Suárez, la muerte de un gigante

Enrique Tierno Galván (d) firma los 'Pactos de la Moncloa' Leer más:  Suárez, la muerte de un gigante - Blogs de Mientras Tanto  http://bit.ly/1gpZnKl

Enrique Tierno Galván (d) firma los ‘Pactos de la Moncloa’

El que fuera presidente del Gobierno de España durante la Transición, Adolfo Suárez González, ha fallecido hoy en la Clínica Cemtro de Madrid. Finalmente, la enfermedad que le mantenía ingresado desde hace días en el hospital ha ganado la partida. Suárez padecía desde hace años Alzheimer, lo que le mantenía alejado de la vida pública. Tras el anuncio de su hijo, Adolfo Suárez Illana, sobre el empeoramiento de su padre, políticos, periodistas y personajes de la cultura habían glosado su trabajo. El portavoz de la familia Suárez, Fermín Urbiola, anunció a las 15:14 horas de hoy a los medios de comunicación en el exterior de la clínica Cemtro el fallecimiento del expresidente. “Por expreso deseo de la familia, vengo a comunicaros que Adolfo Suárez ha muerto. Muchas gracias por todo vuestro cariño”, ha señalado Urbiola a los periodistas.

¿Quién era Adolfo Suárez? Probablemente, una de las mejores definiciones del político abulense la hizo el profesor Fuentes Quintana, una personalidad muy distinta a la suya. Fuentes, que fue su vicepresidente económico, solía comentar que Suárez “era un milagrero”. Pero no lo decía de forma despectiva. Al contrario. Sostenía que lo confiaba todo a un olfato político que, por entonces (al principio de la Transición), nunca le había fallado. Su seguridad era tal que nunca vio la necesidad de alcanzar grandes pactos en medio de un proceloso tiempo político pese a no contar con mayoría suficiente para gobernar.

Él no lo veía. Pensaba en un empréstito exterior a bajo coste para salvar el bache”, recordó en una entrevista años después. “Recuerdo que al llegar agosto [de 1977] me dijo:

-‘Vete de vacaciones, ya verás cómo en septiembre u octubre hemos encontrado la solución’.

“Me fui a La Rábida”, continúa Fuentes, “y empecé a hacer un esquema sobre la base de un pacto social y de una política de consenso. Cuando volví, Suárez me preguntó en qué había pensado, y le dije que en un programa económico que o se aprobaba o me iba del Gobierno. Esto le sorprendió, pero me dijo:

-‘Reúnete con tus colaboradores y pasadlo a limpio’. Al terminar septiembre lo habíamos acabado. Fue entonces cuando comenzaron a negociarse los Pactos de la Moncloa.

En otra ocasión, y en medio de una subida imparable del petróleo, Suárez vio en los petrodólares la solución a los problemas energéticos de España.

‘Yo te traigo los dólares que quieras de los países árabes’, decía.

Fuentes le respondió tirando de pedagogía: “Pero si nos los gastamos no habremos resuelto nada, seguiremos teniendo inflación y además, una deuda con los países árabes”.

Como se sabe, la política exterior de Suárez tenía mucho de alternativa, y, de hecho, España llegó a participar en reuniones del movimiento de países no alineados liderado por la Yugoslavia del mariscal Tito. Ahora está claro por qué. Está acreditado que el rey (mandatado por Suárez) le pidió al Shah de Persia 10.000 millones de pesetas de las de entonces para que España no entrara en bancarrota y así evitar que ganaran los socialistas de Felipe González.

Un problema de soberbia

Así era Suárez. Un animal político que, sin embargo, sabía escuchar. Eso es lo que le diferenciaba de otros carismáticos presidentes, que han sido incapaces de recibir consejos por un problema de soberbia. El pecado de Suárez, por el contrario, era la ambición. Contó en alguna ocasión que cuando era adolescente (de misa diaria y muy próximo a los jesuitas) y alguien le preguntaba qué querría ser de mayor, él decía siempre que presidente de la Tercera República, sin duda influido por su republicano padre. Obviamente, nunca lo fue. Al contrario. Paradójicamente, nadie ha apuntalado más a la Monarquía que el propio Suárez.

