Biroviyán, el Israel olvidado de Stalin

Hace 75 años se creó una república autónoma para los judíos en Siberia. Al culminar la era soviética, parecía que el experimento había fracasado, pero el interés por el yiddish y la inmigración revitalizan ahora Birobiyán.

La cultura y la literatura judías se estudian en todas las escuelas de la región, mientras que el yiddish es obligatorio en tres de los 14 colegios públicos

A primera vista, Birobiyán parece una típica ciudad siberiana, con su estatua de Lenin, un monumento a los caídos durante la guerra y bloques de apartamentos semiderruidos de la época soviética. Excepto que los símbolos judíos están en todos lados: desde una enorme menorá (candelabro hebreo) que corona la plaza principal hasta un cartel en la estación de tren donde Birobiyán está escrito en yiddish, idioma judeoalemán casi desaparecido que usa letras hebreas y es hablado por judíos de Europa Oriental.

Esta es, después de todo, la capital de una república autónoma judía más grande que Bélgica, creada hace más de 75 años por Stalin como alternativa al proyecto sionista, con ruso y yiddish –en vez de hebreo– como idiomas oficiales. Este territorio antes pantanoso está en el corazón de Siberia, en la frontera con Manchuria, unos 9.000 kilómetros y siete zonas horarias al este de Moscú. Y está en crecimiento por la inmigración de judíos desde Israel.

Stalin, convencido de que cada grupo étnico soviético debía tener su propia república, animó a la diáspora judía en los años 20 del pasado siglo a crear una patria secular en lo que oficialmente se denominó Óblast Autónomo Judío tras fracasos anteriores de repoblar con judíos Ucrania y Crimea. Pósters propagandísticos similares a los sionistas prometían crear un Nuevo Socialista Judío con el objeto de convencer a los judíos soviéticos para que fueran al Óblast en vez de a Palestina.

Miles de personas en todo el mundo respondieron a esta llamada, incluyendo a judíos de Europa Oriental, Estados Unidos, Brasil, Argentina y Australia. Labraron la tierra y crearon fábricas y granjas colectivas similares a los kibbutzim de Israel, soportando condiciones terribles y hambrunas. Cuando la región se estableció oficialmente en 1934, el yiddish fue declarado idioma oficial junto al ruso, y teatros, escuelas y periódicos en yiddish brotaron por todas partes.

Una menorá o candelabro judío preside la plaza principal de la ciudad. Abajo, dos ciudadanos esperando el autobús y una actuación teatral en yiddish en la Casa de la Ópera, dentro del festival internacional de cultura judía

“Ocurrió lo opuesto a Babilonia. En cuanto Babilonia fue destruida, todos dejaron de entenderse, en cambio aquí llegó gente de 14 países distintos y pudieron comunicarse entre ellos por hablar un mismo idioma, el yiddish”, comenta Yosef Brenner, un reconocido historiador y miembro de la asamblea local. Hace un par de años, Brenner descubrió en los archivos locales que Hannes Meyer, arquitecto suizo comunista y segundo director de la escuela Bauhaus, visitó Birobiyán dos veces en 1933. Diseñó planes y bocetos detallados para la nueva patria judía, incluyendo la localización y el trazado de la capital en una zona más elevada que la actual para evitar inundaciones, junto a detalles sobre el sistema de transporte, el alcan­tarillado y las  infraestructuras.

Pero cuando el ejército decidió ocupar el área elegida por Meyer, este se desilusionó con el proyecto y nunca más volvió. A pesar de esto, algunos elementos de su presencia han sobrevivido, como el emplazamiento actual de la estación de tren y el Ayuntamiento, en el centro de la ciudad, de estilo Bauhaus.

Pocos años después, la represión estalinista borró del mapa a la élite cultural y política local. Siguieron purgas antisemitas tras la creación de Israel en 1948, que hizo que Stalin dudara de la lealtad de los judíos soviéticos. La última sinagoga del lugar fue destruida en los años 50, y miles de libros judíos de la biblioteca fueron pasto de las llamas.

La cultura judía se recuperó algo tras la muerte de Stalin, y el yiddish comenzó a enseñarse de manera voluntaria en algunas escuelas. Pero unos 10.000 judíos emigraron a Israel en la década pasada, tras la caída de la Unión Soviética, y sólo quedaron seis mil entre una población total de cerca de doscientas mil personas en la región. El sueño judío estaba acabado. O eso parecía hasta ahora, cuando la situación ha empezado a cambiar gracias a la inmigración de judíos a esta república rusa.

