Recuerdos de Castillejos (الفنيدق). Sexto recuerdo II

La casa de los Umbría era la última de esa acera hasta llegar a la Aduana. A partir de ella, la carretera se ensanchaba formando una amplia explanada para favorecer el aparcamiento de los camiones que en sus trasiegos hacia el interior y exterior de Marruecos, tenían que tramitar los controles de mercancías y personal propios de una frontera aunque, en aquellos años, bastante relajada. El remate de esa acera, era unos urinarios de señoras y caballeros para uso de los pasajeros que cruzaban la frontera.

              Ya instalados en el inicio de esa calle donde vivía el catalán y subía hacia la fábrica de crin,  por el lado izquierdo con una hondonada, ya descrita en otro escrito, y por el lado derecho, con un pequeño riachuelo proveniente de las montañas próximas del norte encajonado entre dos orillas con abundante cañaveral y zarzamoras donde muchas veces lo recorríamos saltando, sobre las escasas aguas que llevaba, ya contaminadas por los desagües de algunas viviendas, con largas pértigas hechas con alguna gruesa caña  que cortábamos del propio cañaveral.

              A pocos metros de allí, una serie de casas de una planta formaba un trozo de calle junto al chalet de enfrente dónde vivía la familia catalana Arnau director gerente de la fábrica “Crinveca”  destinada a la fabricación de crin de palma, con la que se rellenaban colchones, y otros productos.

            De las cinco casas, solo recuerdo bien a dos de sus habitantes y a un tercero del que solo sabía que era marroquí y policía.

           En una de ellas, vivía la familia Borrego, que tenía dos hijos, Antonio, de mi edad y un hermano menor del que no recuerdo su nombre.

           Al lado vivía otro militar cuya graduación, creo que era teniente, casado en segundas nupcias de la que había nacido una niña, por entonces tendría  unos 6  ó 7 años y del primer matrimonio un chaval  estupendo, José Mª López Bustillo, un par de años mayor que yo. Bustillo, como lo llamábamos siempre, fue junto con Salvador Atienza, de mis primeros amigos en Castillejos.

            Bustillo no era muy alto, un poquito rellenito, de piel muy blanca y pelo rubiales pero, más que nada, se distinguía por una gran energía. Siembre iba como si tuviera prisa y sus movimientos eran rápidos, con fuerza, como si estuviera nervioso. Cuando corría, tenias que tener cuidado con no ponerte en su camino porque podía arrollarte como la embestida de toro bravo pero, en contrapunto, era noble, servicial, muy expresivo en sus gestos y un buen estudiante. Era el número uno de la clase de don Salvador en la escuela pública General Sanjurjo.

              Llevaría unos cuantos meses en el colegio cuando un día nos convocan a todos en el cine porque había una especie de concurso en el que participaban varios chicos y chicas del colegio ante un tribunal formado por los maestros D. Salvador Arias, D. Rafael Zaragosí, la maestra Doña Manolita, Sr. Antonio, el cartero y todos ellos presididos por el inefable padre Adolfo.

El concurso consistía en ver quien conocía mejor el catecismo y temas de la Historia Sagrada. Los concursante eran escogidos entre el alumnado que el profesor creía más adecuados, generalmente los más adelantados de la clase. Tras darle las instrucciones previas de lo que se había de aprender de memoria, les daba un plazo de tiempo suficiente hasta final del curso escolar en que se celebraría la competición.

             Habían dos equipos independientes el uno del otro; uno compuesto de cuatro chicos y otro formado por cuatro chicas, pues por entonces, todo se hacía por separado, ”los niños con los niños, las niñas con las niñas.”

             Llegado el día de la prueba se creaba una gran expectación por ver cuál de los participantes sería el ganador. Cada uno de ellos tenía sus seguidores entre los familiares y amigos que ese día acudían al cine para animarlos.

            No recuerdo si se celebraba en sábado o el domingo después de misa.

