Sobre los talibanes

  Aunque los grandes medios de prensa no suelen reparar en el tema, o lo enfocan como al desgaire, centrándose en cambio en el “luciferino” Irán o en una anhelada guerra civil en Iraq, lo cierto es que Afganistán representa una herida sumamente dolorosa en el imaginario de los “grandes” estrategas del capitalismo más rapaz y confiado en sus bríos expansivos.

Abierta y sangrante y dolorosa herida porque cinco años después de desatada la invasión coligada –¿recuerdan?- la situación en ese país centroasiático reviste cada vez más características de infierno –y no virtual, no- para el régimen estadounidense, el mayor postor de la ocupación, y sus aliados del Occidente “solidario”, con envidiable espíritu de cuerpo.

Los “derrotados” talibanes se encuentran tan fuera del control de los invasores, que estos, aunados en la inefable Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), se han visto obligados a empeñarse en una espectacular (contra)ofensiva, ya a la altura de marzo, abril, convertida en el mayor movimiento de tropas desde que comenzara la arremetida , en el 2001.

No en balde la denominada Operación Aquiles, que involucraba en sus inicios a 4.500 soldados de la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad), bajo órdenes de… ya se sabe: la OTAN, y a mil efectivos del ejército local, tendrá duración indefinida. La razón resulta “sencilla”. A despecho de los nuncios mediáticos, ha fracasado en toda la línea el desiderátum gringo de un Gobierno central serio, y tanto la Alianza Atlántica como la coalición internacional no han podido garantizar los intereses de las empresas multinacionales –fin supremo-, ni conjurar la amenaza ingente de los “derrotados”.

De hecho, tal escribía el pasado invierno el analista vasco Txente Rekondo, las legiones extranjeras “matan” el tiempo recluidas en sus cuarteles, en una guerra de posiciones, de esas que no conllevan el triunfo, sino una duermevela enervante en fortalezas de reminiscencias medievales; y la autoridad del gabinete títere de Hamid Karzai apenas se sostiene en algunas zonas de Kabul, la capital.

Lo que aparentaba una campaña relativamente corta se ha trasmutado en una larga, de desgaste, en la que los talibanes renacen de sus cenizas y se multiplican a guisa de “mala hierba”, demostrando que una buena porción de la extendida etnia pashtún, su principal cantera, está más hastiada de los invasores que antes pudo estarlo de los fundamentalistas islámicos, protagonistas de sonadas hazañas en el sur, casi libre de legionarios.

Causas de la decepción

¿Por qué un creciente espaldarazo a los talibanes, cuando muchos entre los propios afganos –pashtunes, hazaros, uzbecos, tadyikos – los condenaban por la extremosa manera de aplicar la ley islámica (sharia), en especial sobre las mujeres, a las que les negaban incluso el empleo y la educación, las enclaustraban y las anulaban como entes sociales?
Ah, sucede que a los invasores los nimba un halo más talibánico que el de los propios talibanes. Como confirma un corresponsal del diario británico The Independent, “en todo Afganistán las estadísticas sobre mujeres son desgarradoras. Existen alrededor de dos millones de viudas que no tienen derecho a pensiones estatales. A pesar de que existe una nueva ley que prohíbe casar a las niñas menores de 16 años, no se ha registrado diferencia alguna. Aún se obliga a casar a niñas de nueve años y al poco tiempo ya están embarazadas con el primero de una docena de hijos, de los cuales 20 por ciento morirá antes de cumplir cinco años”.

Además, la corrupción está empozada con vigor inusitado en un Gobierno “nacional” que, por ejemplo, en lugar de emular el papel estricto que desempeñaron los talibanes contra la explayada producción y el gran trasiego de opio, permite, o propicia, que cerca del 90 por ciento del estupefaciente se convierta en morfina y heroína, en cientos de laboratorios artesanales surgidos hace poco en el país.

