La experiencia totalitaria: el poder como reunión de cínicos arribistas

Lo fascinante en la obra de Todorov, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2008, es su perspectiva, esa que le concede saberse un hombre de ninguna parte, en lo político y en lo geográfico. Tzvetan Todorov (Sofía, 1939) recaló en París a mediados de los años 60 huyendo de la dictadura comunista búlgara, situándose en una suerte de tierra de nadie que le permitió observar con otros ojos no sólo lo que ocurría tras el telón de acero, sino los mismos procesos que acontecían en Occidente, donde muchos intelectuales se sentían fascinados por los regímenes comunistas. Esa procedencia también le permitió analizar desde otra perspectiva la experiencia totalitaria y sus derivas tras la caída del Muro de Berlín, así como aplicar sin complejos algunas de las enseñanzas extraídas a nuestro tiempo.

Con esa visión configura lo más peculiar de su obra, aquello que la separa por completo del trabajo de buena parte de los intelectuales contemporáneos, como es el no fiarse de las etiquetas e ir a las consecuencias, ese reparar en las contradicciones mucho más que en las convicciones, en las prácticas más que en las doctrinas. Esa actitud consigue que no caiga en la trampa ideológica tan frecuente en la vida cotidiana de los regímenes comunistas, un entorno cuya esencia era la lucha por el poder que se disfrazaba bajo diversos apoyos teóricos que variaban en función de las conveniencias. El mito comunista era el telón de fondo, pero lo que veíamos en el escenario no eran más que simples confrontaciones por el poder.

Y eso traía consecuencias en dos órdenes. La primera de ellas queda retratada en esa insistencia de Stalin en repetir a sus subordinados que no debían tomarse al pie de la letra las proclamas ideológicas. Algo lógico porque, asegura Todorov, de haber ocurrido así, se hubiera creado un punto de referencia exterior a la voluntad de Stalin. Si se reconociese que lo esencial era cumplir lo que la doctrina ideológica mandaba, también Stalin hubiera quedado sujeto al contenido de dichos preceptos, mientras que los regímenes totalitarios reales destacan precisamente por lo contrario, por cumplir siempre las decisiones que impone el líder, por contradictorias que sean. Lo importante es hacer lo que el líder exige, no cumplir lo que las teorías mandan.

Pero actuar así implica aumentar las dosis de control sobre las propias filas. Por eso Stalin sustituyó a los viejos bolcheviques, a aquellos que podían reivindicar los ideales que les llevaron a hacer la revolución, por jóvenes colaboradores que habían aprendido que la única lealtad era la debida a Stalin. Consciente de que la propia ideología podía convertirse en un punto de resistencia a su voluntad, Stalin optó por diluir la validez de los preceptos ideológicos, entendiendo que debían adaptarse a las necesidades de cada momento en lugar de anclarse en rigideces conceptuales, y por liquidar, metafórica o realmente, a quienes defendían postulados diferentes de su palabra. Y más aún si decían defender el comunismo.

Por eso la adhesión a los ideales marxistas, estando completamente extendida, no era más que un ritual, advierte Todorov, ya que casi nadie creía en ellos. Lo que encontrábamos en la vida cotidiana del totalitarismo bolchevique no era a un montón de fanáticos decididos a llevar adelante el modelo de sociedad que inventaron viejos teóricos, sino a un montón de cínicos arribistas que conocen perfectamente el camino a seguir para vivir bien. En consecuencia, la vigilancia que implantaban sobre su sociedad, a la que pretendían hacer transparente, no iba dirigida contra los culpables, que raramente existían, sino contra los inocentes. Las dictaduras del Este no eran otra cosa que una sociedad de castas regida por el nepotismo y el favoritismo y donde la cercanía al poder permitía conseguir los privilegios materiales y vitales que se le negaban a la población, escondida tras la máscara de una sociedad igualitaria. En ellas, la división se establecía no entre ricos y pobres, sino entre los astutos y los sumisos, entre quienes habían adivinado las reglas del juego y sabían cómo jugar sus cartas y una población temerosa a la que se incitaba a cultivar los celos y a practicar la calumnia.

Haber conocido de primera mano ese mundo y ser consciente de que se asistía a un teatro de la existencia, a una divergencia abismal entre las convicciones explícitas de un régimen y sus prácticas reales, hizo que Todorov cayese en la cuenta de que la experiencia totalitaria incluye un tipo de contenido ideológico especialmente cerrado pero que, al mismo tiempo, lo trasciende. Así, tales regímenes contienen un intento de encarnar lo absoluto, pretendiendo crear un nuevo mundo a través de la transformación radical del ser humano (como describe aquí en el capítulo Artistas y dictadores) pero también se distinguen por las estrategias que implantan para conseguir los objetivos.

Por eso, Todorov encuentra en algunas de las figuras aquí retratadas, como Germaine Tillion, o Primo Levi justo lo contrario del totalitarismo, personas que sumidas en sus contradicciones no pueden ver el mundo en blanco y negro, unos porque su experiencia en los campos nazis les derrumbaron todas las certezas, otros porque creen que, mejor que ser vendedores de sueños, debemos tratar de iluminar parcialmente el mundo que nos rodea. Frente a esa creencia firme y rocosa en sistemas de gobierno social que dicen traer lo mejor para nosotros, o evitarnos los peores riesgos, a un precio demasiado elevado, Todorov apuesta por un humanismo crítico, por reunir piezas de un lugar y otro y por no dejarse seducir por ningún tipo de monismo. Y ello, también le lleva a alertar de hasta qué punto el liberalismo presente puede convertirse en un mesianismo. Para evitarlo, hemos de ser conscientes de que todos los mecanismos totalitarios, del signo que sean, tratan de acabar con la pluralidad y la diversidad de las aspiraciones humanas, y que lo mejor del liberalismo es su doctrina de la limitación de poderes. Pero tanto de los políticos como de los económicos.

La experiencia totalitaria.Tzvetan Todorov. Ed. Galaxia Gutenberg. 320 páginas. 22,50 €

Esteban Hernández en Vanitatis

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3 respuestas

  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Lo fascinante en la obra de Todorov, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2008, es su perspectiva, esa que le concede saberse un hombre de ninguna parte, en lo político y en lo geográfico. Tzvetan Todorov (Sofía, …..

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  2. No me he leido el libro pero la tesis me parece muy interesante, aunque tengo un serio problema, pues todavia soy parte del caldo cubano. Para poder llegar a un analisis y compresion mas profundo hace falta distanciarse del problema y eso para los cubanos todavia no es posible.

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    • Solo he llegado a leer el artículo que es muy interesante y hay que saber leer para entenderlo bien y no se si todo el mundo lo entenderá, al menos entre los ciudadanos españoles de menos de 40/45 años. El nivel cultural es muy malo.
      Por contra creo que tú si has sabido entender el artículo y creo que, en el caso cubano, llegará el dia en que se pueda estudiar ese fenómeno.
      A juzgar por las últimas declaraciones de Raúl Castro, al menos lo que ha trascendido a este lado del Atlántico, parece que ha dicho que o se ponen las pilas y cambian o se hunden en la miseria.
      Habrá que estar atentos. Procura no pasar mucho frio.
      Saludos.

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