             La mecánica del concurso-examen consistía en al ser nombrado cada concursante, subía al escenario del cine donde, en una mesa sentados cara al público, el tribunal examinante le hacía sacar una bola con un número perteneciente al cuestionario que la suerte le había deparado. En él había una parte con una serie de preguntas, sacadas del catecismo del padre Astete, que aprendías de memoria, palabra por palabra y otro grupo de preguntas, extraídas del libro de Historia Sagrada, que comprendía desde el Antiguo Testamento, empezando por el Génesis, hasta terminar en el Nuevo Testamento con el Apocalipsis, lógicamente, en los pasajes más conocidos e importantes.

               En el ciclo de preguntas, se alternaba un chico y una chica cumplimentando el ritual del concurso, siendo analizado y valorado sus resultados por el grupo examinador que puntuaba la actuación y respuestas de los examinados. Uno a uno, cada concursante acababa su ciclo de preguntas y réplicas y tras un recuento de los puntos obtenidos, el interés iba” in crescendo” a medida que se iban eliminando, hasta quedar dos finalistas por cada uno del grupo femenino y masculino.

Ya en la ronda final, los ánimos de los competidores estaban en tensión siendo compartido, a su vez, por los asistentes, que se decantaban, por uno u otro de los participantes, según su afinidad familiar o amistosa con ellos.

               La lucha dirimida por los contendientes por ser el ganador se despejaba cuando, después de la última andanada de preguntas con los dos finalistas, mano a mano, sobre el escenario, uno de ellos, no respondía correctamente alguna de las cuestiones formuladas por el jurado, siendo el triunfador, el que menos fallos cometía.

              Entre los aplausos de la concurrencia al brillante vencedor se le premiaba con un magnífico reloj de pulsera marca Cauny o Dogma, dos buenos relojes suizos, que en aquellos años, era el sueño de todos los chicos  y chicas que empezaban a presumir de” mayores”.

              Aquél año se presentaron para el concurso Salvador Atienza, José Mª López Bustillo, Pepe Sevilla y no recuerdo quien más. En cuanto a las chicas, tengo un vago recuerdo de quienes eran, pero prefiero omitir sus nombres ante mi inseguridad.

             El reloj de los chicos lo ganó meritoriamente Bustillo, y fue el último año que se presentó, pero el de las chicas, realmente no tengo ni idea.

               Al siguiente año, Don Salvador me escogió para el concurso compitiendo con Atienza, Sevilla  y  Antonio Gil.  Recuerdo que, entre otras cosas, me preguntaron por la parábola “del hijo pródigo.” Hasta entonces, iba bastante bien, pero al  pedirme que explicara la historia de “los siete hermanos Macabeos  y su madre”, no pude responder porque no sabía quiénes eran, ni que les pasó, y… desde ese día, me he acordado de los siete hermanos con frecuencia, pero sobre todo…¡¡¡ de su madre!!!

             Yo quedé en tercer lugar y el nuevo reloj lució en la muñeca de Pepe Sevilla.

Foto cedida por Ángel Umbría

Terminada la hilera de casas, se abría una calle cuyo inicio estaba en el lateral de la iglesia y remataba en un bloque de viviendas de planta baja y un piso superior al que se accedía por una escalera abierta a la calle, a la espalda del frontón y colindante con la casa del Sr. Ángel Arnau (los catalanes). A ese grupo de viviendas se las llamaban “casas de Constantino,” posiblemente porque su dueño tenía ese nombre. En ellas vivían, entre otras, varias familias de militares legionarios, pero al único que conocía era a  Salvador Atienza Fernández que vivía con sus tíos y su prima que era unos cuantos años menor que él y a su vez, nosotros éramos de la misma edad.

             Nos vimos por primera vez cuando aún no hacía un mes de mi llegada, en circunstancias un tanto especiales con motivo de la boda de una de mis hermanas. Hasta entonces, apenas tuve contacto con ningún chiquillo, pues todavía no iba a la escuela.

