Los fumadores de hachis (حشيش)

Para los hablantes de árabe, la palabra asesino, hashishin, tiene un significado etimológico transparente: fumador de hachís. Hay, sin embargo, otra acepción, con carga histórica, según la cual asesino sería un miembro de una orden secreta de fanáticos musulmanes que aterrorizaban y mataban a los cruzados. Este es el sentido que recoge Anthony Campbell en su intrigante relato Los asesinos de Alamut.

Se trata, según Campbell, de una secta herética musulmana apodada la secta de los asesinos aunque sus miembros respondían al nombre de ismaelitas, es decir, una rama del chiísmo que considera a Ismael como el séptimo y último imán visible. Su fundador, Hasan-i-Sabbah, era un hombre implacable que ejecutó a sus dos hijos, a uno por beber vino y al otro por un cargo de homicidio que resultó ser falso. En las montañas del noroeste de Irán que bordean el mar Caspio, Hasan logró hacerse con el castillo de Alamut, nido de águila en árabe, y allí reinó soberano durante más de treinta años, de 1090 a 1124. Cuando Marco Polo visita Alamut, cien años más tarde, justo después de su destrucción por los mongoles, relata cómo el Venerable Anciano de la Montaña drogaba con hachís a los futuros asesinos para trasladarlos luego a un paradisíaco jardín de las delicias, poblado por hermosas mujeres y ríos de vino, leche y miel. Tras este anticipo del paraíso coránico, los futuros asesinos eran devueltos a la vida ordinaria, convencidos de que a su muerte habrían de gozar indefinidamente de las delicias coránicas siempre que obedecieran sin reservas las órdenes del Gran Señor de Alamut.

Por supuesto, todo ello suena a pura fantasía y es bien sabido cómo Marco Polo sazonaba de pimienta sus relatos. Es difícil imaginarse al Venerable Anciano de la Montaña drogando con hachís a los futuros ejecutores de sus planes siniestros. Semejante estado de conciencia no se compadece muy bien con la agudeza y paciencia exigidas para la ejecución del crimen. Por otro lado, la experiencia moderna del terrorismo nos dice que el terrorista no necesita más narcótico que una buena dosis de fanatismo. Y si hemos de creer a los consumidores de hachís, a lo que induce la droga es al pacifismo más que a la criminalidad. No hay pruebas, dice Campbell, de que el hachís se usara para la comisión de actos criminales, aunque tal vez se usó con fines religiosos para alcanzar estados alterados de conciencia.

Lo que no es fantasía es que bajo el liderazgo de Hasan-i-Sabbah, la secta de los asesinos prosperó en todos lo frentes. Jóvenes iraníes, captados por los misioneros ismaelitas, acudieron a Alamut para someterse a las duras pruebas de iniciación en la secta. Hacerse ismaelita era un asunto de vital trascendencia, que iba más allá de aceptar una serie de creencias. El neófito juraba lealtad a la secta, se comprometía a pagar los derechos de admisión y juraba no divulgar los secretos ismaelitas a ningún forastero. Se trataba, en definitiva, de la iniciación en una secta secreta que comportaba riesgos al tiempo que ofrecía un camino de salvación. Sin duda, el núcleo de los secretos ismaelitas tenía que ver con las doctrinas esotéricas sobre la interpretación del Corán. Unas doctrinas que, al igual que en las ceremonias iniciáticas del sufismo, incluían secretas técnicas de meditación para alcanzar un nuevo estado de conciencia por encima del resto de los mortales. Era tal el grado de entrega y sumisión de los jóvenes aspirantes que el conde Enrique de Champagne, en su visita a la secta en 1194, narraba despavorido el siguiente relato. Paseaban un día por el castillo el conde y el jefe de los asesinos cuando surgió en la conversación el tema de la obediencia debida. En lo más alto de la torre del castillo se asomaban varios jóvenes vestidos de blanco. “Yo te voy a mostrar lo que es la obediencia”, dijo el señor del castillo. Y a una orden suya, dos de los jóvenes saltaron al vacío para perecer estrellados contra las rocas.

