Cuando el «enemigo» es el ciudadano

Ocuando los «violentos» son los que llevan libros. Algo no marcha bien —oler, ya hace tiempo que huele mal— cuando el jefe de los cuerpos de seguridad que nos debe proteger dice que somos sus enemigos, cuando la designada por el gobierno manifiesta que se actuó en legítima defensa —sin que las cientos de imágenes muestren un solo policía contusionado—, cuando el Presidente de todos los valencianos justifica la carga policial contra los «violentos» estudiantes que llevan por armas mochilas y libros, cuando la alcaldesa, a unos metros de los sucesos, en vez de defender a sus estudiantes, que también son valencianos, recurre al tópico del «contubernio» de la izquierda radical y desestabilizadora…
Luís Vives. Hace treinta años me formé en él. Un centro educativo de raigambre, por las tarimas del cual han pasado cientos de buenos profesionales de la educación secundaria, como en otros centros, que se han dejado la piel en su magisterio, su voz en las aulas, su intelecto en sus pizarras. Por el que han discurrido miles de estudiantes que nos hemos formado en diferentes disciplinas, muchos de los cuales, seguimos en la enseñanza. Pasillos y aulas que han visto crecer la democracia, en muchos sentidos.
La revolución de las redes sociales y la democratización de la imagen, la digitalización de los medios han hecho que la versión de la «autoridad competente» ya no sea la única. Algunos parecen no darse cuenta. Las cientos de imágenes que se han visto no engañan. Algunas palabras lo intentan. Las protestas de los estudiantes de enseñanzas medias no han sido las de un Londres saqueado, las de una Roma destrozada o las de una Atenas en llamas. Pese a que se intuye que algunos las buscaban. No lo han sido. Sin embargo, la respuesta policial sí. Y el número de detenciones también. Y el procedimiento con éstas, igual.
Mucho han cambiado las cosas desde nuestras concentraciones hace treinta años en las que también reclamábamos una enseñanza digna, unas condiciones adecuadas —calefacción, como ahora— y, especialmente, que el Luis Vives fuera un centro mixto, como el resto. Mucho han cambiado las cosas desde que los «muchachos» de Fuerza Nueva, cuya sede estaba en la calle Ruzafa a unos metros del Luis Vives, vinieran a visitarnos enseñándonos las culatas de sus pistolas. (Sic) Mientras que la policía, enfrente, miraba para otro lado.
Son otros tiempos… ¿o no? Este estallido de protestas no es una anécdota. Las nuevas generaciones están hartas. Las viejas también. Como tampoco es una anécdota que esto pasara en Valencia. Para ellos y ellas democracia no significa lo que para nosotros hace treinta años.
En donde consolidarla era el primer y casi único objetivo. Por eso quedaron enterrados otros. Algunos tricolores. Otros en fosas.
Mal hacemos si no los escuchamos, si no los intentamos comprender, si les negamos que luchen por su futuro. Ellos y ellas pueden. No solo tienen razón sino la fuerza y el coraje necesario. Son los que tienen ilusión, incluso heroica. Es más, de discentes están pasando a ser docentes en decir: ¡Basta ya! Con sus armas: los libros, claro.

Manuel Chust en Levante-emv

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