              Mi hermana Fina llevaba algunos años de noviazgo con un excelente muchacho de nuestro pueblo canario y al venirnos de forma inesperada por el cambio de destino de mi padre, su novio, en un arrebato amoroso, no pudo soportar la ausencia y el temor de que su noviazgo, por la distancia, se enfriara, tomando ambos la valiente y romántica decisión de arreglar “los papeles“. Antes de llegar al mes de estancia, se presentó en Castillejos dispuesto a casarse ¡ya!  Una preciosa historia de Amor que el padre Adolfo se encargó de ponerles las suficientes trabas e inconvenientes para celebrar la boda en un día y hora normal imponiendo la condición de celebrarla un día de diario y a las 8 de la mañana.

               La boda, como no podía ser de otra manera, se celebró de la forma más sencilla e íntima ya que no habíamos tenido tiempo para crear vínculos de amistad   para tener compromisos de invitaciones.

              Bien temprano, en una mañana gris, fría y húmeda, el cortejo nupcial encabezado por lo novia  con vestido blanco, velo y ramo de rosas blancas al brazo de mi padre, que sería el padrino, seguidos por mi madre como  madrina, cogida al brazo del novio  con traje no recuerdo si gris o azul marino y, como acompañamiento,  el resto de los  hermanos (cuatro) que vinimos con mis padres, salíamos de nuestra casa caminando  por detrás del edificio de La Junta hasta llegar frente a la panadería, enfilando la pendiente y pedregosa calle hacía la iglesia ante el asombro y la curiosidad de las pocas personas que, en aquellas matutinas horas, se movían por las solitarias y descampadas calles de  aquel, todavía inhóspito para nosotros, Castillejos.

                 Entramos a la iglesia por la puerta lateral dirigiéndonos hacia el altar mayor donde esperaba el padre Adolfo junto a dos monaguillos y un señor (Antonio “el cartero”, por entonces, no conocíamos) que haría las veces de testigo. Ni siquiera una beata madrugadora ocupaba un asiento en las bancadas de la iglesia.

                 Celebrada la misa y ceremonia nupcial sin más pompa ni boato que el gran Amor de los contrayentes y el derroche del enorme cariño de quienes los acompañábamos, el exiguo séquito volvió a salir por la puerta lateral, deteniéndonos en el rellano de entrada de donde salían los seis o siete peldaños que bajaba hacia la acera distribuyéndonos, en ese espacio, para hacernos una foto como testigo gráfico del acontecimiento. En la foto, en primera fila en la parte baja de la escalera, dos chiquillos ajenos a la familia, en cuclillas, como únicos testigos extraños de la entrañable y familiar boda siempre están presentes en mi recuerdo… Eran los dos monaguillos, José Mº López Bustillo q.e.p.d. y Salvador Atienza Fernández,… mis primeros amigos… ¡Siempre los llevo en mi corazón!

               Desde  este primer momento que nos conocimos, Atienza y yo congeniamos enseguida, teníamos la misma edad y cuando empecé ir al colegio, pocos días después de la boda, tanto él como Bustillo, nos arroparon a mi hermano y a mí con respecto al resto de los chiquillos y nos introducían en el mecanismo de las clases y costumbres de juegos, para nosotros, un tanto diferentes. Luego, en la distribución dentro de clase, por edad, a mi hermano le sentaron junto a Bustillo y yo, junto a Atienza, lo que reafirmó nuestra incipiente amistad.

           Salvador era un chico delgado y espigado, parecía más alto de lo que era en realidad porque, generalmente, usaba pantalones mas cortos que el resto de los chiquillos, dejando al descubierto la mitad del muslo, dándole un aspecto de piernas más largas  que se potenciaba cuando corría dando grandes zancadas. Con frecuencia, sus pantalones cortos, se sostenían con tirantes cruzados a la espalda cosa común en la ropa Infantil de la época.

                 Salvador Atienza compartió conmigo dentro y fuera del colegio, estudios, juegos, amigos, lecturas, excursiones, concursos, cromos, tebeos, etc.… fue en definitiva un excelente amigo al que nunca he dejado de recordar con verdadero afecto.

 

En aquellos años, el uso de los pantalones cortos se alargaban siendo ya un “zagalón” hasta el punto que, los amigos, ya usando bombachos o largos, los familiares en visita y algún         “gracioso” desde un coche o al cruzarse contigo, te gastaban bromas o decían algo sobre que se te iba a salir el “pájaro” por el pernil del pantalón cuando ya se notaba el aumento  en la entrepiernas.