Evidentemente, esto es una fantasía más que forma parte de la leyenda de la secta de los asesinos. Lo que no es fantasía es que los ismaelitas se fueron haciendo dueños de la región montañosa del norte de Irán y formaron un bloque de resistencia frente al gobierno de la dinastía turca de los Seléucidas. Procedentes de las estepas del Asia Central, los Seléucidas, tras su victoria sobre el califato abásida, se convirtieron al Islam sunita y desarrollaron una profunda hostilidad frente al ismaelismo chií del norte de Irán. Pero los ismaelitas no desfallecieron y proyectaron una serie de focos rebeldes en distintos lugares para que el poder centralizado de los turcos no pudiera aplastarlos fácilmente. La revuelta debía ser esencialmente urbana, y por ello los ismaelitas sembraron una amplia red de células en cada una de las ciudades iraníes, especialmente, en Isfahan, donde se habían hecho especialmente fuertes. Dada la desproporción numérica entre los heréticos chiíes y el ejército turco, los ismaelitas recurrieron al asesinato de importantes figuras políticas. En su caso, el recurso al terrorismo selectivo, fue el resultado lógico de un grupo minoritario, sin capacidad ofensiva, que no tiene otra forma de alcanzar al enemigo. Fue así como se creó entre los ismaelitas de Alamut el cuerpo especial de asesinos conocido como los fidai, esto es, “los que desean abandonar su vida por otra”. Su misión era servir a su señor y aterrar a sus enemigos mediante el asesinato sangriento de alguna figura importante. En el empeño corrían tantos riesgos, que no era frecuente que volvieran vivos de estas misiones. Así es como la palabra asesino, nos recuerda Bernard Lewis en El lenguaje político del Islam, entró en las lenguas occidentales de mano de los cruzados y se acomodó en las lenguas del Islam con la connotación de “un devoto totalmente entregado y dispuesto a sacrificar su propia vida y la de otros por la causa”. Los asesinos fidai, a diferencia de los terroristas actuales, siempre fueron selectivos en sus crímenes. Tal vez pensaban que era éticamente preferible y políticamente más rentable matar a una figura política que a una multitud en un atentado colectivo. Nunca se escondieron y buscaban lugares públicos, como la oración del viernes en la mezquita, para matar a sus víctimas con la mayor publicidad. A veces, los asesinos ismaelitas lograban su propósito mediante la amenaza. Para ello, se saltaban cualquier barrera y se introducían en la intimidad de sus víctimas tan sólo para dejar claro que, de haber querido, los hubieran matado. Así fue como el sultán Sanjar firmó una tregua con Alamut, persuadido por un puñal que se clavó justo al lado de su almohada. En fin, los asesinos fidai raramente escapaban a la muerte, aunque vendieran cara su vida. De todos modos, la muerte sufrida en el cumplimiento de su misión era tenida en gran estima por los ismaelitas. Se cuenta que las madres de los fidai se alegraban y se ponían sus mejores vestidos cuando veían que su hijo había muerto en la misión, pero se vestían de luto cuando el hijo asesino se presentaba en casa sano y salvo. Pero esto, sin duda alguna, debe ser una fantasía.

Lo que no es fantasía es que en 1164, Hasan II, el nuevo señor de Alamut, instruido en el sufismo y amigo del buen vino, provoca un acontecimiento que marca un antes y un después en la breve aventura ismaelita y proyectará a la secta hacia una nueva fase de concientización. El décimo séptimo día del Ramadán del año 1164, Hasan II convoca a la roca de Alamut a todos los ismaelitas dispersos por Irán, los coloca de espaldas a la Meca en contra de la costumbre establecida, se presenta vestido de blanco y hablando en árabe, lengua ininteligible para la audiencia que habla persa, proclama el fin anticipado del ayuno, manda servir comida y vino y la gente estalla en una celebración desbordante de alegría y música. Se acaba de proclamar la Resurrección (qiyama), una nueva era en que se rompe la opresión de la ley ritual y se ingresa, sin mediación alguna, en un estado inefable de unión con la divinidad. Será la última cabriola mortal del ismaelismo en su búsqueda de experiencias místicas.