Algunos de ellos están en el flamante complejo de la comunidad judía, que incluye una sinagoga construida hace cinco años y un Museo Judío fundado por un rabino ortodoxo chabab proveniente de Israel. Oleg Oroshko, albañil de 50 años, vivió una década en Israel antes de volver a Birobiyán en el 2006. “Rusia era un desastre, y no veía futuro para mis hijos, así que nos fuimos. Pero en Israel la gente no nos considera judíos, nos llaman russits, lo que es discriminatorio”, comenta. A su lado, Israel Hainovick, de 74 años, añade: “Económicamente nos iba mejor en Israel, pero allá somos extranjeros, esta es mi casa”.

Roman Leder, el presidente de la comunidad judía, un hombre en la sesentena e hiperactivo, cuenta que 80 familias emigraron el año pasado pero otras 120 retornaron, y añade que muchos más volverían si pudiesen permitírselo: “Hace una década habría dicho que esto fue un experimento fallido, ahora no. El renacer judío es obvio, en el futuro podríamos convertirnos en la capital mundial del yiddish, quién sabe.”

Como todos, Leder participó en el 75.º aniversario de la república que se celebró a lo grande en septiembre del año pasado. Se construyó un nuevo paseo a lo largo del río y vinieron cientos de visitantes, incluyendo al gran rabino de Rusia y destacados políticos nacionales, además de expertos y escritores de yiddish de todo el mundo. Actuaron grupos de música y teatro judíos, incluso una banda de Harbin (China) que toca música judía.

Al optimismo reinante contribuye que la economía sea boyante, con un crecimiento del 8% anual esta década, gracias a que se exportan cada vez más productos agrícolas y materias primas a la vecina China.

Pero nubarrones negros asoman en el horizonte. Boris Kotlerman, profesor de la Universidad Bar-Ilan en Israel, fundó hace tres años la Escuela de Verano de Yiddish en Birobiyán, que atrajo a destacados especialistas. A pesar de su gran éxito inicial, la iniciativa se desinfló, y el verano pasado el programa ni siquiera tuvo lugar. “La república judía tiene un buen potencial para revivir, pero las autoridades mantienen el statu quo con pequeños gestos hacia la cultura judía. Realmente no están interesados en apoyarla, mire otras autonomías étnicas en Rusia y verá”, se lamenta Kotlerman durante una conversación telefónica desde Israel.

Se refiere a la política de unificación territorial impulsada por el Kremlin tras el conflicto en Chechenia, consistente en desmantelar las autonomías nacionales en el país uniendo unidades no rusas más pequeñas con otras mayores predominantemente rusas. Este proceso se ha ralentizado con el presidente Dmitri Medvedev en gran parte por la recesión, aunque ha provocado protestas entre muchas minorías que acusan al Gobierno ruso de “genocidio cultural”.

Altos funcionarios de la región judía siberiana niegan esto y destacan que ellos financiaron las celebraciones del 75.º aniversario. Según Valery Gurevich, vicegobernador regional (judío, al igual que el gobernador), “debemos alentar el yiddish y no dejar que muera, pero tiene que hacerse voluntariamente. Si impones una cultura a los demás, puedes provocar disturbios. Las cosas ahora están tranquilas, dejemos que sigan de esa manera”.

Rollos de la torá en el interior de la nueva sinagoga, construida hace cinco

A pesar de estas versiones encontradas, nadie duda de que la cultura judía y sobre todo el yiddish están en pleno auge. Aunque la cultura y la literatura judías se estudian en todos los lugares al considerar la gente que las tradiciones judías forman parte de su pasado común, el yiddish es obligatorio en sólo uno de los 14 colegios públicos de Birobiyán (la escuela número 23). Pero desde septiembre, las escuelas número 7 y 14, donde estudia una cuarta parte de los chicos de la ciudad, introdujeron por iniciativa propia el yiddish como obligatorio para los alumnos de seis a diez años.

