La cuna del castellano y Gonzalo de Berceo

musico1pPara determinar la lengua propia de un autor del pasado hemos de guiarnos, en primer lugar, por los testimonios escritos de su labor que hayan llegado hasta nosotros. En el caso de un escritor medieval, como es Gonzalo de Berceo, que desarrolló su actividad antes de difundirse la imprenta, sólo contamos con manuscritos, no ológrafos, que copia a copia han transmitido sus obras.
Los manuscritos berceanos (tan bien despejados de su bosque de siglas por C. García Turza) son todos posteriores a los años en que se calcula transcurrió la vida del poeta, desde fines del siglo XII hasta bien mediado el XIII. La lengua en ellos manifestada no presenta absoluta uniformidad, y por ello no ha de coincidir forzosamente con la del autor.


El manuscrito más antiguo conservado se asigna paleográficamente a la segunda mitad de la decimotercera centuria: es el llamado ms. S (del monasterio de Silos) que contiene la Vida de Santo Domingo de Silos.

Otros manuscritos se copiaron durante el siglo XIV. De sus principios queda el ms. BN (de la Biblioteca Nacional de Madrid) con el texto incompleto de Sacrificio de la Misa; a la misma época se atribuye el ms. F (o códice in folio de San Millán), propiedad de la Real Academia Española, que incluye en su estado actual las vidas de Santo Domingo, de Santa Oria, de San Millán y los veinticinco Milagros. Algo más tardío, de la segunda mitad del mismo siglo XIV, es el ms. H, custodiado en la Real Academia de la Historia, que reproduce el ms. S. Los demás manuscritos disponibles son copias tardías hechas en el siglo XVIII, de las cuales la fundamental es la que mandó hacer el padre Domingo Ibarreta, o ms. I, conservado en Silos, que contiene San Millán, Santa Oria, San Lorenzo, el Sacrificio, el Duelo de la Virgen, los Himnos, los Loores, los Signos y los Milagros con su Introducción. Consta que la versión copiada en I procede sobre todo de un perdido códice in quarto (siglado Q) atribuido al siglo XIII y que existió en el monasterio de San Millán de la Cogolla. Cuando este manuscrito desaparecido era deficitario o estaba poco claro, los copistas de I echaron mano del otro ms. F o manuscrito in folio.
En estas circunstancias no es fácil asegurar con precisión cuáles son los rasgos de lengua que deben achacarse al uso propio de Berceo descartando las modificaciones que habrian impuesto los sucesivos copistas desde el texto original. Ya el padre Martín Sarmiento, que en el siglo XVIII hizo cotejar los dos códices antiguos emilianenses, a saber, el Q perdido y el F hoy incompleto, se dio cuenta de su diversidad lingüística y señaló que el manuscrito más tardío F presentaba «la explicación de las voces más antiguas que se hallan en el códice en quarto».

De todo lo dicho se desprende que los eruditos suponen el carácter riojano de la lengua de Berceo, acorde con su nacimiento y vividura. ¿En qué consistía la variedad romance desarrollada en esa zona fronteriza contenida entre los cordales del Sistema Ibérico y la ribera derecha del Ebro? Los determinó ya hace tiempo con precisión don Ramón Menéndez Pidal, al estudiar las Glosas Emilianenses y la documentación posterior de La Rioja desde el siglo XI. Esta comarca geográfica fue desde los tiempos prerromanos lugar de interferencia y contacto entre pueblos y lenguas diferentes. Gentes de estirpe céltica como los berones estaban en contacto con gentes más o menos eusquéricas hacia el Norte y el Oeste, como los váscones, los várdulos, los autrigones. Romanizados estos pueblos (con diversa intensidad), ahí confluían los límites de las provincias Tarraconense y Cartaginense. Bajo el poder visigótico, La Rioja fue zona fronteriza a que llegó en son de guerra el rey Leovigildo para luchar contra cántabros y váscones. Allí se estableció el viejo Ducado de Cantabria, que después de la invasión musulmana seguiría conservando su carácter de territorio de fricción. Contenido el Islam, La Rioja se debatió, con alternativas, entre las apetencias del reino de Pamplona (que aspiraba a alcanzar los limites de la Tarraconense) y las de los condes, luego reyes, de Castilla, hasta su incorporación deflnitiva a este reino. No sorprende, pues, que los rasgos lingüísticos en la documentación riojana, aunque en general comunes con los castellanos, muestren a veces concordancias con lo que es propio de los romances navarro y aragonés (con más claridad en La Rioja Baja).
El valle de San Millán de la Cogolla, donde nació Gonzalo de Berceo, estaba englobado en el reino navarro, aunque casi en los límites con Castilla. La frecuencia e intensidad de las peregrinaciones castellanas al monasterio, de una parte, y de otra  la dependencia política, impusieron una castellanización progresiva, plena ya en el siglo XIII, si bien perdurasen algunos orientalismos. La variedad romance riojana, según los testimonios escritos accesibles, ofrece dentro de su castellanismo esencial unos cuantos rasgos peculiares, también presentes en los versos de Berceo.