Por supuesto, la Resurrección proclamada por Hasan II no se refería a la resurrección física de los muertos saliendo de sus tumbas, sino al punto más alto en la evolución del proyecto salvífico de los ismaelitas. A partir de este momento, se establece en el castillo de Alamut una escuela mística que va desarrollando técnicas de meditación, métodos hermenéuticos y contenidos teosóficos muy similares a los desplegados por las escuelas sufíes de la época. Así, entre los ismaelíes, se empieza a recurrir a la salmodia y a la repetición mecánica del nombre de Alá como técnicas para inducir estados alterados de conciencia. Respecto a la hermenéutica del Corán, los ismaelitas, como los chiíes en general, distinguen en los versos del Corán cuatro tipos de sentido: el exotérico o superficial (zahir) propio de los musulmanes ordinarios; el sentido alusivo o alegórico, propio de una cierta élite; el sentido oculto o esotérico (batin), correspondiente al círculo íntimo que forman “los amigos de Dios”; y, finalmente, el sentido espiritual que sólo penetran los profetas. La alusión como sentido, especialmente la alusión histórica, fue un recurso literario muy socorrido entre los ismaelitas que eran capaces de aludir a acontecimientos antiquísimos como si hubieran sucedido ayer. Pero fue el sentido esotérico el que principalmente obsesionó a la secta de los asesinos. Cada versículo del Corán, cada palabra, cada letra guardan un sentido oculto sólo accesible a los iniciados en la hermenéutica cabalística e inaccesible a todos los demás. Esta ocultación de la verdad se avenía muy bien con el talante de disimulo (taqiya) que caracterizaba a los asesinos. En un ambiente hostil como aquél, era necesario ocultar las creencias así como disimular las intenciones criminales de los miembros de la secta.

Los contenidos teosóficos son contenidos emanacionistas que llegan a los ismaelitas a través de Plotino y los neoplatónicos. Según la doctrina del emanacionismo, el Uno da origen al universo a través de una serie de criaturas fragmentarias, las cuales, a su vez, están marcadas por un deseo existencial, el deseo radical de retornar al Uno. La aprehensión del Uno sólo se consigue mediante una experiencia mística interior en que la conciencia de los estímulos externos así como las imágenes mentales y el pensamiento desaparecen. En este estado de pura conciencia, el individuo permanece despierto pero sin capacidad de experiencia sensible alguna. Sólo así se aprehende la absoluta realidad del Ser. Sólo a Dios le corresponde la existencia, mientras que la realidad de las demás criaturas es una ilusión, una nada que se resuelve en su retorno a la fuente de la existencia. Para los ismaelitas, la raíz lah, que compone la palabra Al-lah (Dios) expresa la idea de tristeza y añoranza que siente el extraviado en el desierto. Las palabras del Profeta son terminantes: “ Debes morir antes de morir”. Y así fue como los ismaelitas aprendieron a vaciarse de su ilusoria existencia para poder sumergirse en el Ser verdaderamente existente.

El sábado 3 de abril de 2004, Sábado de Pasión según la antigua liturgia católica, mientras la mitad de los españoles miraban al cielo por ver si podían sacar a procesionar sus santos de palo, un grupo de árabes musulmanes, exactamente siete, sitiados por las fuerzas de seguridad en su apartamento de Leganés, colocados en círculo y cubiertos algunos de blanco, hacían explosionar sus cinturones bomba inmolándose brutalmente al grito de Alá es grande. De la lectura de este impactante suceso a la luz de Los asesinos de Alamut se obtienen inquietantes paralelismos. No hay duda que el Venerable Anciano de Alamut, que controla las montañas del noroeste de Irán, nos remite inmediatamente a Osama Bin Laden, líder itinerante que se desplaza por las escarpadas montañas de Afganistán fronterizas con Pakistán. Se sospecha fundadamente que los siete kamikazes, presuntos autores del atentado del 11-M, constituían una célula durmiente activada por oscuros agentes que actúan bajo el paraguas de Al-Qaeda. Esta base de células dispersas está liderada por Bin Laden, lo mismo que Hasan-i-Sabbah, señor de Alamut, lideraba las células durmientes dispersas por el tejido urbano del norte de Irán, especialmente Isfahan, un espacio fronterizo con los turcos antes de que la dinastía de los Seléucidas se convirtiera al Islam en su versión sunita. De la misma forma, Al-Andalus es tierra de frontera que separa al Oriente del Occidente, la tierra del Islam (dar al-Islam), donde los musulmanes gobiernan y prevalece la sar’ia, de la tierra de la guerra (dar al-Harb), tierra de infieles. Por eso, igual que los asesinos de Alamut, los siete suicidas de Leganés han sentido la llamada de la frontera que no es otra cosa que la llamada de la yihad para combatir infieles y expandir el Islam.

