Cuando Alemania pidió sopitas

En 1953, el Gobierno griego firmó con otros 21 países un tratado que aplazaba las deudas de la República Federal Alemana.

Yorgos Papandreu y Angela Merkel. / Archivo

¿Un inspector para Grecia?. La propuesta alemana de nombrar un ‘eurocomisario’ para vigilar las cuentas del país heleno, como condición previa para la entrega de nuevos fondos, ha echado más leña a la pira en la que se consumen los griegos. En Atenas, muchos se preguntan este fin de semana de qué sirve permanecer en el euro, a la vista de los sacrificios que exige Berlín, quizá no muy diferentes de los que afrontarían si abandonaran la moneda única.

El sur de Europa está inquieto por la espiral deflacionista que pueden provocar las reformas económicas -laborales, sociales, etc.- impuestas a machamartillo desde el norte. Tal vez algo más que inquieto. Los detractores de las autoridades germanas las describen como una elite arrogante que repite los errores económicos cometidos en los años treinta del siglo pasado y que han olvidado que su país ha llegado tan lejos, entre otros motivos, gracias a la generosidad inteligente de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.
Hay un año para recordar: 1953. Según relata Antoni Marí en el suplemento Culturas de La Vanguardia, entonces era la República Federal Alemana (RFA) la que no podía hacer frente a sus deudas, parte de las cuales eran las reparaciones de la Primera Guerra Mundial que Hitler dejó de pagar cuando llegó al poder. Veintidós países accedieron a ayudar a Bonn a través del Tratado de Londres, en virtud del cual se condonó la mitad las reparaciones y se aplazaron los intereses hasta la reunificación, un escenario muy lejano. Uno de los firmantes del acuerdo fue… el Gobierno griego.
Luego vinieron el ‘milagro económico’ alemán y, cuando el Muro cayó, la reunificación del Este y el Oeste. Pero no fue hasta 2011 que Alemania terminó de pagar el dinero pendiente de la Primera Guerra. Los historiadores y economistas -Keynes el primero- coinciden en que las condiciones del Tratado de Versalles fueron un error, ya que precipitaron los desórdenes financieros que acabaron en la Gran Depresión y abrieron el camino a los totalitarismos y la Segunda Guerra Mundial.
El destino es caprichoso. Una vez saldada su vieja deuda, el Gobierno de Angela Merkel se preocupa por las deudas de los demás, y en particular por la de Grecia. Pero un día fue Atenas la que perdonó a Berlín.
Javier Muñoz en Las Provincias

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Una respuesta

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