu galho” (Cada mono en su rama)
Dicho portugués
El señor Luís Bordalo saluda cortésmente en el número 17 del Largo de Calhariz lisboeta. Su pequeña papelería, no muy lejos de la plaza Camões, va camino de la gesta. Ha corrido la voz en Portugal y los cuadernos de tapa azul que en tiempos del doctor Oliveira Salazar servían para la contabilidad nacional y para el debe y haber del comercio de bacalao, hacen frente ahora, con bravura, a la hegemonía multinacional de las elegantes libretas de banda elástica en las que escribía Hemingway y dibujaba Matisse.
Viriato contra la internacional del buen gusto. Lo singular frente a lo universal. Del cuaderno azul portugués habla Paul Auster en una de sus incontables novelas sobre al azar (La noche del oráculo),pero la batalla del Largo de Calhariz está siendo ganada por la imperfección. Cada libreta tiene un número distinto de páginas y sus etiquetas, encoladas a mano, nos recuerdan cuan infinita es la resistencia del alma humana al trabajo en cadena. Poco o mucho, sobre fondo azul, todas están torcidas.
Hay en Portugal una revalorización de lo propio, de lo exclusivo, de manera que vuelve a ser hora de los jabones de la marca de la mariposa, de las conservas de atún de las Azores, de las sardinas enlatadas de Motosinhos, de la pasta con la que los heterónimos de Fernando Pessoa se lavaban los dientes, de las pastillas para la tos del Dr. Bayard, y de los lápices de colores que separaban Mozambique de Rhodesia, el Transvaal y Tanganika en los mapas del África colonial. Fetiches de los tiempos acuosos e insomnes de António de Oliveira Salazar, el dictador contable que tenía un gallinero en el jardín y cada día mandaba a su ama de llaves -la legendaria A Senhora-a vender los huevos en la tienda de la esquina. Cosas de antes y de mañana. Imperiosos deseos de individualidad. Simulacros contra la masificación ultramoderna.
Saluda amablemente el señor Luís Bordalo, porque en Portugal los pequeños negocios no van del todo mal. Siempre condicionados por una demogafía modesta (diez millones de habitantes, algo más que Andalucía), los portugueses no han tenido, ni en sueños, un despegue económico tan espectacular como el español, de manera que ahora no les aguarda el aterriza como puedas de Martinsa y Fadesa. Portugal navega. España, ay, ay, ay, que se la pega.
“Si España va mal, nosotros iremos mal, porque la economía penínsular es un hecho real. No nos engañemos, la península Ibérica existe y funciona como un sistema integrado. Para compensar la crisis española, Portugal deberá poner ahora el acento en los negocios con Brasil y Angola, cuya economía va como un cohete. Brasil es la nueva gran potencia americana y Angola va en camino de desbancar a Sudáfrica”. El diagnóstico es de Luís Reto, presidente del Instituto Superior de Ciencias del Trabajo y de la Empresa, que durante la revolución de 1974 cumplía el servicio militar en los fusileiros y aún recuerda las asambleas con el almirante Coutinho, mientras los barcos OTAN se dirigían al estuario del Tajo.
“El problema es que nuestras ex colonias son demasiado grandes”, dice Reto. Brasil, que un día podría comprar Portugal, es hoy el gran motor de expansión de la lengua de Camões. Apunta el dato, Arcadi Espada: atraídos por la pujanza brasileña, Venezuela y Paraguay han incorporado el portugués a la enseñanza secundaria. Un furor bilingüe parece que baja por el río Paraná. Habrá que vigilar las señalizaciones.
Portugal navega. Bascula. Amarrado para siempre a la Península, espera el AVE de Madrid y cruza los dedos ante la hecatombe del ladrillazo. Forjado por el Atlántico, sigue siendo una agencia de viajes. Un cuaderno eternamente imperfecto. Una metafísica. Y una luz.
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