El niño que provocó al obispo

Una semana más me veo en la obligación de salir en defensa de la Santa Madre Iglesia. Es una tarea gustosa, no se vayan ustedes a creer, pero además viene forzada por el merecido descanso que estos días disfrutan mis entrañables amigos y figuras titulares de la COPE, Federico y César.

Las acertadas palabras del obispo de Tenerife, don Bernardo Álvarez, refiriéndose a la constante provocación sexual a la que nos vemos sometidos los adultos por los insolentes adolescentes y a la evidente equiparación entre homosexualidad y pedofilia, han sido utilizadas por la izquierda, como era de esperar, para atacar la idea que la Iglesia sostiene sobre un asunto tan peliagudo como el del las desviaciones sexuales. 

Créese la izquierda, como en tantos otros temas, poseedora también en éste de un mayor conocimiento que una institución infinitamente más antigua y sabia como la Iglesia. Y digo yo, como dirían sin duda César o Federico si estuvieran aquí: ¡Hasta ahí podíamos llegar! No hay institución mundial que haya recibido más denuncias por pederastia, ni que cuente con una mayor proporción de homosexuales entre sus miembros (dicho sea esto con el mayor de los respetos) que la Iglesia católica. Luego cabe deducir que nadie, como la Iglesia, puede hablar con mayor propiedad y conocimiento de estos asuntos.

Si el obispo de Tenerife afirma, y cito textualmente, que: “Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan”, es que es tan cierto como que María era virgen y madre de Jesucristo. Sin duda alguna, para afirmar algo así, el señor obispo debe hablar no de oídas, si no desde la experiencia personal. No dudo que el señor obispo pudo contenerse ante la provocación, pero no todos los adultos tienen una fuerza de voluntad como la suya, por lo que insto desde aquí a las fuerzas de seguridad del Estado a la inmediata localización y detención de ese o esos niños de trece años que se han permitido provocar a la más alta representación de Dios en la afortunada isla.

Desde el Rincón del neocon de El Plural

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6 comentarios

  1. Sr Kepa, no dude de que los sacerdotes saben interrogar mejor de lo que haría un especialista en interrogatorios de la SS en sus tiempos, ya que el pecador que quiere limpiar su alma de pecados y que confiesa sus pecados en el confesionario, pues estos confesores están muy documentados de los pecados que se cometen, cosa que a veces lo aprovechan para deleitarse sexualmente haciéndose pajas mientras la pecadora de turno le confiesa sus malos pensamientos de poder mamar una polla, (perdón) pero a lo dicho me mantengo, creo que el sacerdote como así nosotros mismos no somos de piedra, o sea que la carne es débil, cosa que el confesor lo aprovecha para preguntarle donde vive y cuando quiere que vaya a su casa para bendecirla, en fin creo que ya no es necesario terminar lo que he escrito.

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  2. Creo que los obispos se han vuelto locos, tienen tanto miedo a perder poder, que todo les es valido, pero deben pensar que somos imbeciles si un niño de 13 años provoca no sera ha un asqueroso viejete si no a alguien, que al le venga en gana, ¡¡ahora si el viejete paga!! y hablamos de otras cosas, podria difinirse mejor, pero no dice ni como, ni cuando, ni porque, ni la situacion , ni si se ha de pagar……….

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  3. ESTO ES PURA TERGIVERSACIÓN…

    Lo que el Sr. Obispo de Tenerife quiere decir es que hay casos en que los propios menores provocan a los adultos, que no es la generalidad de los casos; nunca justifica sino lo denuncia, en conformidad con la Iglesia que sólo concibe la sexualidad dentro del matrimonio libre, consciente, responsable, adulto y bendecido por Dios. Esos casos denunciados por el Sr. Obispo son excepciones, pero pasan, y eso lo sabe todo el mundo. Hay jovencitas, menores de edad, que provocan a hombres adultos buscando sexo para satisfacer su curiosidad sexual o simplemente para obtener favores. Hay jovencitos menores de edad que van a las discotecas, bares, a ofrecerse a mujeres asentadas económicamente para lo mismo. ¿Y qué decir de los alumnos de institutos que andan provocando a sus profesores y profesoras buscando tener una relación con ellos?. Y así un largo etcétera. Además, la ley española establece en 13 años la edad mínima para el consentimiento sexual, porque de hecho se producen esos casos. A esta edad se refirió el Obispo, que desde los 13 años ya los hay que andan buscando sexo.