El carácter durmiente de la célula de Leganés, con sus estrategias de disimulo y ocultación (taqiya) -recuérdese el crespón de luto que exhibía el mismo 11 de marzo la tienda de uno de los presuntos asesinos- es un fiel calco del secretismo y disimulo con que se movían las células de la secta de Alamut en el territorio hostil del norte de Irán. Asimismo, la estrategia de amenaza con su gran potencial de intimidación se practica igualmente en Madrid que en Alamut. Está aún por ver cuántos trenes rodaron sobre la carga de dinamita colocada en las vías del AVE en la mañana del viernes 2 de abril de 2004. De hecho, el comunicado siguiente no hace sino verbalizar el mensaje implícito de la bolsa de plástico bajo las ruedas del tren de alta velocidad.

Pero es en el ámbito de lo simbólico donde los paralelismos entre Madrid y Alamut resultan más inquietantes y siniestros. De entrada, está el hachís que confiere a los suicidas de Leganés su etimológica condición de hashishin, esto es, fumadores y traficantes de hachís. Es una cuestión abierta si los asesinos de la secta de Alamut y Leganés usaban el hachís para alterar su estado de conciencia en los rituales iniciáticos. Pero está comprobado cómo la célula de Leganés traficaba con hachís en los municipios periféricos de Madrid, y cómo la vida de doscientas personas inocentes se vendió al miserable precio de treinta kilos de cannabis sativa. Sólo los asesinos de Alamut, desde una exégesis esotérica a la que eran tan dados, podrían explicar el significado oculto de esos treinta kilos. Pero lo que sí podemos explicar son algunos rasgos del acto final de inmolación suicida. Fueron siete los suicidas, un número de intensa resonancia simbólica en las discusiones coránicas de Alamut: siete son las vértebras del cuerpo, siete los orificios del rostro. Se diría que la armonía y correspondencia entre las cosas mundanas y la cosas celestiales está escrita en clave de siete. Tras el suicidio colectivo, algunos trozos de cadáver aparecen cubiertos con jirones de tela blanca, tal vez arrancada de las cortinas del apartamento, apresuradamente, en el último momento. Este gesto responde a la amplia convención desarrollada a ambas orillas del Mediterráneo según la cual el candidato, del candidus latino, -en este caso, candidato al paraíso- ha de vestir de blanco. De hecho, cuando Hasan II, líder de Alamut, proclama la era de la Resurrección, aparece al pie del castillo tocado de turbante blanco y cubierto de túnica blanca.