La prensa mundial ha hecho amplio eco del auge del producto, cuya cosecha el año pasado sobrepasó casi en 50 por ciento a la del anterior (de cuatro mil cien toneladas en 2005 a seis mil cien en 2006), de acuerdo con datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. Pero se echa en falta en los informes periodísticos el ahondamiento en una cuestión reflejada in extenso por los medios alternativos, sempiternos “aguafiestas”: “El problema del opio en Afganistán –escriben en la digital La Haine– requiere otros planteamientos, que tengan en cuenta un factor fundamental: la implicación de Kabul en su producción. Tal como ha revelado recientemente Ayub Rafiqi, director de la Sociedad de Terratenientes de la provincia de Kandahar, cerca del 60 por ciento de las plantaciones de adormidera están en terrenos de propiedad estatal, arrendados por las autoridades locales, a menudo bajo cuerda, a particulares”.

Según atentos observadores como Michel Chossudovsky, en Globalresearch, las fuerzas de ocupación apoyan el narcotráfico, que implica entre 120.000 millones y 194.000 millones de dólares en ingresos para el crimen organizado, las agencias de inteligencia e instituciones financieras internacionales. “Los ingresos en dólares de este lucrativo contrabando megamillonario son depositados en bancos occidentales. Casi la totalidad de los ingresos son percibidos por intereses corporativos y sindicatos criminales fuera de Afganistán”.

¿Pruebas? “Un mensaje radial (de los ocupantes británicos) transmitido en toda una provincia aseguraba a los agricultores locales que la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad no interferiría con los campos de adormidera que están siendo cosechados actualmente”. Porque “no quieren impedir que la gente se gane la vida. Y se la ganan “abasteciendo en 2006 aproximadamente un 92 por ciento del suministro mundial de opio”.

Medrando en un contexto signado por tamaño cúmulo de errores, los talibanes se han crecido, con una estrategia que incluye una propaganda cada vez “más sofisticada y efectiva”, en el criterio de articulistas como Rekondo, y con una actividad militar en aumento.

Si durante la primavera de 2006 se pudo observar un considerable auge de la resistencia, materializada en el control de grandes zonas del sudoeste y el sur, así como en el incremento de las bajas en las filas del Gobierno colaboracionista y las de las fuerzas ocupantes (el índice de mortalidad de los soldados del Reino Unido se encuentra a punto de sobrepasar el registrado durante la Segunda Guerra Mundial, algo que los mandos temen influya en la moral de las tropas), quizás el aspecto más digno de interés resulte una sabiduría reflejada en la alianza de abril pasado, cuando los rebeldes integristas cedieron la jefatura de las operaciones militares a Maulana Jalaluddin Haqqani, quien, sin pertenecer a esas milicias, dispone de un amplio historial de la guerra con los soviéticos.

Como para graduarse Cudem laude en materia de diplomacia, los hasta hace poco juzgados más que rígidos se están atrayendo otros sectores, anuentes a un “matrimonio de conveniencia”, como la “mejor alternativa ante las corruptas e ineficientes autoridades locales”.

Y cómo los ocupantes no van a estar renuentes a desplegarse en zonas como Kunar, Khost, Nooristán, Paktia, Urzgán, Helmand, Kandahar, la propia Kabul, si, aunque los enemigos no cuentan con las armas pesadas del 2001, disponen de artilugios y explosivos suficientes para hacer la vida imposible a cualquiera –vox populi-, de una extraordinaria capacidad para recuperarse de las pérdidas, y se regalan “el lujo de reiniciar ofensivas contra fuerzas tan poderosas y aprovisionadas como las de EEUU y la OTAN”. Fuerzas que, eso sí, suelen desquitarse… con los civiles.

No pecaban precisamente de jactanciosos los guerreros sunitas llamados talibanes cuando, a fines de febrero del año en curso, manifestaban que el 2007 sería el más sangriento para los enemigos. Algo que ya están demostrando con una eficaz conjunción de emboscadas con bombas, ataques suicidas, derribo de helicópteros con misiles salidos de Dios sabrá dónde, y con una proverbial descentralización de las acciones, entre otras tácticas.

Tácticas que obligan a los heraldos del Imperio que son los grandes medios a reparar en el infierno afgano tanto como en el de Iraq o en el “diabólico” Irán de los ayatolas, por la simple razón de que, con delectación de barberos sangradores o de modernos cirujanos, los talibanes siguen punzando una herida abierta, sangrante y dolorosa que amenaza con no tener cura.

por Eduardo Montes de Oca

InSurGente

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