    ¿Quién sabe más de la realidad de la sexualidad juvenil que un sacerdote que lleva 31 años ejerciendo como es el Sr. Obispo? Ningún psicólogo del mundo ha oído jamás lo que millares de jovencitos y jovencitas le han dicho al Obispo en confesión, en sus confesiones de primera comunión y sucesivas. ¿Qué no sabrá el Obispo de los pecados, acciones y pensamientos más secretos de esos jóvenes? ¿Así que quién le va a dar a él lecciones sobre la realidad vivencial de estos jóvenes en cuanto a la sexualidad si ellos mismos se la han confesado por miles?. ¿Acaso no tiene el Sr. Obispo autoridad para decir lo que dice si lo ha oído personalmente de sus propios penitentes, de los propios actores?

    La Iglesia considera aberrantes, condenables e injustificables, no sólo todos estos casos, sino muy especialmente los abusos con niños aún menores, inocentes, que son manipulados, engañados, utilizados por personas sin escrúpulos. La pederastia es un delito repugnante y repetidamente condenado por la Iglesia. Sin embargo, las leyes civiles y penales se quedan muy cortas comparado con las Leyes de la Iglesia que son infinitamente más prohibitivas y exigentes, pues la Iglesia prohíbe y condena toda relación sexual con cualquier menor tenga la edad que tenga, consentida o no, fuera de los cauces legales establecidos por Dios y por los hombres, en la regulación del matrimonio canónico. El abuso sexual es un delito aberrante ante las leyes de los hombres, PERO ANTE DIOS LO ES MUCHO MÁS: “Pero al que haga tropezar a uno de estos pequenitos que creen en mí, mejor le sería que le colgaran al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y que se ahogara en lo profundo del mar.” (Mt 18,6).

    El Obispo no ha dicho que “los abusos ocurran porque los menores los consientan”, como dicen los titulares, eso es pura aberración, mentira y embuste. El Obispo ha dicho que el abuso de menores y la homosexualidad son comparables en cuanto vicios, desviaciones, de la conducta sexual natural. Y a pregunta de la entrevistadora que le dijo que la homosexualidad es consentida y los abusos no. El Obispo, dando por hecho que es así, y que los abusos son los que son, meros y repugnantes abusos, le contestó que, sin embargo, hay ocasiones en que los propios menores incitan a los adultos; y por eso dio el ejemplo de jóvenes desde 13 años, edad reconocida legal para el consentimiento sexual. Es muy diferente. Está hablando de casos excepcionales y como un comentario secundario. En la prensa atea, masona, marxista y anticlerical, es decir el 90% de la prensa, HAN CAMBIADO EL DISCURSO Y CALUMNIADO AL OBISPO. El promotor de esta calumnia ha sido el diario “LA OPINIÓN DE TENERIFE”. Ellos fueron los que enviaron el embuste cocinado y preparado a su red de prensa alienada e izquierdista. Si lo examinas, verás que cortaron abruptamente el discurso del Obispo justo donde les interesó, impidiendo que conociéramos las explicaciones subsiguientes del Obispo.

    EL SR. OBISPO DE TENERIFE ES UN PERFECTO APÓSTOL DE JESUCRISTO. Él no ha dicho nada contra la Verdad, contemplada en las Escrituras y en la Doctrina milenaria de la Iglesia, respecto de la homosexualidad. Él tiene que ser consecuente con su Ministerio. Él ha dicho sencillamente la Verdad que muchos otros Obispos, cobardemente no dicen, a pesar de que es su deber. Él ha dicho la Verdad que esta sociedad pervertida ya no quiere escuchar y que chirría en sus oídos como una insoportable acusación sin acusar, y juicio sin juzgar, porque se conoce y no se reconoce culpable de lo que el Obispo dice y denuncia con razón.

