Una de las noches me contó una anécdota (espero y deseo, que nadie se pueda sentir molesto) que me hizo mucha gracia y recuerdo con todo detalle.
Para mejor entendimiento con los nativos, sobretodo de las kábilas, que tuvieran dificultades con el español a la hora de enviar, recibir los telegramas, o cualquier aclaración, traducción, etc., que pudieran necesitar, había un empleado marroquí que, además, tenía la misión de recorrer las líneas telefónicas y subsanar las averías que se ocasionaran Este celador se llamaba Anyir, tendría entre 40 – 50 años. Era una magnífica persona, cumplidor, servicial, de buen carácter y todos le tenían mucho respeto y afecto. Cuando Anyir no tenía ninguna faena, se sentaba en el banco de espera y, al rato, empezaba a dar cabezadas hasta quedarse profundamente dormido y así podía estar horas mientras alguien no le interrumpiera su plácido sueño. . Un día, estando feliz en “los dulces brazos de Morfeo,” con la boca abierta, arrullado por sus propios ronquidos, Avelino, no tuvo otra idea que colocarle, muy cautamente, entre los dientes, un trozo de tocino del cocido (jalufo). Durante un rato continuó durmiendo mientras Avelino, mi hermano y algunos espectadores más, previamente advertidos, esperaban, expectantes, que despertara para ver su reacción y divertirse un rato. El tocino colocado en su boca empezó a ser su efecto dificultando la respiración del confiado celador. Llegó un momento que con un fuerte último ronquido, despertó con un brusco respingo quedándose sorprendido de ver a tanta gente que le miraba riéndose alegremente, a lo que él también se sumó inconsciente de la causa que lo motivaba. Cuando al fin se dió cuenta del porque de las risas al encontrarse el trozo de tocino, reaccionó, convertido en una fiera, escupiendo convulsivamente a la vez que profería los mil y un improperios en su lengua vernácula: –“¡Tabbon dyemak!, ¡Anjarí babak!, ¡Weldel kahba!….”acordándose de toda la familia de Avelino desde Adán y Eva, mientras buscaba a su jefe que, próximo a la puerta, salía a escape libre a la calle como alma que lleva el diablo, seguido del cabreadísimo Anyir que si lo coge en ese momento, hubiera hecho de él pinchitos morunos.
Avelino no apareció por allí durante el resto del día esperando que el bueno de Ayir se calmara y asimilara la pesada broma. Cuando se vieron al día siguiente, ya se la había pasado el enfado al pobre celador y todos reían amistosamente a la vez que Ayir no paraba de llamarle ¡cabrón! y ¡ ¡ zámel ! (maricón), en tono amable y amistoso.
Formando parte de este tramo de casas estaba la churrería de Anita. La casa de Antonio Vidal, que vivía con su hijo Paco y su nuera Virtudes. Correos, controlado por Antonio, el cartero, (muy amigo del padre Adolfo) y su esposa Mercedes que, ante mis ojos de niño, me recordaba (con todo el respeto) ,no sé porqué, a la” Dña Urraca” del Pulgarcito. Como última casa de vecinos, estaba el bar de la “Curra” que tenía cuatro hijos, creo, Maria, Antonio, Cristobal y otro más que no recuerdo nombre, ni sexo.
A continuación de las viviendas descritas, venia la parte comercial integrada por las agencias de aduana encargadas de tramitar los permisos de paso de mercancías hacia Ceuta, la península y al resto de Europa y viceversa. De entre ellas estaba: la “Agencia Paulete”, la “Agencia Lacaci” y, para mí y en general, para todos, la más conocida, ”Agencia Navarro” por pertenecer a uno de los miembros de la saga Navarro familia muy querida y conocida por todos. En ella trabajaba el sr. Navarro con un sobrino llamado Boni y uno de sus hijos también de nombre Boni, nombre, como se ve, muy frecuente en la familia. El otro hijo era Paco Navarro, buen amigo, compañero de estudios y de “fatigas”.
Se remataba esta acera de casas, con la construcción donde estaban las oficinas de la fábrica de cerámica, que servía de esquina, para continuar a la derecha en una pendiente cuesta hacia la casa del director de la fábrica y del encargado, sr Chacón.
( Datos aportados por Andrés Torti y Aurora Velasco).