En el vocalismo, los documentos riojanos no se apartan de los rasgos propios de la Castilla primitiva, aunque a veces manifiestan cierto arcaísmo. Cuando en Castilla, por ejemplo, se había reducido el diptongo ie en ciertos contextos (junto a sonidos palatales o ante s implosiva) y presentaba sólo i, La Rioja seguía aferrada a lo antiguo.
En cuanto al consonantismo, los documentos riojanos muestran esencial castellanismo, pero con rasgos afines a los dialectos navarro-aragoneses.
No olvidemos que Navarra está considerada “La cuna de los vascones”.
Es evidente que sus conterráneos no hablaban exactamente como se expresa Berceo en sus obras. Pocos de sus oyentes serían tan letrados como él; la mayoría serían analfabetos y tenía que procurar que su discurso llegara a sus entendederas. Pero la que Berceo quería comunicar a esos oyentes era muchas veces materia de alta espiritualidad. Aunque ajustase su expresión a los alcances de la gente común (con imágenes y comparaciones muy concretas y realistas), se veía obligado a adoptar los términos insustituibles que ofrecían sus dechados latinos y trataba de declararlos en el modo más simple y directo posible. No siempre el romanz paladino disponía en su inventario de palabras para designar esos conceptos elevados. Se impuso, pues, Berceo la tarea de dotar de trascendencia a las sustancias sobre las que operaba la lengua hablada de todos los días. En consecuencia (y tal como luego en prosa hizo el rey Alfonso el Sabio ), echó mano Berceo de numerosos términos que encontraba en los textos latinos manejados y los adaptó con mejor o peor fortuna a las normas del vulgar hablado, explicándolos cuando era preciso. Esta actitud idiomática de Berceo es común a todos los escritores del mester de clerecía. En resumen, se trataba de dignificar el romance. Sería actitud aprendida en el Estudio General de Palencia, donde, como sugiere plausiblemente Dutton, habría adquirido Berceo su formación latina y eclesiástica, en contacto con clérigos de ultrapuertos.
Tal convivencia explicaría, además de la absorción de cultismos, la presencia abundante de galicismos en la obra de Berceo, probablemente tomados más por vía oral que por vía escrita. Son galicismos comunes con otros textos castellanos de la época, pero algunos exclusivos de Berceo o, al menos, raros fuera de sus obras: cempellar, bagassa, bren, brutado, domage, oraje, sergenta, volopado.
Respecto de estos rasgos cultos de la lengua de Berceo, dice bien J. J. de Bustos Tovar que la obra del clérigo riojano «concentra el esfuerzo máximo de latinización de nuestra lengua medievab», y explica que «da situación intelectual y afectiva de Berceo era óptima para que se estableciera una estrecha relación entre la lengua de sus fuentes y el romance, en trance de adquirir una nueva categoría artística y un prestigio cultural al abordar los nuevos temas de la escuela de Clerecía» (págs. 231, 233). Estudia también Bustos los grados de adaptación de los cultismos y las vacilaciones y alternancias de sus significantes en el uso escrito: desde latinismos crudos hasta semicultismos en que han operado ciertas transformaciones de la evolución fonética.

Amigos, si quisieseis atender un poquillo,
os querría contar en muy poco ratillo
el primer testimonio, escrito en librillo,
del román paladino que hoy da tanto brillo.

Con palabras muy semejantes a éstas habría comenzado su plática el primer poeta español de nombre conocido, el riojano Gonzalo de Berceo, si hubiera sido posible, después de siete siglos, encomendarle el alto honor de dirigirse a ustedes. Tras su recuerdo a modo de homenaje imprescindible en esta tierra, emprendamos nuestra tarea.