              El siguiente paso, después de una temporada en la que insistías en llevar los pantalones de “hombres”, cosa nada fácil conseguirlo, pues las madres te respondían entre cariñosas e impositivas, con — “eres chico todavía”– porque de alguna manera te consideran aún “su niño”, abrigando el temor de que empiezas a escaparte de su estrecho control maternal. No obstante, para calmar la continua queja, el complejo del chico y comprendiendo sus razones, consentían, como una concesión intermedia, vestirte de “hombrecito” con unos pantalones largos pero recogidos entre el tobillo y la rodilla formando una bolsa, dejando al descubierto un buen trozo de los calcetines. Este modelo, llamado ”pantalones bombachos”, era  como el símbolo de la transición de la niñez a la pubertad, soliendo ocurrir entre los doce a catorce años y a partir de  entonces, dejabas atrás los tirantes para usar, de forma continuada, la correa.

               Pero el gran paso, donde realmente empezabas a ser ”adolescente“, cuando se hace realidad que has entrado en la consideración de “mayor”, se produce cuando llega ¡por fin! los primeros pantalones largos, dejando definitivamente la niñez, equivaliendo, este cambio, a la entrada al mundo de los adultos, aún con limitaciones, pero adquiriendo una libertad y actitudes en tu entorno familiar y de relación, anteriormente reprimidas, ya sin vuelta atrás. Para esa importante ocasión de tus primeros pantalones largos se escogía un día de celebración de un acontecimiento señalado, como las fiestas del pueblo, una boda, tu cumpleaños, etc. donde, al margen de la importancia del acto o de los principales personajes, tú, te sentías el verdadero protagonista, receptor de todas las miradas y comentarios. Realmente era un día… ¡“grande”!

                El grupo de “casas de Constantino” daba fin a ese trozo de calle iniciada en la iglesia. En la otra fachada, frente a ese grupo de viviendas, era una tapia de unos 2 metros de alta haciendo de cierre, en la parte de debajo, de una enorme parcela  que se extendía desde el principio de la casa del catalán, formando con ella, una de las cuatro esquinas subiendo hacia la fábrica de “Crinveca”.  Pertenecía al Sr. Ibáñez, una familia de Ceuta. Dentro de la parcela había un precioso chalet rodeado de jardines y huertas. La entrada se hacía por la parte alta de la loma. A mano  izquierda, se iba hacia la escuela y las viviendas de los maestros y a la derecha, hacia la fábrica de crin,  a unas pocas casas  muy modestas de nativos, algunas huertas y varias  casas de españoles que no recuerdo quienes eran. Recuerdo que por esa zona, años más tarde, los padres de Erundina se hicieron una hermosa casa trasladándose toda la familia, incluidos don Juan y la propia Erundina.

              Hasta llegar a la fábrica “Crinveca”, se extendía, a un lado, la tapia del chalet y en la otra banda, era descampado con escombros de todo tipo y hoyos que cuando llovía se llenaban de agua formando charcas invadidas por ranas.

             Volviendo a la parte baja de la calle, en dirección hacia la iglesia, completaba la cuarta esquina un chalet decimonónico rodeado de un jardín protegido por una valla de mediana altura, dentro del cual, de una gruesa rama de un frondoso árbol, se balanceaba suavemente con el viento un columpio cuyo asiento era un trozo de goma ancha sacado de la parte lisa del interior de una gruesa rueda de camión.

            Para entrar al jardín había una ancha puerta de hierro forjado de dos hojas  de donde partía un camino de  pequeños guijarros que te llevaban directo a una  doble escalera  con 5 ó 6 peldaños que te conducía a un rellano  donde se encontraba la puerta de entrada al zaguán de la vivienda y al resto de ella.

            Yo había pasado ante ese chalet, montones de veces y nunca me percaté de quien vivía en esa vetusta casa y fue por el año 1953-54, que entré por primera vez en aquel patio con una misión casi impuesta.