    El origen del “escándalo” no es más que el tabú social de no querer reconocer esa realidad. Desde las propias instituciones y en las escuelas se viene promoviendo en los jovencitos desde la más temprana edad la libre sexualidad, dándoles hasta los preservativos para que lo prueben. Y es bien sabido que el sexo lleva a más sexo como la droga lleva a más drogas; no se extrañen si luego esos mismos jovencitos buscan probar cosas mayores. Es mucha la hipocresía y mentira social que hay, no se tapen los ojos para no ver. Condenan las consecuencias de aquello que ellos mismos han promovido y aceptado como bueno, cuando era malo. Han obsesionado a los jóvenes con el sexo y luego se lamentan de que pasen estas cosas. Están recogiendo lo que han sembrado y luego laméntense sí y échenle la culpa al que denuncia el fracaso y engaño de la política sexual prematura.

    Es verdad que últimamente han salido muchos casos en que sacerdotes han aparecido involucrados en casos de pederastia, y es que la Iglesia como la sociedad, emite leyes, pero cada individuo en su propia libertad las cumple o desobedece; nadie tiene acceso a la voluntad del individuo para controlarla. Por eso se establecen medidas punitivas tanto en la sociedad como dentro de la Iglesia. Y por encima de todo eso está Dios, cuyo Juicio es totalmente eficaz e infalible. La Iglesia siente repugnancia por la pederastia, pero no puede meterse en la mente de cada uno de sus miembros para sujetarlo como se ata un caballo para que no camine solo; si así fuera sería una comunidad de esclavos; pero es una comunidad de hombres libres, y eso significa deber de hacer el bien, pero posibilidad de error. Aunque la gran mayoría de los miembros de la Iglesia hacen el bien, hay un sector de ellos que han caído en pecado. ¿Y la Iglesia que puede hacer?. Orar por ellos, aconsejarlos y enmendarlos, tomando medidas disciplinarias, en la medida de lo posible. Sin perjuicio de lo que las leyes humanas decidan respecto de esas personas que hacen esas repugnancias bajo la influencia del Mal.

    Además, en España la LIBERTAD DE EXPRESIÓN es un derecho constitucional de primer nivel, superior a muchos otros, y en él se fundamenta la democracia. Libertad de expresión es derecho a decir lo que se piensa aunque no guste a los demás. Si no respetamos ese derecho se están poniendo los cimientos de una dictadura del pensamiento que ahora mismo están lidereando los intereses homosexuales y ateos. Desde el momento en que uno no puede decir lo que piensa, empieza el fin de la democracia, empieza el fin de la libertad, y está comenzando una dictadura, una imposición, una prohibición del pensamiento. Es lícito hablar contra la homosexualidad, lo ampara el derecho constitucional de la LIBERTAD DE EXPRESIÓN, siempre que se respete y se hable con propiedad.

    NO CAIGAN VÍCTIMAS DE LA MANIPULACIÓN Y DE LA MENTIRA.

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  4. Para egovicimundum

    No es necesario que te repitas, con una vez es suficiente.
    No obstante te recomiendo leas : https://jonkepa.wordpress.com/2007/12/05/un-comic-advierte-contra-los-curas-pederastas/

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  5. HAIZEA CABALLERO desde El Plural
    02/01/2008
    Carta abierta al Obispo de Tenerife

