Kosovo: ¿y ahora qué?

99484936.jpg 1.- El pasado 17 de febrero, el Parlamento de Kosovo declaró unilateralmente su independencia respecto de la república de Yugoslavia y Serbia, de la que era una provincia hasta la fecha, si bien administrada por la ONU interinamente desde la campaña militar de 1999.

La declaración unilateral no ha sido ninguna sorpresa, pues había suido anunciada con anticipación y, de hecho, postpuesta en sucesivas ocasiones. De hecho, podría decirse que se había convertido en un hecho inexorable en la medida en que los principales actores internacionales occidentales, eran partidarios de tal medida: Ardorosamente los Estados Unidos, entusiastas el Reino Unido y favorables tanto Francia como Alemania. El rechazo de Rusia y de la propia Serbia se daban por descontado, pero se les veía incapaces de afectar al resultado final.

Con todo, la UE se ha visto relativamente sorprendida una vez más por su falta de cohesión interna (los ministros de exteriores sólo han podido encontrar como posición común, que cada estado miembro actué respecto al reconocimiento de la nueva entidad como crea conveniente), así como por el rechazo frontal de Serbia, donde se esperaba una actitud más dialogante, toda vez que sus pasadas elecciones habían puesto en el poder a una fuerza proeuropeista y moderada. La zanahoria de una relación con la UE en el medio plazo no ha sido suficiente para evitar el estallido de conatos violentos en el corto.

2.- El gobierno español se ha significado por una política de no reconocimiento de un Kosovo independiente, que ha sostenido de una manera singular en el seno de la UE aunque cada vez con mayores matizaciones.

De hecho, la política de Rodríguez Zapatero sobre Kosovo no ha sido ni clara ni suficientemente explicada públicamente. ¿Por qué se niega este gobierno a reconocer a Kosovo? La única explicación que se ha molestado en dar por boca del ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Angel Moratinos, consiste en que “España no puede reconocer un acto de secesión que va en contra de la legalidad internacional”. Esto es, para el gobierno la independencia de Kosovo no es un problema más que en su forma, no en su fondo. Si la separación se hubiera producido de manera consensuada o bajo el paraguas de la ONU, el gobierno no tendría mayores inconvenientes para reconocer al nuevo Estado.

La paradoja de la situación actual es que, como veremos más abajo, el no reconocimiento español, no surte ningún efecto en la práctica, ya que no afectará a la participación española ni en la misión de la OTAN, ni a la ayuda que presta en distintos frentes la UE.

Por último, habida cuenta de su soledad internacional, el gobierno ha acabado diciendo que reconocerá a Kosovo si éste es reconocido por 100 o 120 países. Es decir, que opta por la soberanía al peso, renunciando así a sostener algunos principios rectores en política internacional.

3.-  La posición del Partido Popular ha sido, desde mi punto de vista, más clara y se ha transmitido mejor. Básicamente, reconocer a Kosovo equivale a aceptar un mal precedente en todo lo que tiene que ver con los independentismos en Europa y España.
Se han dado numerosas razones al respecto que no es necesario repetir aquí y ahora en extenso, desde la quiebra de los principios que inspiraron la intervención de la OTAN en 1999, la aceptación del chantaje kosovar, o la admisión del derecho a la autodeterminación como pilar de las relaciones internacionales. Pero se pueden resumir en que todas ellas giran sobre las cuestiones de fondo y no sólo de forma, como hace el actual gobierno.

La crítica a la inconsistencia del gobierno socialista ha pasado, sin embargo, más desapercibida. De hecho, en los medios lo que ha quedado es que, en este tema, gobierno y oposición van de la mano. Aún peor, como se ha alimentado desde los medios más pro-gubernamentales, que España se haya quedado otra vez sola en la escena internacional no es un pecado del gobierno, sino también de la oposición, que también ha sido incapaz de convencer a sus aliados políticos, habida cuenta de que Bush, Sarkozy y Merkel están más cerca del PP que del PSOE.