Y por si estas resonancias simbólicas no quedaran suficientemente claras, el vídeo filmado con anterioridad por los suicidas sirve de guía a tan siniestra liturgia. Se trata de un ritual sacrificial, un ritual performativo que no sólo significa la inmolación de los actores sino que la realiza, no sólo significa la gloria por venir sino que la sirve en bandeja, no sólo significa el tiempo arquetípico del pasado sino que lo actualiza en una imposible conjunción de pasado, presente y futuro. Sirviéndose de la alusión como uno de los géneros literarios que admite la exégesis coránica, el grupo de los siete suicidas alude a la Inquisición española como una institución reciente, a las Cruzadas como un asunto pendiente y, sobre todo, revive la figura de Tarek Ben Ziyad, el jeque berebere que derrotó al último rey godo en la batalla de Guadalete en el año 711. Porque “continuamos… en la tierra de Tarek Ben Ziyad”, dice el vídeo. Y así, ritualmente, queda refundado el mito originario del Al-Andalus y abiertas las puertas del cielo. Ya sólo queda entonar el mantra coránico de Alá es grande, en árabe, la lengua ritual por excelencia, antes de que reviente el big bang que habrá de inaugurar los tiempos nuevos. Uno de los geos, que participó en el cerco de los asesinos, recoge certeramente esta impresión escatológica de la inminencia de las realidades novísimas, al ser entrevistado en la radio: “Cuando empezamos a oír los cantos en árabe y la retahíla del nombre de Alá, nos quedamos de piedra; sabíamos que se acercaba el final.”

La sociedad occidental carece de claves para hacer una lectura inteligente de estos hechos. Una sociedad occidental crecientemente secularizada donde se ha secado la fuente de la trascendencia, y la experiencia religiosa ha quedado reducida a la celebración folklórica de unos rituales castizos. El día del suicidio colectivo de Leganés, media España salía de estampida a tumbarse al sol, mientras la otra media se disponía a rendir culto a la Borriquilla del Domingo de Ramos. Para una sociedad así, los suicidas de Leganés son un misterio pavoroso, insondable, una expresión más de ese carácter no lógico que caracteriza la acción social, según Pareto. Pero como el ser humano es un animal de sentido, pronto surgieron las derivaciones paretianas que daban cuenta, sólo alguna cuenta, de lo sucedido en Leganés. Así, para unos, los siete kamikazes no son otra cosa que siete descerebrados cuyas formas de pensar, sentir y actuar obedecen a un desorden patológico, carne, en definitiva de psiquiátrico, Para otros, en cambio, los asesinos de Leganés son un rebrote a destiempo del olvidado nihilismo decimonónico, una banda de gentes autodestructivas que confunden los fines con los medios y que, persuadidos del viejo slogan “cuanto peor mejor”, buscan compulsivamente la apoteosis del caos final. En fin, para los razonadores, los hijos de la Ilustración, la secta de Leganés no es sino un grupo de activistas políticos movidos por el principio universal de la racionalidad instrumental que trata de adecuar medios y fines. Y es en esta lectura racionalista donde se desglosa el sinfín de conflictos e injusticias pendientes de resolución que darían razón de los atentados y suicidios colectivos.

Sin duda esta lectura racionalista honra tanto a los asesinos como a los que se adhieren a ella, pero escamotea la raíz del problema. Después de resolver todos los conflictos políticos del tablero internacional (ya hay que resolverlos, cuanto antes mejor), después de solventar las desigualdades socioeconómicas entre un mundo opulento y un mundo depauperado (y hay que solventarlas cuanto antes mejor), siempre quedará el conflicto radical que enfrenta a Occidente con el mundo musulmán, el conflicto de la tierra de Alá frente a la tierra de los infieles, el conflicto de los creyentes frente a los cafres, que esto es lo que quiere decir kafir, antes que infiel. Los hijos de la Ilustración, reducidos a la condición de bestias por el hecho de negarse a recibir la revelación del Profeta, deben ser combatidos. Este es el desafío radical que el suicidio colectivo de Leganés plantea a España y a Occidente. En la frontera del Islam siempre habrá jóvenes musulmanes dispuestos a poner en práctica las palabras del Profeta: “Hay que morir antes de morir”, jóvenes dispuestos a emprender ese viaje místico interior de vaciamiento de sí mismos, hasta el anonadamiento, para dar el salto mortal hacia el Ser que verdaderamente existe. A buen seguro que para los imanes wahabitas de Madrid, estos jóvenes son los gazi, guerreros de la frontera, encarnación viviente de Los asesinos de Alamut.

Autor:Secundino Valladares
Maestro en Antropología. Universidad Estatal de San Francisco, California.

Las drogas tal cual, el hachís y el aceite. Interesante.

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2 respuestas

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