Antes que la pendiente se hiciera más acusada, se abría la puerta de entrada a las oficinas, propiamente dichas, de la administración de la fábrica. El director gerente de “La Cerámica” era don Enrique Delgado que habitualmente vivía en Ceuta. También procedía de Ceuta el sr, Moinq o Mohin, contable de la entidad y sr, muy competente y con gran influencia, pues estaba emparentado con las conocidas y ricas familias judeo-sefardí de los Benazayas y los Hachuel. Formaba parte del personal de oficinas, mi hermano Rafael d.e.p. que trabajaba como administrativo.
Desde la puerta de la oficina, la amplia calle por la que subían y bajaban los camiones con los diferentes productos cerámicos que se fabricaban y se vendían tanto en Ceuta, como al resto, del entonces, Protectorado. La calle se hacía más pendiente hasta toparse con la subida que daba acceso a la vivienda del director gerente, la cual utilizaba durante el verano y algún que otro fin de semana. en que venía toda la familia compuesta por su esposa, su hijo Enrique, su hija Aurora, ambos de mi edad, año arriba o abajo y otra hermana más pequeña.
La casa estaba situada en la parte alta de la meseta que formaba la fábrica y con respecto a la calle de subida había una altura bastante grande que se salvaba con varios tramos de empinadas escaleras hasta llegar a una amplia terraza donde solíamos jugar. Recuerdo que un verano recibí por correo una invitación para asistir a una fiesta con motivo del santo o cumpleaños de la hija mayor. Me causó extrañeza la forma tan protocolaria de hacer la invitación, pero me lleno de alegría que se acordara de mí.
Llegado el día de la fiesta, por la tarde, muy arregladito y amonestado previamente por mi madre de cómo tenía que comportarme, subí cuesta y escaleras un poco asustado y nervioso pues, desde abajo, veía gente desconocida, amigos de ella, que habían venido de Ceuta también a la celebración. Yo llevaba mi regalo consistente en un libro apropiado de lectura juvenil para chicas( “Mujercitas” de Louise May Alcott) y una cajita de bombones, todo ello, bien envuelto y con una tarjetita de felicitación. Le entregué mi regalo a la vez que la felicitaba y me fui al encuentro de otros invitados más de Castillejos que conocía. Por entonces, no se llevaba eso de dar un beso a una chica, ni siquiera en las mejillas, ni hacer presentaciones entre chicos y chicas jovencitos, sino que te mezclabas entre todos y poco a poco, ibas conociendo a unos y otras.
Dentro de la casa había unas mesas con canapés variados, dulces y chucherias varias, además de gaseosas, naranjadas y limonadas “Crush”y “Mirinda”.
Entre bocado y refrescos, la “cumpleañera” iba enseñando los diferente regalos que había recibido. Entre ellos había uno que enseguida me llamó la atención, sobre todo cuando se los puso y comenzó en la terraza a deslizarse y hacer piruetas sobre unos preciosos patines de ruedas. Todos le pedíamos que bailara un vals como hacían en las películas y hasta uno de los niños invitados sacó su armónica y comenzó a tocar el Danubio Azul. Enrique, su hermano, se calzó también sus patines y ambos exhibían sus habilidades en la terraza con soltura y dominio ante la mirada complaciente y no ausente de cierta envidia, de todos los presentes.
La fiesta transcurría muy animada y pronto, el hielo del principio, se fue diluyendo entablándose una fluida comunicación entre todos los invitados. La anfitriona y su hermano cedieron sus patines a varios de los chicos y chicas que se lo habían solicitado, incluso yo, quise también probar suerte, con el desastroso desenlace de casi “estamparme” en la pared al abrirme de piernas, quedándome “escarranchado” en el suelo como una bailarina del Can Can al final de su frenético baile.
No tuvo tanta suerte uno de los invitados “caballa,” que sabiendo patinar, se tomó la terraza como si de una pista olímpica se tratara y cogiendo velocidad, en uno de sus giros, se le quedó pequeña la terraza y salió disparado por el lado de las escaleras quedándose colgado con más de medio cuerpo al vacio y las piernas por alto mientras las ruedas de los patines seguían girando al aire y él, a punto de darse un buen mamporro.
Después de una tarde muy divertida, la velada acabó sin más incidentes.