4.- En cualquier caso, la situación actual me parece que puede resumirse de la siguiente manera:

a)      El gobierno no reconoce la declaración unilateral de independencia en lo formal (establecimiento de relaciones diplomáticas a nivel bilateral), pero el no reconocimiento de Kosovo no conlleva efectos materiales, pues el gobierno acepta que seguirá contribuyendo a las misiones de la OTAN y de la UE con efectivos humanos y medios financieros. Es más, el propio gobierno admite que podrá reconocer a Kosovo si una mayoría de países así lo hacen.
b)     El PP, por su parte, rechaza la declaración unilateral de independencia, pero no se ha pronunciado de manera clara sobre qué se debe hacer con nuestras tropas allí (aunque Rajoy si se ha pronunciado en contra de participar el las tareas de la UE), ni que hará si llega al poder tras las elecciones de 9 de marzo.

5.- Antes de preguntarnos cuánto de táctico o estratégico debe ser Kosovo  en plena campaña electoral, conviene recordar una realidad objetiva: por mucho que diga la OTAN, la presencia de nuestras tropa allí, en ausencia de un nuevo mandato de la ONU y la firma de un acuerdo técnico de asentamiento con el gobierno kosovar, se mueve en una situación de alegalidad y vacío legal en el mejor de los casos, y de completa ilegalidad en el peor. De hecho, se podría decir que sin reconocer a Kosovo como sujeto de derecho internacional, nuestros soldados han pasado a ser, de la noche a la mañana, fuerzas de ocupación pura y duramente. No les ampara ninguna cobertura legal ni para estar en Kosovo, ni para desempeñar tarea alguna en la zona. Aún peor, si se produjeran daños a terceros en esta situación, la responsabilidad individual de cada uno de nuestros soldados en la KFOR abriría un dilema legal complicado de resolver.

6.- ¿Puede ser Kovoso una cuestión táctica para el PP? Razones y argumentos para que lo pueda ser haylos y variados. Para empezar se puede exponer cómo el gobierno socialista se ha despreocupado por completo del tema en los tres últimos años y sólo ha reaccionado ante Kosovo cuando ya era demasiado tarde.

Igualmente, se puede subrayar el hecho de la soledad absoluta de este gobierno, a la vez que el ambiguo mensaje que ha ido transmitiendo a nuestros vecinos sobre su concepto territorial y de soberanía. No es creíble, por ejemplo, que quien sienta a los presidentes de comunidades autónoma en las cumbres bilaterales, sea de repente un valedor absoluto de la integridad serbia.

Se puede criticar que todo el problema para Rodríguez Zapatero sea mantener las formas, y su necesidad psicológica de que sea la ONU la única capaz de santificar todo hecho existente en la escena internacional.

Y se puede denunciar la incongruencia de negar la independencia pero actuar como si se reconociera de hecho, dejando en una inseguridad jurídica a nuestras tropas y miembros de los cuerpos de seguridad del estado que están actuando en Kosovo bajo un mandato y paraguas legal que ya no tiene vigor.

Ahora bien, los dos primeros argumentos no tienen implicaciones políticas de futuro; los dos siguientes sí. Y el último, sobre todo, a corto plazo, puesto que la única forma de resolver dicha incongruencia es, una de dos, o sacar las tropas o reconocer Kosovo. Cualquier otro arreglo que asegure la protección jurídica de los soldados españoles no parece viable desde el punto de vista del derecho.

7.- Justificar ahora la necesidad de reconocer la independencia de Kosovo no parece ni razonable ni adecuado, habida cuenta de que nuestras criticas siempre han girado sobre cuestiones de fondo y las posibles ramificaciones para otras zonas del mundo, incluida España. El discurso de que Kosovo representa un caso “singular” se ha venido abajo con las declaraciones de fuerzas independentistas en el País Vasco, Cataluña, o en regiones más remotas a nuestra realidad como Chipre y Cisjordania. Kosovo, de todas a todas, es un mal ejemplo.

8.- ¿Es posible y deseable, por tanto, pedir la vuelta a casa de nuestros militares desplegados en Kosovo? Demandarlo, sin duda, podría de relieve la incoherencia del gobierno socialista y su falta de responsabilidad para con nuestras tropas. Pero tal postura presenta, a mi modo de ver, graves implicaciones, tanto tácticas como de largo alcance.