Una de las peculiaridades más difundidas por las que histórica, cultural y turísticamente se conoce a La Rioja de manera general es la de ser cuna del castellano. Sin embargo, desterrando chovinismos cegadores, a la larga contraproducentes, tal distintivo emblemático, aunque no resulta descabellado ni carece de algún fundamento, no es científicamente exacto en ninguno de los dos términos que lo constituyen: ni la lengua por primera vez aquí testimoniada era en puridad el castellano ni ese testimonio aludido levanta acta del nacimiento, en ese momento preciso y concreto, de ninguna lengua como tal.

¿Por qué, pues, se atribuye a La Rioja el sugerente maternal apelativo de “Cuna del castellano”? Porque en el Monasterio de San Millán de la Cogolla, en un códice latino, el catalogado como Aemilianenesis 60, aparecieron unas notas manuscritas, sobreañadidas al texto base, dedicadas a comentar o glosar en varias lenguas, entre ellas en “algo que ya no es latín y que parece castellano”, algunas palabras o fragmentos de ese texto original. Estos comentarios o añadidos son conocidos universalmente con el nombre de Glosas Emilianenses, es decir, ‘glosas de San Millán’ (Millán o Emiliano procede del latín Aemilianus).
Los primeros estudios fecharon estas Glosas en el siglo X; sin embargo; los últimos investigadores se inclinan a pensar que se escribieron bien entrado el siglo XI. Sorprendentemente, tras tantas centurias en la biblioteca del monasterio emilianense, nadie pareció percatarse de su enorme trascendencia hasta el siglo actual.

¿Por qué se le ocurriría a alguien en un monasterio medieval amancillar un códice latino de asunto religioso? ¿Cuál sería su intención? Los estudiosos ofrecen dos posibilidades muy lógicas y convincentes.
Para unos, el glosador sería un estudiante de latín que toma el texto original del manuscrito como material didáctico; según esta opinión, el anotador se comportó de manera análoga a como hoy lo hace cualquier estudiante de un idioma que en su ejercicio de traducción escribe, en el mismo libro de inglés, francés … o latín, sobre las palabras más difíciles que se ha visto obligado a consultar en el diccionario correspondiente, su versión en la lengua que no conoce, o bien plasma en el margen los comentarios que le surgen o la traducción de frases más largas.
Para otros, se trataría de un monje predicador que, preparando sus sermones, anota las aclaraciones del texto que, al leer, considera más oportunas. Tal hipótesis se apoya, sobre todo, en el hecho de que el mayor número de glosas se acumula precisamente en la parte del misceláneo códice latino que transcribe sermones, concretamente los de San Cesáreo de Arlés.
En el primer caso, el estudiante de latín pensaría en su propio provecho, en el de su aprendizaje. En el segundo, el objetivo catequizador o pastoral del predicador le induciría a buscar las palabras que sus feligreses pudieran entender sin dificultad, es decir, las que éstos usaban en su vida cotidiana, las del “roman paladino” en el que solían “hablar con su vecino”.