    El Sr. Obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, ha demostrado en sus pasadas declaraciones que su pluralidad y caridad cristiana se encuentra en estos momentos en niveles muy bajos, donde seguramente han estado siempre. ¿Cómo es capaz de decir públicamente -lo mismo diría en el ámbito de lo privado- que los menores incitan al abuso sexual?, ¿no será que sus ojos están tan sucios, tan ávidos de carnalidad que hasta él mismo ve lo que otras personas normales no ven?, ¿será tal vez que pertenece a ese grupo de personas a las que sólo se les puede llamar enfermas por sus costumbres sexuales sobre los menores?, yo no lo sé, pero sus declaraciones, investido por las mas rancias capas y puntillas de su atuendo, otorgándose un poder que la Iglesia le ha dado, carecen de valor para la mayoría de la sociedad española, la cual es día a día más tolerante y abierta a la diversidad tanto en materia de orientación sexual como de identidad de género y otros valores desnormativizados.
    Le recuerdo que la eclesiástica es la institución donde por imposición de los poderes fácticos de siglos atrás se ha dirigido la educación de nuestros menores y donde más abusos sexuales y morales se han cometido contra la infancia, adolescencia y la dignidad de las personas, abusos que la Iglesia trata de esconder bajo cualquier excusa.

    Muchos de ustedes, Sres. dignatarios de la Iglesia, son, amén de pederastas, homosexuales, travestistas, (que no transexuales), esclavos del celibato y reprimidos sexuales y del placer de la vida, que han destrozado durante siglos la existencia de muchos niños y niñas a los que educaban en valores y enseñanzas impuestas por el castigo y la dictadura de su poder, y de los gobiernos que mantenían sus arcas, despensas y camas llenas de material con el que satisfacer sus bajas necesidades.

    Sr. Bernardo Álvarez, ojalá Dios le llame pronto a su lado para colmarlo de bienes y felicidad, que aquí en la Tierra no nos hacen falta energúmenos como usted.

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  6. Leopoldo Mendívil relata la noche de pesadilla de su infancia en que murió, asesinada, su creencia en la Iglesia católica.

