Valencia, siglo XX

Nevada en 1.960. Valencia

Nevada en 1.960. Valencia

Mal asunto si un partido contraataca con calderilla: de inmediato se hacen más evidentes sus apuros. El PP, como admiten Arenas o González Pons, está cercado. Los tribunales y la supuesta corrupción ciegan la ventana de la regeneración democrática. Y la crisis económica no deja alternativas. Arenas y González Pons apuntan a otras fuerzas ocultas responsables del acorralamiento –hay medios que en lugar de dedicarse al oficio, se dedican a intentar mandar–, pero en todo caso son fricciones episódicas. Cuando un partido vive esas horas bajas en las coordenadas de la opinión pública y ha de segar el perímetro de la opresión, a veces comete errores de amplias magnitudes. Uno de ellos: disparar munición mojada para obtener oxígeno. ¿Qué hacer con esa pólvora secular que usaba ya Pancho Villa? Nada. Sonreir. Ni siquiera sirve como placebo.
En 1983, el número uno del PPCV, Alberto Fabra, y su número dos, Serafín Castellano, estaban comenzando la carrera superior y meditando cómo ubicarse en el mundo mientras González y Boyer nacionalizaban Rumasa. El número tres del partido, César Sánchez, con cinco añitos, identificaba aún los elementos del universo sensible y aleatorio. José Císcar, más mayor, acabaría de visionar en algún cineclub remoto el postrero pase del Acorazado Potenkim, y los ocho años de Javier Moliner apenas le daban para fundir en la memoria el estallido del «caso Naseiro», que acabó sacrificando a un juez valenciano –Aznar, en las memorias, se lo agradece a Álvarez Cascos– y al propio Naseiro, sin más percances o damnificados. El único que sabía de la existencia de Raimon, que era de su pueblo, y de los lances cinematográficos de Nadiuska era Alfonso Rus, sazonada ya la veintena. 
Treinta años después, el PPCV se dedica a desempolvar legajos amarillentos, que es como aplicar el carbono 14 sobre algún hallazgo del Paleolítico que inoportune la teoría previa. Y «descubre» que la Diputación de Valencia, supuestamente, financiaba a un PSPV del que apenas queda rastro en la actualidad, aunque permanezca Manolo Rivas en las afueras, y por muchos años. No es por nada, pero si algo habían desmostrado el PPCV y el Consell era su fortaleza hercúlea, que alcanzaba límites cósmicos: desde la calle Quart y desde el Palau eran capaces de voltear los hechos, perseguir la realidad inconveniente a garrotazos y proyectar sobre la ciudadanía lo contrario de lo que estaba aconteciendo. Un espectáculo de eficacia. De modo que cuando observas hoy a algún dirigente del PPCV, o del Consell, pregonando lo mal que se portaron los responsables de la Diputación de Valencia hace tres décadas –cuando Kohl se convirtió en canciller, EE UU invadió la isla de Granada, Alfonsín ganó en Argentina y España digería los 202 diputados socialistas–, renace un sentimiento de desesperanza. ¿Cómo se recurre hoy a un episodio que entronca con los capítulos de la «memoria histórica» o los documentales de «España, siglo XX»? Una cosa es fabricar libros de Historia y otra, hacer política. Algo sucede y para mal.

Jesús Civera en Levante-emv

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3 comentarios

  1. Información Bitacoras.com…

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  2. La verdad es que estoy totalmente harta y hastiada de tanta corrupción y tanta mierda…. ¿es que no hay políticos decentes? sabemos que España es un país de picaresca pero se pasan un pelín, o toda una cabellera jejeje, la verdad es que no me hace ni puta gracia (con perdón) pero dicen que es preferible reir que llorar…
    Un abrazo Jon TQM,

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    • La cosa ya pasa de castaño oscuro y no se apean del burro ni un ápice ninguno de nuestros representantes políticos, lo que más pena me da es la ceguera y aborregamiento de una parte importante de nuestra sociedad incapaz de decir ¡basta!.
      Un abrazo Ross.

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