Las glosas del Aemilianensis 60, en total más de mil, están escritas en tres lenguas: en latín, en romance y en vasco.
Las escritas en latín lo están, naturalmente, en un latín que podríamos llamar coloquial, más sencillo que aquél que glosan. Es muy importante tener en cuenta que en muchos casos se trata de un latín sólo aparente, ya que no hace sino disfrazar con ropaje de escritura latina lo que se pronunciaba ya como romance.
Dos de estas glosas están redactadas en vasco, lo que, unido a la presencia de otros rasgos eusquéricos que se manifiestan en la evolución fonética de varias palabras romances de nuestro documento, revela la condición bilingüe, vascorrománica, del glosador. No debe sorprendernos tal condición, puesto que en aquella época se hablaba euskera en parte de la Rioja, en la zona de San Millán, sin duda. Del uso del vasco en esta región da claro testimonio la topominia riojana actual que incluye nombres de localidades tan claramente éuscaros como Herramélluri, Ezcaray, Ollauri, Zalduendo o Cihuri.
Pero es evidente que las que más interesan a nuestro propósito son las más de cien glosas inequívocamente romances del manuscrito. (Recuerdo que se entiende por romance ‘una lengua derivada del latín’.) En unos casos consisten en palabras simples ( trastorné; uerterán; seignale … ), en otros constituyen frases sintácticamente ensambladas ( nos non kaigamus; qui dat a los misquinos … ) que, esporádicamente, se alargan, para nuestro gozo, de manera inusual.
Como fácilmente puede deducirse, el valor histórico y lingüístico de las Glosas Emilianenses es altísimo, incuantificable. Hoy por hoy, suponen un tesoro único de la Filología, por albergar nada menos que el primer testimonio escrito de una lengua romance peninsular y el primer testimonio escrito del vascuence: las primeras palabras y frases vascas y, sobre todo, las primeras palabras y frases del conjunto de dialectos provenientes del latín hispano.
Sinteticemos lo analizado hasta ahora. Se entiende por Glosas Emilianenses las anotaciones que en latín, en romance y en vasco alguien escribió en el siglo XI en el Monasterio riojano de San Millán de la Cogolla entre líneas o al margen de algunos pasajes del códice latino Aemilianensis 60 ( depositado hoy en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia ) con el posible propósito principal de resolver las dificultades de comprensión lingüística que el texto latino en cuestión le presentaba. Por haberse escrito aquí, a La Rioja se la sobrenombra “Cuna del Castellano”.

Ya podemos volver al principio, a la “cuna”, para explicar dos cuestiones que tuvimos que dejar pendientes.

Primera cuestión.- ¿Señalan las Glosas Emilianenses el nacimiento en ellas, justo en ese preciso momento, del romance? Evidentemente, no. Una lengua no nace como las personas, en un momento exacto y en lugar determinado que pueda certificarse sin dificultad. Cuando aparecen las primeras manifestaciones escritas de una lengua, detrás hay siempre una dilatada existencia en forma oral. El proceso es extraordinariamente lento, aunque constante e inexorable.
Puestos a buscar semejanzas antropomórficas, este proceso se parece mucho más al del desarrollo biológico natural de las personas que a su nacimiento. Como convivimos diariamente con nuestros hijos, no nos damos cuenta de que van creciendo, de que poco a poco, pero inevitablemente, van dejando de ser niños; hasta que un día reparamos en que nos superan en estatura, en corpulencia, en el número de calzado y en la talla de la ropa. Como todos los días nos miramos en el espejo, no percibimos los cambios paulatinos, pero inexorables, que el tiempo nos inflige inmisericorde; hasta que un mal día topamos con una fotografía de veinte años atrás que no refleja los estragos que ahora sí advertimos en el maldito espejito que se niega a decirnos ya que no hay nadie en el mundo más guapo que nosotros. Pues bien, con las lenguas en general y con el romance en particular, ocurre lo mismo. Los cambios se van introduciendo poco a poco, a lo largo de muchos años, a lo largo de siglos incluso; por eso, apenas son perceptibles para las generaciones contiguas, pero sí muy nítidos para las alejadas; tanto que, como ocurrió con el latín hispano en nuestra península, éstas ya no entendían el sistema lingüístico que se hablaba siglos antes; es decir, este sistema había variado ya tanto que se había convertido en otra lengua. Pero ¿cuándo?, ¿en qué momento? y ¿en qué lugar? Son preguntas que no pueden tener respuesta precisa, como no la pueden tener cuándo deja exactamente un niño de serlo o cuándo exactamente una persona comienza a ser adulta o anciana.
Las Glosas Emilianenses, pues, no indican el momento ni el lugar exactos en que comienza a existir, a “nacer”, el romance, de la misma manera que nuestros hijos no dejan de ser niños el día en que nosotros advertimos que ya no son los pequeñuelos de antes, ni nosotros comenzamos a ser “maduritos” justo cuando reparamos en la calvicie ya nada incipiente, en la arruga que ya “no ofrece duda” o en el contraste del cotejo con esa indiscreta, grosera y cruel fotografía con la que, malhadadamente, acabamos de tropezar.
Las Glosas Emilianenses, lo que no es poco, dan fe de que antes del siglo XI ya se hablaba romance en la Península Ibérica, con toda seguridad, y, hoy por hoy, son la primera cuna conocida de cualquier hijo del latín hispano. Nada más, pero ¡nada menos!, mucho más que serlo únicamente de uno solo de sus vástagos.