    CARDENAL NORBERTORIVERA ARZOBISPO DE MÉXICO:
    Sus palabras, tomadas de la grabación de su sermón en la misa que ofició para las reclusas de Santa Martha Acatitla el 17 de diciembre, fueron:
    “… Tantas cosas hacen peores, no matan el cuerpo del hombre pero es una víbora que mata la fama de los demás, y ustedes se encuentran aquí, pero también afuera (hay) gente que mata la dignidad, el buen nombre de las personas, verdaderas prostitutas, verdaderos prostitutos de la comunicación y no les importa si sean inocentes o no, con su sentencia ellos juzgan, ellos condenan y para ellos no hay más justicia que la que ellos dictan”.
    Así barrió por parejo, cardenal, a periodistas, mujeres y hombres, sin distinción, sin inocentes, sin grados de culpabilidad o de inocencia. Sin juicio, incluso.
    Hay otros, cardenal, que con sus actos matan otra clase de valores, como la fe en la religión que ellos representan. Sobran casos y sobran acciones con las que ellos pueden matar la dignidad; pero hay una que, así no haya logrado su objetivo, humilla para siempre:
    La del pederasta con sotana.
    Como no hay mejor ejemplo que el propio, voy a contarle a grandes rasgos la noche en que murió, asesinada, mi creencia en la Iglesia Católica Apostólica Romana:
    Ocurrió en Durango —su ciudad, mi ciudad, cardenal— el Viernes Santo del año 1952.
    Cursaba el sexto año de primaria en el Instituto Durango, un colegio de la orden franciscana. Pertenecía al coro del colegio, integrado ese mismo año por algunos de los frailes cuya casa formaba parte del templo de Los Ángeles, allá, usted sabe, donde comienza el Parque Guadiana. Fray Gilberto, fray Rigoberto y Fray Junípero organizaron lo que sería también un medio para buscar candidatos al seminario y como se trataba de convencernos, nos invitaron a pasar con ellos el Viernes Santo. No a todos los miembros del coro, sólo a los que, supongo, consideraban más aptos para tomar el camino de la Iglesia, pero el respeto me obliga a guardar sus nombres, sobre todo porque algunos, al menos por un tiempo, siguieron ese camino.
    Como la casa de los franciscanos no tenía espacio para huéspedes, cada uno de nosotros dormiría en la celda de uno de los frailes. Fray Gilberto me invitó a compartir la suya.
    Fue un día muy agradable que transcurrió entre actos ceremoniales, deportes, charlas sobre la conmemoración de la muerte de Cristo, la historia y los hechos de los apóstoles, etc., pero por la noche se nos instruyó retirarnos a las celdas correspondientes en tanto ellos culminaban el ritual de la crucifixión con una ceremonia secreta, en el templo. Así debió ser, pero alguno sonsacó a los demás que quisiéramos presenciar el ritual, a subir en silencio al coro. Y varios lo hicimos, cardenal. Pudimos ver a los frailes y a los sacerdotes orar primero, en latín, conducidos por el superior de la orden y director del colegio, y luego desnudarse el torso y azotarse la espalda con los lazos de los hábitos. Cuando los azotes terminaron, perturbados nos fuimos, silenciosamente otra vez, a las celdas.
    Cuando fray Gilberto regresó, me invitó a rezar las últimas oraciones. Yo dormiría, me dijo, en su cama y él en el suelo. Luego sucedió la pesadilla de aquella noche. No la voy a describir; sería demasiado aunque por fortuna no duró más de un instante, cardenal, porque el tamaño del susto me hizo reaccionar rechazando lo que no conocía pero el instinto, supongo, encendió mis alarmas lo suficiente para que el fraile las detectara cuando vio mis ojos clavados en la puerta de la celda. Pidió perdón, se tumbó sobre la colchoneta tendida en el suelo y para nada se movió ya. Ignoro cuánto tiempo estuve despierto pero fue una larga, terrible vigilia.
    Días después, en el colegio, fray Gilberto me preguntó si estaba enojado. No respondí ni conté aquello a nadie. Mis padres murieron muchos años después sin enterarse. Mis hermanas menos; tampoco mis amigos y en los 55 años que han transcurrido desde aquella noche de Viernes Santo sólo unas cuantas personas conocieron la historia y la explicación del retiro irrevocable que me auto-decreté de la Iglesia… Y de Dios, cardenal, porque a fuerza de rumiar muchísimas veces aquel pasaje de mi infancia nunca pude justificar que ni por haber sido la conmemoración de la muerte de Cristo aquel individuo, que se preparaba para ser Su-representante-en-la-Tierra, hubiera intentado eso conmigo…
    Desde entonces, salvo escasas ocasiones en que intenté cambiar, sigo fuera de su Iglesia, cardenal… Y en cuanto a Dios, las cada vez más infrecuentes ocasiones en que recordaba el incidente, le reclamaba cómo podía permitir a Sus “ministros” ensuciar Su nombre sin castigar, entre tantas conductas inmorales que les hemos conocido, esa, quizá la más vil, de la pederastia.
    Soy, con orgullo, periodista, y comparto con mis colegas el calificativo que como Príncipe de su Iglesia nos endilgó, a todos, de “verdaderas prostitutas, verdaderos prostitutos de la comunicación”. Por eso decidí revelar públicamente aquella noche de Viernes Santo que he cargado por décadas con vergüenza y rabia, no por lo que —quiso Dios, quizá— logré impedir, sino por el recuerdo de aquel fraile vestido con el hábito franciscano, intentando ensuciarme… Y por el honor de los que no pudieron evitarlo.
    Respondo también, cardenal, a su bautizo, con esta revelación como un reclamo enérgico por su insolencia contra periodistas que cumplimos la función social de denunciar, pruebas vistas, a “los verdaderos prostitutos” que en la Iglesia y fuera de ella atentan contra leyes, creencias, famas, dignidades, vidas, patrimonios… Los primeros, malamente escudados en el nombre de Dios, pero protegidos por sus superiores.

    Fuente: Diario crónica de Mexico.

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