El legendario palacio del Caribe que nadie visita

Es una de las más destacadas atracciones en el hemisferio occidental, pero el Palacio Sans-Souci en el norte de Haití es rara vez visitado por extranjeros.

Décadas de inestabilidad política y falta de respeto a ley, o ausencia de ella, han hecho que Haití sea evitado por turistas.

Pero la historia del extenso complejo palaciego, cuyo nombre significa “sin preocupación”, me ha fascinado por más de 40 años.

Fue el hogar del primer monarca independiente de Haití, Henri I, también conocido como Henri Christophe.

Henri Christophe fue uno de las más prominentes figuras de la revolución de esclavos de 1791-1804.

El fin del control francés significó que la colonia de Santo Domingo, renombrada Haití por su nombre originario taíno. Se convirtió en la primera nación independiente del mundo liderada por negros.

Pero después de la independencia Haití se dividió en dos. Henri Cristophe se embarcó en la construcción de su palacio en 1810 y un año después se declaró a sí mismo rey en el norte del país. Su amada se convirtió en la reina Marie-Louise.

Sans-Souci se terminó de construir en 1813, costándole la vida a cientos, quizás miles de trabajadores.

En unas recientes vacaciones en la vecina República Dominicana, que comparte la isla La Española con Haití, vi que era una oportunidad demasiado buena de ver las ruinas como para desaprovecharla.

El palacio tiene vista a la capilla de Milot, donde Henri I fue coronado.

Me preguntaba si mi hija de 12 años, Isabel, compartiría mi fascinación con la historia.

Supe por primera vez del palacio cuando tenía más o menos su edad, cautivado por una obra sobre el rey Henri I interpretada por una moderna compañía de teatro francesa.

Como no hay excursiones organizadas a Haití desde la República Dominicana, y se encuentran muy pocos conductores de taxis dispuestos a correr el riesgo, no queda otra que encontrar alguien dispuesto a cruzar la frontera y que tenga un vehículo apropiado en Santo Domingo.

Costó, pero finalmente ese hombre, José, se materializó.

Apareció con una espaciosa camioneta equipada con aire acondicionado en la puerta del Hotel Jaragua. “Vamos”, dijo, agregando: “Pero recuerden, no es un buen momento para visitar el lugar”.

“Entonces, cuándo será un buen momento”, le pregunté.

“Nunca, realmente”, respondió con una sonrisa irónica.

Recuerdos amargos

La ruinas permiten vislumbrar el esplendor de otras épocas.

Como muchos de sus compatriotas, José tiene una visión no muy positiva de los haitianos y su país, una actitud enraizada en la invasión de Haití a República Dominicana después de la independencia.

El sentimiento es recíproco en los haitianos, que en particular sienten resentimiento por una matanza de hasta 30.000 haitianos inmigrantes que cortaban cañas llevada a cabo por el régimen de Rafael Trujillo en 1937.

Partimos bastante antes del amanecer, viajando entre plantaciones de banano, café y tabaco al pie de la Cordillera Central y llegamos al polvoriento cruce fronterizo de Dajabon, donde muchos civiles llevan armas y la policía hace las cosas fácil por un puñado de pesos.

Sobre el Puente, del lado haitiano, la localidad de Ouanaminthe es un retrato del caos, la miseria y la desesperación, con cientos de haitianos tratando cruzar a la República Dominicana.

Por todos lados se ve una gran cantidad de basura sin recolectar. Soldados uruguayos y chilenos, que forman parte de la fuerza de estabilización de la ONU, tratan de mantener algún tipo de orden.

Contratamos a un haitiano, Jouan, para que nos muestre el camino al palacio, ya que no está señalizado de ninguna manera.

“Este es un estado fallido en ruinas”, suspiró José, el conductor. “No confío en nadie aquí. Nuestro billetes parecen de juguete, ni siquiera tienen número de serie”.

Pero Jouan sacó un sucio billete de 50 gourde y lo señaló con el dedo una y otra vez.

“Mira, tiene un número de serie”, dijo, añadiendo orgulloso: “y dice senkantgoud, somos el único país del mundo en tener creole en nuestros billetes”.

“No, no lo son”, dije tímidamente.

“¿Quién más”, preguntó visiblemente afligido.

“Seychelles”, respondí aplacando su ánimo.

Después de pasar a través de pueblos con nombres curiosos como Limonada o Cruce de la Muerte en una carretera construida por la República Dominicana después del terremoto de 2010, finalmente llegamos a Milot.

Ecos del pasado

Las casas típicas de Milot son humildes y contrastan con el estilo del palacio.

El Palacio Sans-Souci se levanta majestuosamente por sobre el pueblo como una corona rota.

El gran edificio es ahora una ruina, tras haber sido severamente dañado por un terremoto en 1842.

En ese entonces Haití fue reunificado, Henri Cristphe no estaba desde hacía tiempo, y nadie se molestó en reconstruirlo.

No obstante, subir sus escaleras, entrar en sus habitaciones y terrazas espaciosas, permite ver por qué es considerado el Versalles del Caribe.

Algunos historiadores, sin embargo, creen que fue diseñado en base al palacio de Federico II el Grande en Potsdam, que lleva el mismo nombre.

Pero el Palacio de Federico II simbolizaba el Iluminismo de aquellos días, mientras que su par haitiano simbolizaba la tiranía y la megalomanía.

Henri Cristophe era un cleptócrata brutal, muy similar a la mayoría de los gobernantes haitianos que le sucedieron.

Dicen que se voló los sesos con una bala de plata después de sufrir un ataque en 1820.

Su viuda, la reina Marie-Louise, emigró a Europa y falleció en la lejana Pisa, en Italia, soñando con sus suntuosos bailes en la terraza de su amado Sans-Souci.

Bojan Kveder

BBC

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Una respuesta

  1. Información Bitacoras.com…

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