Felipe V y Cataluña: el final de la guerra

Grabado del asalto final a Barcelona el 11 de septiembre de 1714 (Wikimedia Commons).

Grabado del asalto final a Barcelona el 11 de septiembre de 1714 (Wikimedia Commons).

El 11 de septiembre de 1714 Barcelona, que había hecho caso omiso a los Tratados de Utrecht y Randstad, entre Felipe y Carlos, cae ante el ejército borbónico después de una resistencia ciertamente numantina. La guerra, prácticamente (aún quedarían escaramuzas y algún levantamiento posterior), ha terminado.

Y Barcelona en concreto y Cataluña en general, ha sido vencida en una Guerra de Sucesión en la que defendían un candidato, su candidato a ocupar el trono de España. De hecho, el famoso y nada heroico ni mártir conseller en Cap, Rafael Casanova, ante cuya estatua se hace el homenaje nacionalista todos los 11 de septiembre, cuando arenga a los defensores de Barcelona con el estandarte de Santa Eulalia en las manos, les dice: “Señores, hijos y hermanos: hoy es el día en que se han de acordar del valor y gloriosas acciones que en todos tiempos ha ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no somos dignos de ser catalanes e hijos legítimos de nuestros mayores. Por nosotros y por la nación española peleamos. Hoy es el día de morir o vencer. Y no será la primera vez que con gloria inmortal fuera poblada de nuevo esta ciudad defendiendo su rey, la fe de su religión y sus privilegios”. Luchaban pues, por España, por su forma de concebir España.

Tenemos por tanto un primer hecho no interpretable, sino objetivo: Barcelona, Cataluña, que luchaban por una idea de España, son vencidas en la guerra.

Un segundo hecho cierto y objetivo: fueron vencidas por aquel al que habían jurado como rey y quien, a su vez, les había jurado sus leyes, fueros y constituciones, para luego darle la espalda y apoyarse en su lucha contra él en ingleses, holandeses y austriacos. Jurídicamente estamos ante un delito de lesa majestad, de traición.

Estos dos hechos son la causa. Los efectos no tardan en producirse desde el momento mismo de la victoria de las armas felipistas. Y desde que el bárbaro Breno espetara a los romanos aquello de Vae Victis, los vencedores en una contienda bélica, la que sea, no han solido ser clementes con los vencidos. ¿Fue peor Felipe de Borbón que otros en su tiempo? Algunos ejemplos: En 1628, los ejércitos reales franceses, con Richelieu al frente, entran en La Rochelle, hugonote y aliada con los ingleses en contra de su propio rey. Los efectos: por el Edicto de Arlés de 1629 se les suprimen todos sus privilegios territoriales, militares y políticos, dejándoles tan sólo la tolerancia a sus creencias, que había sido otorgada por Enrique IV en el Edicto de Nantes. De lo uno y lo otro son destinatarios los 5.000 habitantes que, de una población de 27.000, habían sobrevivido tras catorce meses de asedio.

Sigamos: en 1650 Oliver Cromwell arrasa Escocia tras una devastadora conquista de Irlanda de una manera cruelísima a decir de todos los historiadores. En 1763 (las costumbres siguen imperecederas) los británicos vencen a los franceses en su contienda en Canadá. De inmediato los ciudadanos franceses son declarados “súbditos británicos”.

A más a más como suele decirse por ciertos lares hispanos. Durante la propia Guerra de Sucesión que acaba de terminar. Los maulets de Valencia, fundamentalmente campesinos que inocentemente esperaban que el archiduque Carlos aboliese los privilegios nobiliarios y señoriales, al mando de Joan Baptiste Basset, entran en Valencia sin disparar un tiro, pues la ciudad se rinde sin oponer resistencia. El tal Basset se autoproclama virrey en funciones, deroga los impuestos que perciben los nobles, deja de pagar impuestos al rey y tolera primero las persecuciones a los borbónicos para, después, arrestarlos y confiscar sus bienes. El desaguisado es tan monumental que Lord Peterborough, que llega al mando de un ejército austracista, se ve obligado a enmendarlo, enfrentándose con revueltas populares en contra de Carlos III y a favor de Basset.

Es la guerra. Y en la guerra los vencedores imponen sus normas a los vencidos. Así era antes de esta Guerra de Sucesión, así fue en ella, y así ha venido siendo hasta nuestros días.  Y esto, también es un hecho.

Veamos entonces estos efectos impuestos. Tal y como habían hecho los austracistas en Valencia (y no sólo allí) a los borbónicos, los vencedores comienzan una política de confiscaciones de bienes de los seguidores del archiduque. Se produjo. Es también un hecho cierto. Pero como resulta que no sólo hubo austracistas en Barcelona o Cataluña, resulta que en esto de las confiscaciones al principado no le fue tan mal. Porque la hacienda borbónica obtuvo unos ingresos por dichas confiscaciones de 2.860.950 reales de vellón de… Castilla. De Cataluña “sólo” obtuvo 1.202.249 de reales. Menos de la mitad. Es decir, que en lo que toca a dinero, a llorar con un solo ojo como dicen los castizos.

Sobre medidas personales o vecinales, también las hubo. Y bajo el punto de vista de un ciudadano del siglo XXI, fueron indudablemente crueles: detención y encarcelamiento de los generales defensores, como Villarroel (que poco antes del asalto final había aconsejado negociar y que, por cierto, en una de sus arengas en Barcelona había espetado, fuerte y claro que “combatimos por toda la nación española”, lo que llevó a afirmar al nada sospechoso de proborbónico, Pierre Vilar que “le patriotisme désespéré de 1714 n’est pas seulement catalan mais espagnol”), o como al ya citado Joan Baptiste Basset; la ejecución atroz del general Josep Moragues; detenciones masivas, requisa de armas y la construcción, como símbolo vigilante, de La Ciudadela, para la que hubo que derruir mil casas del barrio de La Ribera que, por otra parte, fue el barrio más rebelde y el más castigado por los bombardeos durante el asedio.

Y llegamos a las medidas jurídico-políticas, a los famosos Decretos de Nueva Planta. Y aquí hay que hilar fino y con tiento.

“La Nueva Planta de la Real Audiencia del principado de Cataluña, establecida por su Majestad”, instituida por Decreto de dieciséis de enero de 1716, que así se llama realmente el Decreto de Nueva Planta para Cataluña, llega después de que a Aragón, Valencia y Mallorca les hubiesen aplicado los suyos (sus Decretos de Nueva Planta). Y ello hace que, a pesar de lo que pueda parecer y del enconado ánimo del rey traicionado contra Cataluña, este Decreto venga ya muy suavizado y tamizado. Pero aquí entramos en materia de la que Clío no es ya musa.

El espejo de Larra- Voz pópuli

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