“No me gustaría nada estar en la piel de Fabra”, me decía hace unos días un alto cargo del PP en Madrid. No me extraña. Él sabe perfectamente el lío que tiene montado en uno de los principales graneros de voto del Partido Popular. A Fabra le han dicho que lo arregle y tiene el respaldo de Génova para meter en vereda al partido en la Comunidad, pero no sé si el experto en coaching le habrá explicado cómo se hace eso. Aviados vamos si el presidente de la Generalitat necesita de un entrenador personal para hacerse respetar…
Empieza a dar la impresión de que a Fabra le viene grande la limpieza a fondo que tiene que hacer para dejar aquello inmaculado como una patena. Tiene una docena de imputados sentados en el banquillo parlamentario y ninguno está dispuesto a largarse para dignificar un poco -aunque sólo sea un poco, por Dios-, la vida parlamentaria. El primero que se ha atornillado al sillón como si le fuera la vida en ello es Rafael Blasco, exconseller de casi todo y con un fondo de armario en lo que a chaquetas y causas judiciales se refiere que da para una enciclopedia.
Ahora, la propia Generalitat, a través de la Abogacía, pide que lo enchironen y lo inhabiliten de por vida, ¡manda huevos! Pero el tío aguanta ahí contra viento y marea, como si no fuera con él la cosa. Pensará que si José Blanco puede hacerle una peineta a la ética y la dignidad en la Carrera de San Jerónimo, por qué no él en la Plaza de Les Corts…(sic.) Mi garganta profunda me dice que Blasco ha amenazado a Fabra con abrir la caja de Pandora, o sea, contarlo todo, todo, todo, si le obliga a irse antes de la apertura del juicio oral.
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