               Por esas fechas, no hacía mucho que estaba viviendo en esa casa un capitán de la Legión muy unido por amistad, afecto, lealtad, confianza,.. con mi cuñado, también legionario pero con graduación de sargento. Se conocían desde mucho tiempo atrás y mi cuñado era, profesionalmente, su mano derecha, llevándole toda la administración  de los departamentos de los  cuales, el capitán, era responsable, y que yo recuerde haber oído, se trataba de la granja de Dar – Ríffien  y de Pagaduría del Tercio Duque de Alba. Ambos eran muy aficionados a la caza y con cierta frecuencia salían de cacería junto a otros oficiales amigos por las montañas circundantes de Castillejos.

              Como consecuencia de esa actividad cinegética, mi cuñado trajo un precioso y estilizado perro galgo color canela con toques en la cabeza y patas, blanco que, durante una buena temporada, yo cuidaba en el patio trasero  de mi casa donde estaba la leñera y una gran caseta para perro.

               Era muy dócil, obediente, leal, afectuoso y comía muy frugalmente, más que nada, ”chuscos “ mojados en agua y rancho sobrante de las comidas legionarias que, mi cuñado traía cada tarde. Me advirtió que le racionara la comida para que no engordara, así correría más rápidamente tras las presas y evitara darle carne con frecuencia, no obstante, yo desobedecía su encargo dándole algunos huesos y restos de carne de las comidas de mi casa que, el animal, comía con deleite y seguro me agradecía.

              Cada tarde, estaba deseando salir de la escuela para ir corriendo a casa y sacarle a correr. Apenas merendaba, bajaba al patio donde ”Boy” me esperaba impaciente conocedor de que había llegado el momento de sentirse libre y disfrutar de un largo  paseo donde podía  moverse a su gusto.

            Cogido de la correa, atravesábamos el tramo de carretera y a partir de allí, se la soltaba. Ya sin trabas que le limitara sus ágiles movimientos, atravesábamos el amplio terreno baldío de delante de mi casa hacia el Camino de Baeza. ¡Era un verdadero placer verle correr, parándose, de tanto en tanto, a olisquear algún rastro que, su instinto y su desarrollado olfato, le estimulaba!

             Atravesábamos todo el Camino, metiéndonos a veces por los bancales que daban al río  hasta llegar a él, continuando barranco arriba  llegando hasta donde, más tarde, se construyó el campo de fútbol. Disfrutaba enormemente viendo aquel derroche de vitalidad y energía y sobretodo me encantaba cuando, de vez en cuando, volvía su cabeza, para cerciorarse de mi presencia, más o menos, próxima.

              Pero el camino que más frecuentábamos y donde realmente ambos nos divertíamos en grande, cada uno a su manera, era ir por detrás de la escuela, hasta al cementerio marroquí, a la alberca y después subir la montaña de frente donde vivía mi cuñada María de la familia Cristóbal Santos, donde a veces hacíamos una corta parada para beber un poco de agua, sobre todo, el sediento “Boy”.

               Recuerdo especialmente una de aquellas salidas como una de las más angustiosa de toda mi etapa, no solo infantil, sino del resto de mi vida. Aquella tarde, como otras tantas, salimos con el mismo entusiasmo y alegría de siempre “Boy” y yo dispuestos a dar nuestro paseo mientras gozábamos del campo entre carreras y breves descansos. Encarrilamos el itinerario preferido, pues era el que más satisfacción y emoción nos causaba aunque, también, más cansancio nos producía. Atravesamos el llano hasta coger el camino bordeando el colegio para salir al cementerio marroquí y subir la montaña frente a la alberca. Dejamos atrás la casa de mi cuñada y a partir de ella, todo era monte virgen sin, ninguna traza de veredas, ninguna vivienda ni construcción a la vista hasta muy al interior donde se encontraban unos pequeños núcleos de casas que no llegaban a constituir siquiera una “kábila”.