Segunda cuestión.- Ese romance que aparece en la Glosas ¿es el castellano? Tampoco, rotundamente, no. El romance de nuestras glosas es un romance ecléctico, aglutinador: además de reflejar peculiaridades vascas, reúne rasgos lingüísticos que en textos posteriores aparecerán definiendo a los diversos dialectos peninsulares del latín; es decir, junto a rasgos específicamente riojanos, se detectan caracteres propios del navarro, del aragonés, del leonés y del mozárabe.
Por razones históricas y geográficas, La Rioja ha sido siempre -y lo sigue siendo- encrucijada de caminos, confluencia de razas, de culturas, de límites, de reinos, de condados y ducados, de modos de entender la vida y, por tanto, de maneras de hablar y escribir. Por eso, nada tiene de extraño, y todo de congruente y lógico, ese romance misceláneo y conciliador de unas glosas escritas en La Rioja fronteriza. El romance de las Glosas Emilianenses pertenece, pues, como cabía esperar, al dialecto riojano, “embrión o ingrediente básico [en expresión feliz de Claudio García Turza] del complejo dialectal que conformará el castellano”. Por lo tanto, como señala Manuel Alvar , “estas palabras transcritas por el amanuense de San Millán sólo podrían ser consideradas lengua castellana o española en cuanto que revelan la existencia de unos rasgos lingüísticos que son comunes al dialecto que, con el transcurso de varios siglos, se convertirá en lengua nacional” e internacional (añadimos).

En resumen (lo dijimos ya al principio), hablar de que La Rioja, por sus Glosas, constituye la “cuna del castellano” no es exacto en sentido estricto, pero en sentido lato no carece de fundamento; bien entendido, de acuerdo con lo aquí explicado, tal rótulo se justifica plenamente. Desde luego, objetivamente, con las pruebas científicas documentales como guía, ninguna otra zona geográfica española merece tanto, hoy por hoy, tal honor. Mientras no aparezca otro documento más antiguo en otra región, el testimonio escrito más antiguo de algo que, inequívocamente, ya no es latín y que se parece mucho al castellano, al que incluso engloba y subsume, pertenece al patrimonio de la Rioja. Así que bien puede decirse que esta mañana van a visitar todo un tesoro, un monasterio emblemático, “cuna” de las lenguas romances hispanas y, por ende, del castellano o español.

¿Castellano o español? Para referirnos a la lengua gracias a la cual ustedes me están entendiendo en estos momentos (o, al menos, a eso aspiro), ambos términos son sinónimos. Castellano, por su origen y por la tradición; español, por constituir el idioma oficial de todo el Estado español, de manera exclusiva en casi todo el territorio y compartida en las Comunidades con lengua propia. Cada cual puede hacer uso legítimo de su forma preferida, incluso es, por muchos motivos, muy saludable alternarlas; pero, por salud democrática, nadie debería ser recriminado por optar por una sola de ellas. Por cierto, si consideramos que los españoles que la hablamos apenas sumamos el diez por ciento del total mundial, quizá el nombre que mejor le cuadre, y con el que nadie debería sentirse agraviado ni excluido, fuera el de hispano: hispanohablante, al fin y al cabo, llamamos al que habla español o castellano e hispana es también la América que concentra la inmensa mayoría de los que hablan nuestra lengua.
Llamemos como llamemos a esta actual lengua hispana nuestra, lengua hispana como es la de las Glosas, conviene que cobremos conciencia del poderosísimo instrumento de comunicación en el que se ha convertido y del que tenemos el privilegio de disponer. Se trata de la cuarta lengua del mundo por número de hablantes (unos trescientos treinta millones), después del chino, del inglés y del indi; de la tercera por número de países que la tienen como lengua oficial (veinte), detrás del inglés y del francés; por lo que en el índice de importancia internacional de las lenguas del mundo ocupa (con el 0´388) el tercer lugar, tras el inglés y el francés (1 Datos tomados de OTERO, Jaime, “Una nueva mirada al índice de importancia internacional de las lenguas”, incluido en una recentísima publicación colectiva de la Universidad de Valladolid: El peso de la lengua española en el mundo, Fundación Duques de Soria e Incipe, noviembre de 1995.)