En primer lugar –y tácticamente- si el PP forzara a Rodríguez Zapatero a anunciar la retirada de la contribución española en la KFOR y la misión de la UE, y este anuncio se produjera antes de las elecciones de 9 de marzo sin lugar a dudas contribuiría positivamente a su campaña electoral, puesto que le permitiría al gobierno presentarse como el valedor de los intereses españoles por encima y en contra de vecinos y aliados. Sería la misma carta que ZP jugó oponiéndose a los Estados Unidos en Irak en el 2004.

Distinto sería que dicho anuncio se produjera tras las elecciones generales. Si el PSOE continuara en el poder, irse de Kosovo profundizaría su mala imagen exterior, aunque eso ahondaría aún más en la marginalidad de España en la escena internacional, un grave coste.

Pero si es el PP quien se hace con el poder el 9 de marzo, promover la retirada de Kosovo tiene otras implicaciones. Para empezar, y dada la urgencia en la necesidad de adoptar una decisión al respecto, seríamos los primeros aliados de la OTAN que se definirían en ese sentido. Aunque en los últimos días se ha rumoreado que Italia podría estar planteándose su continuidad en la KFOR, todavía nadie ha querido singularizarse en ese sentido.

En segundo lugar, si el gobierno de Rodríguez Zapatero quedó tintado indeleblemente por su retirada apresurada de Irak, que un nuevo gobierno popular quedase rápidamente etiquetado por una segunda retirada española, tampoco parece muy prudente. Máxime cuando es imperativo restablecer la credibilidad de España ante nuestros socios y aliados después de estos cuatro años de una política exterior socialista desastrosa para nuestra imagen y nuestros intereses nacionales. Las presiones internacionales han sido claras sobre el gobierno y se han dejado sentir también sobre el PP. El gobierno puede indisponerse con socios que no son de su color político, autojustificándose, pero para los líderes del PP resistirse a Sarkozy y Merkel conllevaría serios problemas de entendimiento que habría que tener bien presentes a la hora de adoptar la decisión de salirse de Kosovo y romper, así, con lo aceptado por la mayoría de europeos.

Cínicamente, lo ideal sería que el PSOE perdiera las elecciones pero anunciara la retirada en el periodo transitorio hasta la formación del nuevo gobierno, decisión que, de ser consensuada, tendría que respetarse. Pero parece poco probable que el actual PSOE actúe con visión y generosidad. Más bien cabe suponer que haría todo lo contrario, oponerse a cualquier decisión del nuevo gobierno, fuera en la dirección que fuera: si nos vamos, criticar nuestra soledad; si nos quedamos, denunciar nuestra inconsistencia.
9.- Ahora bien, ¿es Kosovo un asunto meramente táctico? Nos guste o no, Kosovo es independiente. A pesar de que no cumpla con ningún atributo de plena soberanía, sus instituciones no funcionen, su economía sea dependiente de las ayudas exteriores y la seguridad del país venga provista por las fuerzas de la OTAN y la policía de la UE. Con todo, parece poco probable que el curso de acción tomado sea reversible.

Kosovo, no obstante, puede convertirse en un grave problema para la estabilidad de toda la zona. Por un lado, si fracasa en su construcción nacional, las perspectivas que se le abren son o bien caer en un estado fallido, donde las mafias y la criminalidad organizada se imponga como las estructuras reales de poder, o bien, derivar progresivamente hacia la órbita de Albania y que acabe, en algún momento, a integrarse en ésta, como una Gran Albania; por otro, y a corto plazo, si la minoría serbia kosovar no ve posibilidad de coexistencia alguna con el nuevo régimen –y motivos tiene para pensar así- su única salida es alimentar una nueva secesión, que rompa Kosovo y les permita unirse a Serbia. Esta opción calmaría a los serbios, ya que no les privaría de sus territorios históricos tan queridos por ellos. Pero abriría otra vez más la caja de Pandora de las secesiones en Europa.

España debería pensar en el largo plazo al tratar el tema de Kosovo hoy y medir muy mucho la explotación política de la independencia. No hay buenas o malas alternativas. Sino malas y peores. Y se haga lo que se haga tiene que estar debidamente meditado. Kosovo es un grave problema para nosotros porque el actual gobierno socialista no nos ha preparado como país para enfrentarnos a él en todos estos años. Ignorarlo nos ha colocado ante esta pésima tesitura.

Por Rafael L. Bardají

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