             Las lomas estaban totalmente cubiertas de una amplia gama de vegetación mediterránea de poca altura en la que se entremezclaban tomillos, espliegos, algunas matas de romero, jaras, esparto, arbustos de brezo,… Pero la verdadera planta imperante de aquellas lomas, eran pequeñas palmeras enanas llamadas “palmiches” o “palmitos” que, formando grupos, se entendía por toda la montaña siendo, sus hojas palmeadas, la materia prima de la que se abastecía la fábrica “Crinveca” para la fabricación de escobas, cuerdas, esteras y crin para relleno de tapicerías y a falta de lana o por su alto precio, también se utilizaba para rellenar colchones. Pero su más deliciosa utilidad era poder degustar sus tiernos cogollos que, de vez en cuando, vendía algún “kabileño” en el mercado.

                Esto me trae a la memoria a Mohamed, un cabileño que cada mes bajaba de los montes del interior con un burro cargado con dos sacos de leña de raíces de brezo, huevos, algunos pollos y gallinas colgando por los costados de las albardas, palmitos y otros productos de su huerta  para vender.  Su primera visita era mi casa, pues mi madre siempre le compraba la leña y algunas de las otras cosas que traía. Era una estampa típica verlo asomar por el Camino de Baeza, él, subido sobre la leña del burro cargado, con una pierna encogida y la otra extendida a lo largo del costado del burro mientras la “mujera” detrás, le seguía a pié, cargada tanto como el burro de ramas de leña, encorvada por el peso, vistiendo  su colorido ropaje de rayas rojas  y negras  y tocada con un pañuelo cubriéndole la cabeza dejando al descubierto su lustroso y saludable campesino rostro y sobre él, un  voluminoso sombrero rematado con un adorno de gruesas bolas de lana negra  que a su vez formaba un grueso cordón para sujetarlo con un nudo al cuello. Guardo con verdadero deleite y cariño ésa costumbrista y tradicional imagen.

                 Mohamed y su esposa llegaban a la puerta de mi casa y en el zaguán gritaba: — ¡Mária!, ¡Mária!  porque para él, todas las españolas eran “Mária“, aunque  con mi madre, acertaba en el nombre.

               Luego gritaba: — ¿Tu “quere lenia”, “albaidas…”?, ¿tu “quere”?

               Mi madre bajaba y hacían sus tratos mercantiles. Generalmente le pedía a Mohamed que le cortara la leña en trozos más pequeños ya que las raíces del brezo son muy duras y en casa no había nadie que supiera hacerlo aunque mi hermano o yo, partíamos las ramas delgadas. Mohamed entraba la leña al patio y lógicamente previo pago, cortaba las duras cepas que se quemarían en la gran cocina “económica” de hierro.

              Lo mismo que para ellos todas las mujeres españolas se llamaban “Mária”, nosotros llamábamos Fátima, a las nativas cuando no conocías su nombre.

              Mientras Mohamed cortaba la leña, Fátima, descansaba y comía “jobs” ( خُبْز ) con aceitunas, queso y chocolate que le daba mi madre y bebía “el-ma”. Mohamed también participaba de la comida antes de irse de casa después de dejar algún pollo y una docena de “albaidas” que mi madre siempre le compraba, pero a nosotros, lo que más nos gustaba eran los palmitos, pero… no siempre traía. Le íbamos quitándoles las capas que protegían el corazón tierno, como las alcachofas, comiendo la parte inferior blandas de cada una y así, capa a capa, hasta llegar al cogollo blanco marfileño y tierno que se convertía en el mejor bocado después del entretenido “striptease” vegetal.

              Cuando la pintoresca y entrañable pareja campesina que, a duras penas hablaban cuatro palabras en español, abandonaban mi casa, iban contentos, ligeros de las cargas, con un puñado de pesetas para sus compras en Castillejos, comidos, con ropas para sus hijos, que, a mi hermano y a mí, se nos habían quedado pequeñas, pero en buen estado  y algunos comestibles que mi madre les obsequiaba.