En el inicio de las escaleras, la calle de tierra, hacía un giro de 90º a la izquierda, continuando la subida a la fábrica situada en lo alto de la meseta dónde se formaba una amplia explanada, presidida por un ancho y alto depósito de agua que abastecía a todo el complejo de La Cerámica y se erguía sobre todo Castillejos como el orgulloso torreón de un castillo.
Por el lado derecho de la calle hasta lo más alto, una tapia de más de un metro de alta protegía un pasillo que conducía hasta la misma puerta de entrada de la casa-chalet del sr. Chacón encargado jefe de toda la fábrica. La otra pared pegada a la montaña que formaba el pasillo también tenía un muro de contención con unos salientes hacia arriba, de tanto en tanto, a modo de almenas. Las casas, muros, escaleras, depósito y otras construcciones estaban pintadas en color blanco, dándole a todo el conjunto, un aspecto luminoso y agradable.
El sr. Chacón tendría unos 60 años, o algo más, con un corpachón grande y grueso y un aspecto bonachón como el abuelo de los cuentos. Su esposa, dña. Pepita, era maestra de escuela, aunque no recuerdo que ejerciera su profesión. Su hija mayor se llamaba Ana Maria y estaba casada con un teniente o capitán de La Legión llamado Manuel y por aquella época, me parece, que aún no tenían niños. Era muy guapa y hermosota y tenía un gran aspecto de “señora bien”. Recuerdo que formaba parte del coro de la iglesia de la que era la voz solista. Su hermana Reglita también era una preciosa muchacha de piel muy blanca y rubia como el oro. Generalmente llevaba el pelo recogido en forma de coleta, era muy amiga de Viki con la que solía pasear cuando ella iba acompañada de su novio, que como su hermana, también era teniente legionario. Cuando yo me fui, aún estaba soltera.
Meses antes de irme de Castillejos el sr Chacón falleció no sé de qué enfermedad. Su pérdida fue muy sentida en Castillejos, pero hubo una persona en particular en la que su muerte, fue un mazazo en sus sentimientos hacia él. Trabajaba con él en La Cerámica aunque en otro apartado y a pesar de la gran diferencia de edad entre ambos, sus relaciones eran muy sinceras y se tenían un cariño especial como el de un padre con su hijo. Nada más morirse el sr. Chacón, empezó a perder el apetito, dormir poco y mal, despertándose en la noche nervioso y llorando desconsolado. Su estado físico se iba deteriorando al paso de los días, hasta que no hubo más remedio que acudir a tratamiento psiquiátrico con métodos de terapia terribles, que le dejaba aún en peor estado. Estaba lleno de obsesiones absurdas, veía y hablaba con el sr. Chacón, llegó incluso a rechazar a su novia casi a punto de casarse. Cogió una depresión tal, que estuvo a punto de ir a hacerle compañía. Esa persona que sintió tanto la ausencia del sr Chacón, como ahora yo siento la suya, se llamaba, Rafaél Torti y era mi muy querido hermano q.e.p.d..
El cambio de destino de mi padre a causa de la independencia de Marruecos, fue la salvación para mi hermano y la tranquilidad y felicidad para la familia y su novia, que después de unos meses de ausencia, ya del todo restablecido, volvió de nuevo a Castillejos a casarse formando, con los años, una preciosa familia.
Volvemos de nuevo al principio de la calle principal, pero esta vez, siguiendo el lado izquierdo en dirección hacia La Aduana. En mi primera descripción ya había comentado hasta la granja de Baeza, ahora, continuaremos con la siguiente edificación, y es …. La Junta Nueva.
Como siempre, trataré de comentar las casas, quienes las habitaban y las cosas que mi memoria esté dispuesta a ayudarme recordando todo lo que pueda aportar
para el que lo lea, vea reflejado una parte de su infancia y reviva también lugares y personas que, en un momento de su vida, compartieron con él una etapa más sosegada y feliz.
Una vez más, pido por adelantado disculpas por las omisiones y posibles errores que pueda cometer como causa, más por mi falta de memoria que de intencionalidad. Reitero igualmente mi solicitud de ayuda para rellenar los lapsus que pueda tener.