Hemos hablado del nacimiento de nuestra lengua. El nacimiento es vida y la lengua, canto. Pero para el poeta, en hermosa canción con acento hispanoamericano, vida y canto se confunden:

Si se calla el cantor, calla la vida

porque la vida,

la vida misma, es todo un canto.

Si se calla el cantor, muere la rosa:

¿de qué sirve la rosa sin el canto?

Y en otra canción inmortal, con la misma voz y el mismo acento:

Gracias a la vida

que me ha dado tanto:

me ha dado el sonido

y el abecedario;

con él las palabras

que pienso y declaro:

“madre”, “amigo”, “hermano”…

Gracias [,pues,] a la vida / por el castellano, / por el español / o por el hispano / (tanto monta / monta tanto).

Y como el canto es vida / y la lengua, canto / gracias a la vida / por los materiales / que conforman mi canto / y el canto de ustedes / que es el mismo canto / y el canto de todos / que es mi propio canto.

GLOSAS EMILIANENSIS

Consistorio de demonios, en que varios ministros del diablo
refieren las maldades que vienen de hacer .

Quidam [qui en fot] mo nacus filius sacerdotis ydolorum… Et ecce repente [lueco] unus de principibus ejus ueniens adorabit eum. Cui dixit diabolus ¿unde uenis? Et respondit: fui jn alia prouincia et suscitabi [lebantai] bellum [pugna] et effusiones [bertiziones] sanguinum… similiter respondit: jn mare fui et suscitabi [lebantaui] conmotiones [moueturas] et submersi [trastorne] nabes cum omnibus… Et tertius ueniens [elo terzero diabolo uenot]… jnpugnaui quemdam monacum et uix [ueiza] feci eum fornicari.

«Era Castilla entonces un pequeño rincón:
era de castellanos Montes de Oca mojón.
y era de la otra parte Hitero el hondón:
Carazo era de moros en aquella sazón»

El «pequeño rincón» del siglo IX descrito en el poema de Fernán González se libera de la tutela leonesa en el siglo X se transforma en reino independiente en el XI y sus reyes sostendrán con los leoneses una dura pugna. que acaba en 1230 con la unión de ambos reinos bajo Fernando III. Durante estos siglos, la lengua castellana desplaza al latín, se impone al leonés y se convierte en lengua culta que llevan a su esplendor el poema del Cid y las obras – en prosa del Alfonso X el Sabio, hijo del rey unificador de Castilla y León.

Paralela al ascenso político de Castilla es la extensión de la lengua castellana, que si en principio es una más entre las lenguas romances terminará convirtiéndose en el idioma único de ambos reinos; signo distintivo de la personalidad castellana, del mismo modo que las «fazañas» reflejan la oposición al Fuero Juzgo, el castellano adquiere importancia, según los lingüistas, porque evoluciona más rápida y completamente que el leonés, y las razones de esta evolución hay que buscarlas de nuevo en la situación de Castilla en el siglo X.
Allí donde existe una población relativamente culta el latín conserva un gran prestigio, mientras el romance sólo tiene utilidad en la conversación y se halla minusvalorado; en Castilla, la tradición culta es prácticamente inexistente, el castellano es el único medio de expresión para la mayor parte de los pobladores y el deseo o la necesidad de diferenciarse de León da al castellano un prestigio del que carece el leonés.
Pronto el idioma se convierte en arma política utilizada por los poetas para cantar a los héroes de Castilla y para, en cierto modo, crear una «conciencia nacional» en la que cabe destacar el antileonesismo y los ataques a los musulmanes; los cantares de Fernán González, de los Siete Infantes de Lara, de la Condesa traidora, del Infante Garcia… preparan el camino, son el precedente del Cantar de Mio Cid, sobre el que otros especialistas escriben en este número.
NOTA: Como veis, esto de la lengua y los nacionalismos viene de lejos.