              Tras este paréntesis narrativo de un repentino recuerdo, continuo  subiendo por la ladera hacia lo alto de la loma  sorteando palmitos, espartos, esparragueras, etc., mientras “Boy”, delante  de mí, olfateaba cada mata  que encontraba a su paso, saltando de una a  otra incansablemente… ¡De pronto! Se quedó parado, con todo su cuerpo alargado horizontalmente, en un estado de atención y tensión que nunca había visto en él. Yo también me paré, observando por un momento, con extrañeza, aquella desconocida actitud para mí. Me fui acercando, cauteloso, quedándome a pocos pasos detrás suyo, mientras “Boy”, se mantenía estático mirando fijamente hacia el interior de un matorral. El porte del animal en aquella hermosa escena parecía entresacada de antiguas láminas inglesas de cacerías. Durante un minuto permanecimos en ese estado de tensión sin atreverme a pestañear siquiera  por no romper la belleza de aquella estampa, hasta que un — ¡¡busca, busca!! —salió de mis labios con energía poniendo en marcha aquel manojo de estilizados músculos que se abalanzó hacia el matorral de donde saltó un asustado conejo que, repentinamente, corrió cuesta arriba seguido del veloz podenco, sorprendido, pero decididamente resuelto a darle caza.

             Mi ilusión y alegría, ante la inesperada cacería, se hacía patente por mis expresiones de ánimo que le dirigía al resuelto cazador.  Intenté seguirles, pero la rapidez y el zigzagueo de la carrera del hábil y listo conejo, unido a mi torpeza por esquivar los múltiples matorrales, me impedía mantener una distancia próxima ni siquiera con la vista y menos aún cuando,  después de alcanzar lo alto de la montaña, en  la ladera del otro lado, la vegetación era tupida, abundando más los arbustos que las plantas  bajas, haciéndome imposible seguir el rastro del escurridizo conejo  hostigado de cerca por el valiente, esforzado y ágil galgo que intentaba inútilmente darle alcance a causa de los continuos y rápidos  regateos del astuto y diestro orejudo roedor.

               Fui bajando la ladera todo lo rápido que podía, resbalando a causa de la pendiente y por el terreno pedregoso, mirando a un lado y al otro de la montaña intentando ver por donde se dirigía la persecución,  pero no veía movimiento de matas, ni se oía un mínimo ruido, ni “Boy” daba señales de vida. Continúe bajando dando gritos de llamadas — ¡¡”Boy, Boy, ven Boy!! —sin conseguir que el perro se acercara. Seguí bajando la ladera hasta llegar a lo más bajo de ella rastreando algún indicio del paso de la carrera a la vez que gritaba, llamándolo, desaforadamente.

               Recorrí de un lado a otro la hondonada y retorné sobre mis pasos, ladera arriba, dando voces cada vez más angustiosas mientras, la preocupación de que le hubiera pasado algo o se hubiese perdido, iba minando mi ánimo y mis nervios.

               Si dificultosa fue la bajada tras  acosado y acosador, la subida  se  me  se hizo muy penosa  e interminable,  no obstante  la abordé, haciendo un gran esfuerzo, subiendo en zigzag para  dejar el menos territorio posible sin  escudriñar con la esperanza de encontrar  alguna pista o facilitar que me escuchara y acudiera a mi, que no cesaba de llamarlo con gritos, cada vez, mas lastimeros.  Cada minuto se convertía en desesperanza comenzando a apoderarse de mi el desánimo y el temor de cómo justificaría ante mi cuñado y el resto de mi familia la desaparición del “ingrato” galgo.

               La tarde iba acabando con los últimos rayos del sol que aún iluminaba la parte oeste de la montaña y cuando por fin llegué a lo más alto e inicie la bajada hacia la alberca, apesadumbrado, totalmente agotado, pero sobretodo, desmoralizado…Lamenté, una y mil veces, haber venido aquella fatídica tarde que se prometía tan feliz y divertida, para convertirse en la más triste y angustiosa de mi infancia.

                 Bajé hacia el Camino de Baeza en un intento desesperado de rebuscar, hasta el último momento, todos los rincones de anteriores paseos repitiendo, incansable y descorazonadamente con afónicos ¡¡Boy, Boy!! a cada paso que daba, confiando y deseando ilusionado, verlo aparecer   saliendo de algún bancal, pero… ¡iluso de mi!, todo fue  inútil.

