Ya está bien del chantaje por parte de los colectivos commodity. Un país es un negocio de suma cero donde los colectivos commodity, como los controladores aéreos, es decir, aquellos que todo país debe poseer por narices para que funcione razonablemente, no se deben convertir en chantajistas y monopolizadores que disfrutan de unos beneficios desproporcionados que para sí quisieran muchos trabajadores infinitamente más cualificados que ellos, pero que no tienen su misma capacidad de presión ni su falta de ética y de escrúpulos. Son canonjías inmerecidas los colectivos que cuando más dinero injustificado ganan más tieso dejan al resto del país. Porque una nación es una tienda donde se deben proporcionar unos servicios comparables a los de su entorno, a menor precio para ser competitivos, como el de nuestros carísimos controladores aéreos. Y donde el diferencial de riqueza y los beneficios extra provienen de aquellos productos o servicios diferentes y únicos, con valor añadido adicional, que no todo el mundo es capaz de proporcionar: bien sea la nanotecnología o la industria aeroespacial o relojera, o incluso el turismo de calidad. Cuanto más fondos acaparen estos colectivos estándar, menos se llevarán el resto de trabajadores, y menos dinero disponible quedará para el resto de ciudadanos. Los servicios commodity, como el de los controladores aéreos, los pilotos del SEPLA, los conductores de trenes o metro, la telefonía o la electricidad, o demasiados convenios colectivos abusivos entre otros muchos gremios o sectores, cuando más caros sean en comparación con sus vecinos, peor le irá al país en cuestión porque absorberán más recursos de los que les corresponden. Desgraciadamente, España tiene los servicios de telecomunicaciones más caros y peores, la electricidad menos eficiente, los pilotos o los maquinistas de tren o metro más chantajistas (en cada puente y vacaciones) y mejor pagados. Y, por supuesto, los controladores más indecentes y ricos de Europa. Y así nos va. Un controlador aéreo jamás debería tener un salario superior al del un juez o un fiscal, al de un ingeniero proyectista o al operador de una central nuclear, por ejemplo. Y sin embargo lo tienen. Su cualificación no lo justifica ya que no son más que autómatas que siguen puntos en una pantalla con responsabilidad infinitamente inferior a la de cualquiera de los anteriores profesionales. Porque hacer que los aviones no se crucen o se choquen no es tan difícil. No se necesita pensar mucho, tan solo un poco de entrenamiento. Pero nunca una capacidad de dilucidar y de tomar de decisiones complejas como la de un juez o un ingeniero, cada día diferentes y únicas. Su trabajo es rutinario y metódico, por muchas consecuencias que tengan sus errores, y sus demenciales remuneraciones provienen de su capacidad de hacer daño a la población, pero no de su perspicacia o cualificación. (more…)
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