Sorprende que sean los no judíos quienes lideran los esfuerzos por revivir las tradiciones judías y el yiddish. Natalia Mohno, una mujer rusa no judía de 40 años, dirige la única escuela judía del lugar, el parvulario Menora, creado hace 25 años, donde estudian más de cien niños, la mayoría de ellos no judíos.

Dibujos enmarcados mostrando fiestas judías se alinean en los pasillos oscuros del edificio de dos plantas del colegio, mientras que libros sobre el holocausto y la historia de Birobiyán están en una pequeña sala junto a menorás y otros objetos religiosos. “Los padres no judíos traen a sus hijos aquí porque consideran todo esto parte de su cultura. Tenemos hasta niños chinos, todos están interesados en el judaísmo y en aprender yiddish”, dice Mohno, mientras grupos de niños corretean por el pasillo, algunos de ellos diciendo shalom (hola en hebreo).

El caso de Mohno es común. Elena Sarashevskaya, una jovial y hermosa rusa de 33 años, es la editora de la sección de yiddish del diario local, Birobidzhan Shtern, fundado en 1934. Y tampoco es judía. “Muchos autores que escriben sobre nuestra región sólo lo hacen en yiddish, así que es normal que quisiera aprenderlo. Al comienzo fue muy difícil, las letras son extrañas y tenías que leer de derecha a izquierda, no tenía sentido, pero poco a poco aprendí y me di cuenta de que el yiddish no es sólo un idioma, es toda la cultura judía, nuestra cultura”, afirma Sarashevskaya, quien lleva diez años trabajando en el diario.

Esta complicidad entre judíos y no judíos puede apreciarse en la segunda sinagoga de Birobiyán, situada en las afueras de la ciudad. Es sabbat, y parecería que es de una aldea judía europea del siglo XIX si no fuera por un teléfono en una esquina. Está en una diminuta casa de madera con tejado de hojalata, donde antes vivía una familia.

Una docena de feligreses, la mayoría de media edad, están sentados en bancos de madera, los hombres separados de las mujeres por una cortina de plástico. El rabino, Dov Kofman, de 60 años, bajo, de expresión amable y que camina ayudado de un bastón, dice en tono suave: “Amo a Israel, mi hijo está allí sirviendo en el ejército, pero esta es mi patria”. El día antes, acompañaba al rabino y su esposa una joven de 29 años, Natalia Shavdsova, cuya abuela vivió en esa casa. Rememoraba con una sonrisa cuando correteaba por ella de niña y, aunque no es judía, disfruta pasando aquí sus tardes.

Situación geográfica de la República de Biroviyán

De repente, un vecino no judío se asoma a saludar y se sienta en uno de los bancos. Yevgeni Stolbov, un ingeniero de 69 años, supervisó la construcción de casi toda Birobiyán y está ahora jubilado. “Me encanta venir aquí, haría lo que fuera por esta sinagoga, es parte de mi vida y quiero que esté aquí siempre”, dice mientras su amigo el rabino le observa con una sonrisa. Sólo que ninguno de ellos sabe qué deparará el futuro.°

Texto de Alfonso Daniels
Fotos de David Hillegas

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5 respuestas

  1. Información Bitacoras.com…

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    • me hubese gustado ir,cuando era chiquita mi papa estuvo a punto de emigrar de argentina,pero se entero lo que habia hecho stalin con escritores judios y rompio el pasaporte,la semana pasada estuve en moscu, lastima que era tan lejos para poder visitarla,yo tengo 75 años.soy elsa lerner.

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  2. hermoso!! que lugar tan especial

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  3. STALIN FUE UNA PERSONA MUY DURA , QUIEN ASESINO A MUCHA GENTE , ENTRE ELLOS POLITICOS QUE LE DISPUTABAN EL PODER , , ASESINO A TODOS LOS CIENTOS DE MILES ANTICOMUNISTAS,, PERO CON LOS JUDIOS , FUE MUCHO MEJOR QUE HITLER ( DIABLO CRIMINAL) STALIN HIZO BIROBIYAN UNA CIUDAD PARA LOS JUDIOS , HITLER INTENTO QUEMAR A TODOS,,

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    • Hitler ya pasó a la triste memoria de los asesinos más sangrietos que ha dado el mundo, sobre todo permanecerá en la memoria de los judíos. No podemos ni debemos olvidar lo que pasó para evitar que vuelva a suceder.
      Stalin fue malo, Hitler también.

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