                  Desesperado, lleno de miedo, abatido y con los nervios a flor de piel, retrasé todo lo que pude, hasta hacerse casi de noche, la llegada a mi casa temiendo le reprimenda por llegar tan tarde y peor aún, sin el perro. Me sacudí el polvo de la ropa y me di cuenta que llevaba las desnudas piernas, por mis pantalones  cortos, llenas de arañazos ensangrentados por los matorrales y una llaga en un codo como consecuencia de un resbalón mientras  corría ladera abajo siguiendo la cacería.

                 Entré en el zaguán y fui subiendo muy lentamente la escalera, demorando el fatal encuentro y las explicaciones, con un estado de ánimo lastimoso… Pero había que enfrentarse a la triste realidad. Tembloroso, pulsé el timbre de la puerta y su ¡RING, RING! sonó como una deflagración, mas en mi corazón que en mis oído.

                 Abrió mi madre, que al verme desaliñado, cabizbajo, hecho un “cristo” de arañazos y con la correa vacía colgando de mi mano, exclamó entre preocupada y compasiva:

               — ¡Pero hijo! ¿Cómo vienes tan tarde y de esa manera? ¿Qué te ha pasado?—

                Ya no pude aguantar más. Rompí a llorar, amarga y desconsoladamente, abrazándome a su pecho buscando su refugio y consuelo, descargando, entre sus amorosos brazos, toda la tensión y angustia que traía acumulada. No podía articular palabra.

                Mi hermana y mi cuñado que esperaban mi llegada, me preguntaron:

               — ¿Y el perro?—

                Ante la temida pregunta, mi llanto se hizo más intenso y dolido. Quería articular palabras pero solo balbucía de forma imperceptible  sílabas  incomprensibles hasta que, entrecortado por los sollozos, exclamé como una liberación:

                — ¡¡¡…Lo…he… PERDIDO!!!— Rompiendo de nuevo en amargas lágrimas.

               Tanto mi hermana como mi cuñado, me arroparon con sus abrazos y con palabras de consuelo y cariño, me condujeron hasta la cocina, me hicieron salir al balcón y mirar al patio… ¡Allí, allí!, tumbado plácidamente ante la puerta de su caseta descansando de su gran carrera, estaba…

                 — ¡¡¡BOY!!—exclamé con un fuerte grito.

                Salí corriendo de casa y si siempre bajaba la escalera saltando de 5-6 peldaños de un golpe, en esta ocasión, por primera y única vez, me salté los últimos nueve peldaños de aquel tramo sin preocuparme del daño que me hice en la caída.

                 Al llegar al patio, me abracé a su cuello, envuelto en llanto, pero, esta vez, de alegría y felicidad, teniéndole entre mis brazos, acariciándolo, mientras “Boy,” meneando alegremente su larga cola, enjugaba mis lágrimas con incesantes cariñosos lametones.

                                                            Continuará…

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4 comentarios

  1. Información Bitacoras.com…

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  2. Mágnifico relato. Yo me pregunto si la alberca existe todavía.

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    • ¡Hola Juan! Toda la zona está superpoblada y donde estaba la alberca, es una redonda de las que abundan en todas partes. Lo único que se conserva en su sitio, pero muy amplificado, es el cementerio marroquí. Un abrazo.

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  3. Son tantos los recuerdos que llevo en mi memória que a veces invoco alguna excusa para no ir por allí. Te diré que la alberca, mi padre fue uno de los que participaron en su construcción. Siempre ohí decir que fue en el año 1934. Así que si algo queda de ella, habrá durado pues, tres cuartos de siglo . De todas formás no nos hagamos ilusiones, todos hemos hecho lo mismo; borrar las huellas del predecesor, y si posible no dejar ni rastro de la história. Cundo me peseo por España, me paro a veces a los pies de las ruinas y me doy cuenta de lo insignificantes que somos y lo efímero de la existencia.

    Un abrazo. Juan Santos Martín.

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