Dificil es, si no imposible, delimitar, perfilar, fijar en el tiempo y en el espacio el origen de una lengua. El descubrimiento de cualquier documento o nota puede suponer el desmoronamiento de lo que se elaboró con paciencia y creyendo tener la razón.
El primer fragmento que se conserva de lo que pudiéramos llamar castellano -digo «pudiéramos» porque encontramos en él matices dialectales- es un «venerable trozo» del monasterio de San Millán de la Cogolla: una brevísima oración del siglo X. Debido a la falta de documentos resulta sumamente dificil la reconstrucción del origen de una lengua. Pero afortunadamente algunas palabras de las que se hablaban en la lengua vulgar se «escapan» en los documentos latinos. También hay copistas que «anotan» en esos documentos la traducción de algún término que ya no entienden. Esas anotaciones son las glosas, en ellas y en las «faltas» cometidas por el escriba se ha apoyado Menéndez Pidal para reconstruir la lengua que se hablaba en la Península en los siglos X y XI. Esa titánica reconstrucción son los Origenes del español, obra cumbre de la filologia europea, cuya primera. redacción quedó terminada en Julio de 1926.

Situándonos en el origen de las lenguas peninsulares, conviene hablar de dialectos. El dialecto astur-leonés es conservador, esto es, refractario a cambios. León pretende ser el celoso guardián de la tradición visigoda y por eso se rige por el Fuero Juzgo. El gallego es el más conservador de los dialectos del Norte. En el otro extremo, Aragón, figura como reino independiente desde el siglo XI, Alfonso I (1104-1134) conquista Zaragoza (1118), asentándose definitivamente en el valle del Ebro. Tanto el leonés como navarro-aragonés son conservadores, pero el aragonés es «más tosco», en expresión de Rafael Lapesa. Cataluña constituye al principio un grupo de señoríos ligados a Francia. Con el conde Ramón Berenguer III (1096-1131 ), Barcelona empieza a intervenir en el sur de Francia. Al sur de la Península los dialectos mozárabes quedaron aislados y marginados, en cierto modo, al ser el árabe la lengua del cultura.
El grupo de condados situados en el centro norte y dependientes de León fueron unificados por Fernán González en el siglo X, consiguiendo una autonomía que luego se convierte en independencia. Castilla (Castella, los castillos) no se rige por el Fuero Juzgo, sino por los albedríos, o sea, por sus costumbres. El dialecto castellano es el más revolucionario y el de mayor personalidad. Aparte de las innovaciones que veremos sumariamente, su ansia de expansión se cumple, fijándose posteriormente como lengua frente a sus vecinos leoneses y navarro-aragoneses, que no logran remontar su carácter dialectal.

El castellano adopta las innovaciones de sus vecinos, dándoles notas propias, aparte de las suyas características. Palataliza la I de los grupos iniciales (pl-, cl-, ti-), igual que el Noroeste; con el Este realiza las asimilaciones ai > e, au > o mb > m. Como el resto del Centro diptonga é y ó tónicas en ié y ué. Si la influencia de su antiguo dominador (León) no es muy grande, si lo es la de los vascos.
Uno de los rasgos más característicos del castellano es la pérdida de F- (efe inicial). El paso de f a h se da en algunos lugares de la Romania, pero las más notables son castellano y gascón. El origen de la pérdida ha sido muy discutido y Menéndez Pidal piensa que la ausencia de efe se debe a que no existe en las lenguas ibéricas. Sería, por tanto, una pérdida por influencia de los vascos.
Otro fenómeno interesante del castellano es la supresión de g o j iniciales ante e, i átonas (hermano, enero). Los grupos sc, sc + yod, st + yod dan ç frente a las s, que era la solución dominante en el resto de España. Naturalmente que la brevísima relación que antecede no pretende nada más que ilustrar con algunos ejemplos los asertos sobre la «modernidad» del castellano.
Por último, hay que resaltar la evolución del castellano frente a los demás dialectos. Mientras que leonés y aragonés se paraban en castiello, Castilla reducía ié a i ante I. Mientras que los demás dialectos andaban «desvariando», el castellano escoge temprano una forma. Los demás vacilaban entre puoblo, pueblo, puablo, Castilla pronto escoge pueblo.

Los dialectos meridionales (del castellano) se caracterizan por ser más evolucionados en su pronunciación y por rasgos fonéticos muy marcados. En esta región dialectal se hallan el andaluz, el extremeño, el canario y el murciano. Las principales características de estos dialectos son: confusión de r y l en posición final de sílaba o palabra: arta, cuelpo y otras se pierden, como españó; seseo (pronunciación de la z o la c ante e o i como s: sielo; ceceo (pronunciación de la s como z: zerio; pérdida de la d y de la n intervocálicas o ante r: cansao, mare; yeísmo con distintas pronunciaciones: yuvia.

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