La Junta Nueva era donde estaba ubicado el órgano rector de Castillejos y todos los servicios sociales para uso el pueblo. Allí se encontraba el ambulatorio médico, policía municipal, Ayuntamiento, comedor social y vivienda de algunos funcionarios. El edificio tiene la forma de una gran U ocupando, en aquellos años, la parte interna que encierra los dos laterales del edificio, un cuidado jardín que se prolongaba hacia fuera de la construcción. Junto a la amplia acera, formaban un bonito conjunto a modo de plaza. La Junta está construida en un marcado estilo de lujoso cortijo andaluz, con arcos, balcones , ventanas y farolas, con barandas, rejas y adornos metálicos de clásica forja andaluza, pintada de negro, destacando en el blanco inmaculado de sus paredes. Por fortuna, junto con la iglesia, la aduana y algunos edificios más, en los tiempos actuales, se conserva como un edificio emblemático y representativo de su pasado.
En el bloque que forma la primera parte del edificio, el primer piso, estaba totalmente ocupado por la vivienda del médico don José Mª Soler Planas y tenía su acceso por una larga y empinada escalera situada en la parte trasera de este bloque.
La familia del doctor la formaba su esposa doña Lola y dos preciosas hijas, Mari Ángeles que era la mayor y
Mari Loli, de unos dos ó tres años mayor que yo. Ambas hermanas hacían poca vida social en Castillejos, no salian a pasear, ni al cine, ni siquiera se las veía, salvo cuando acudían a misa los domingos y festivos. A Mari Loli la vi en varias ocasiones salir a la escalera hacia casi la calle, cuando veía a mi hermano Andrés y en más de una ocasión, los descubrí charlando animadamente, por lo que me metía con él diciéndole que era su novia. No lo era, pero ambos se gustaban.
En la parte central que daba directamente a la plaza, a la izquierda, estaba ubicada las instalaciones del consultorio médico con el despacho y consulta del don José, la sala de curas y unas estancias para el personal y sala de espera. En otros escritos ya informé del personal que integraba el equipo sanitario, no obstante recordaré que lo formaban además de don José, don Vere, como practicante, Merche, La Hebrea, como comadrona y Abdelkader, como enfermero. Por suerte, pocas veces tuve que acudir al consultorio por enfermedad o curas, tenía, por entonces, tanto miedo a los médicos, hospitales e inyecciones, que nunca pasaba por la acera próxima al consultorio porque, el solo olor que desprendía, me daba pavor y me encogía el estómago. Tenía mis motivos.
En el resto del edificio se encontraban las dependencias de la guardia, despachos y sala de reuniones de los que regían los destinos del pueblo que, dicho sea de paso, no tengo ni idea de quienes eran y si ni siquiera los había.
Pasado el conjunto de La Junta se abría y comenzaba la calle que subía hacia la iglesia que, más adelante, recorreremos.
Continuando hacia la aduana, atravesando la calle de la iglesia, venia un grupo de casas de una sola planta, de la misma construcción y se caracterizaba porque tenía una acera y además otra a mas altura, como una terraza con un pequeño bordillo, y a medida que ibas avanzando, aumentaba paulatinamente de altura con respecto a la acera a ras del pavimento. Para tener acceso a las entradas de las casas había que subir escalones que iban desde uno, para la primera vivienda, hasta tres o cuatro para las dos últimas.
En la primera de las viviendas no recuerdo si vivía alguien y si así fuera, poca o ninguna relación pude tener con ellos porque, francamente, no tengo nada grabado en ninguna de mis neuronas. En cambio sí conservo memoria de una tienda grande, con grandes estanterías casi vacías y un largo mostrador. Todo, estanterías y mostrador de madera maciza muy oscura. La llevaba un matrimonio muy mayor que al poco tiempo de estar yo en Castillejos, cerró sus puertas y durante uno o dos años, permaneció en ese estado hasta que, un buen día, llegó un sr, joven, con poco más de 35 años aproximadamente, que se instaló en la tienda, abriéndola de nuevo al público y surtiéndola, poco a poco, de todo tipo de artículos. El nuevo propietario tenía un aspecto frágil. Era menudito, delgado, muy delgado, de modales y habla suave, muy educado y servicial, era hermano o cuando menos, pariente, en un grado próximo, de la esposa del maestro don Salvador Arias. Cuando apareció por el pueblo, estaba soltero y cuando me fui, aún permanecía en el mismo estado. Vivía en la parte interior de la misma tienda y se llamaba Daniel.
La casa siguiente estaba ocupada por la anciana pareja, anteriores propietarios de la tienda y posiblemente, eran los propietarios de ambas. Los recuerdo a los dos sentados en la puerta de la casa, en la terracita que formaba el escalón, en las calurosas tardes de verano tomando el fresco.
Inmediatamente después, venia, ya comentado en otro escrito, el café donde estaban instalados los billares con su baranda de madera y debajo de ella el
“inefable” Alejandro con su puesto de pipas ,chicles, caramelos y tabacos varios.
A los dos o tres años de mi estancia en el pueblo, tuve una gran alegría porque, para deleite de todo el pueblo y en especial para mí (especialmente goloso),se abrió una pastelería, pared con pared, con el bar. No era muy grande, pero estaba bien surtida de ricos y enormes merengues, “petitsuis”, cucuruchos de hojaldres rellenos de crema, redondas y blanquísimas bizcotelas,…. ¡Qué buenas eran esas bizcotelas!. No las hay en todas partes y las busco en todas las pastelería por las que he pasado y os prometo que son ¡¡muchiiiisimas!!, pero ¡lo juro por…. Snoopy!, que la blandura y el sabor del bizcocho bañado con la blanca capa de azúcar con clara de huevo que lo cubre, no lo he encontrado en ninguna otra bizcotela como las de Castillejos. Y el “sumún” de los variados pasteles que exhibía en sus vitrinas, eran unos hojaldres llamados “milojas”,de tres o cuatro “pisos” y entre ellas, unas capas de nata y crema que cuando mordías aquél hermoso y sabroso “tocho” se salían del hojaldre y presurosamente, lo recogías con la lengua y en la mano las trocitos del hojaldre que se rompían con la mordida.¡ Era un placer inefable!. Cuando salía del cine, era visita obligada a la pastelería y por desgracia o por suerte, no disponía de mucho dinero para atracarme, porque si no, hubiera sufrido a empacho por domingo.¡ Gracias sra. María Borrego! No se puede imaginar vd. las veces que he recordado sus deliciosos dulces!
Con la pastelería se acababa el bloque de viviendas y se abría la calle que subía, a donde estaba la fundición de Kadur, hasta la trasera de la iglesia. Calle que comentaré más adelante.
Al otro lado de la calle que subía y siguiendo la dirección hacia la aduana, la primera casa que venía era la tienda de Boni. La tienda era la más grande, mejor surtida y con más clientela de todas las del pueblo. Hasta llegar al mostrador tenias que recorrer un pasillo que formaban un montón de sacos llenos de diferente cereales: maíz, trigo, cebada, zaína, habas secas, algarrobas, patatas, etc. A donde miraras, estaba lleno de cosas; escobas, palas, picos ,azadas cubos, espuertas, tela metálica,…. Lo que no encontraras allí, podías estar seguro que en ninguna otra tienda, lo habría. Tenía un mostrador que cogía casi de pared a pared y detrás, unas estanterías hasta el techo, que en la parte más baja, habían una especie de cajones con la madera frontal inclinada y sin tapadera conteniendo todo tipo de legumbres secas, como judías de varios tipos, lentejas que luego en casa tenias que limpiar porque, a veces, traían más piedrecitas que lentejas, garbanzos, etc. por encima de estas legumbres y otros productos, dos o tres hileras de cajones almacenaban tornillos de distinta medidas, clavos, enchufes,… en fin, material diverso de ferretería y a partir de ahí estantes con latas y todo tipo de materiales y productos, yeso, cemento, jabones para fregar y para la ropa, un jabón llamado “Lagarto”, porque llevaba un lagarto impreso en relieve….y hasta “asperón” que era una arenisca de unas piedras de la playa que se echaban en el estropajo de cáñamo y se usaba para fregar las sartenes y los tiznajos negros de las ollas que eran muy difíciles de quitar. En todas las cocinas de aquellos años, había un bote con “asperón”. Poco antes de marcharme, empezaron a venir los primeros detergentes para la ropa. Recuerdo el más popular que se llamaba “Tide”. Definitivamente, entre la tienda y la trastienda, “la tienda de Boni” no tenía nada que envidiarle a la famosa y mítica “Caja de Pandora”.
Luis Torti Gil
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