En honor a la verdad, sin embargo, habría que decir que también construyó un nuevo Estado a partir de las ruinas de un régimen cuyas tripas conocía como pocos. Y es que Suárez había empezado desde abajo. Desde muy abajo. Hasta el punto de que antes de ingresar como funcionario en el Movimiento, y para ganarse la vida, había llegado a actuar de extra en Orgullo y Pasión una macroproducción de Stanley Kramer rodada en las murallas de Ávila con Cary Grant, Sophia Loren y Frank Sinatra. Ahí es nada.

Su apoyo primigenio fue el magistrado Mariano Gómez de Liaño, que fue quien habló muy bien a Fernando Herrero Tejedor -un fiscal de Castellón que prometía- de un joven abogado de Cebreros con familia desestructurada (que se diría hoy) por los problemas de deudas del padre.

Ya en Madrid, y con 25 años, entró en nómina de la Secretaría General del Movimiento, a donde había llegado de la mano, de nuevo, de su tutor político, el propio Herrero Tejedor, quien había escalado puestos dentro del régimen al abrigo de su doble simpatía por el opus dei y la falange. Él fue quien hizo a Suárez su secretario personal en el gobierno civil de Ávila.

Suárez vivió inicialmente en Madrid en una pensión, pero gracias a su nómina en el aparato político e ideológico del régimen, pudo ingresar en el colegio mayor Francisco Franco, donde un pequeño grupo de jóvenes falangistas que no habían participado en la Guerra Civil, como Rodolfo Martín Villa, Juan José Rosón y un hermano del propio Herrero Tejedor velaban armas para su particular asalto al poder. En una ocasión, Suárez habló de la generación-puente para referirse a quienes no habían participado en la guerra civil, pero que tampoco habían conocido la democracia.

Suárez nunca fue un estudioso e incluso llegó a suspender unas oposiciones para jurídico de la Armada pese a trabajar en el Movimiento y contar con el apoyo de Hermenegildo Altozano, gobernador civil de Sevilla.

Ansón y Carrero

Aunque lo que sí aprendió era a moverse en los cenáculos del poder con un pie en la Falange y otro en el Opus. Sin olvidar el papel de Rafael Ansón, por entonces responsable del departamento de relaciones públicas de Presidencia. En la España del pluriempleo, Suárez trabajó por las tarde allí, lo que le permitiría estar muy cerca de López Rodó y, por extensión, con el almirante Carrero Blanco, el protector del padre del desarrollismo español. Ansón le enseñó a comunicar y a planificar campañas de imagen, algo que ha marcado toda su vida.

SuarezSe cuenta que para ganar un asiento como procurador en las Cortes franquistas, y dado que por entonces era director de TVE (eran los últimos años 60), obligó a que los protagonistas de La Casa de los Martínez, la popular serie de la sobremesa, veranearan en el valle del Tiétar toda vez que él se presentaba por Ávila. No hace falta decir que lo logró, aunque hay quien habló de pucherazo y llevó el recuento a los tribunales.

Aunque su cita más importante fue la que tuvo en enero de 1969, recién nombrado gobernador civil de Segovia, con los príncipes. De aquel encuentro (por aquel tiempo también conoció a Fernando Abril Martorell) nació una amistad que para nada fue casual. El príncipe (ninguneado por los falangistas) necesitaba apoyos dentro del régimen, y nadie mejor que alguien que ya conocía los entresijos del poder y no procedía de la carcunda del Movimiento. Suárez no había elegido ser el jefe político de Segovia por casualidad (título aparejado al de gobernador civil), sino porque sabía que en La Granja se celebraban las recepciones de verano de Franco y desde allí podía hacer carrera. También lo logró. La legendaria capacidad de seducción de Suárez en estado puro.

En pocos años, el ‘huracán’ Suárez había conseguido un triple objetivo: estar políticamente bien asentado en el régimen (había trabajado en el Movimiento y en el ministerio de la Presidencia con Carrero Blanco), dirigir la única televisión que existía, y, probablemente, lo más importante: conectar con el heredero, el príncipe, a quien visitaba de forma asidua en Zarzuela para sacarlo espléndido en los telediarios a la espera de la muerte del dictador.

Este verdadero ‘acontecimiento planetario’ -que diría Pajín- es el que sin duda evitó que la Transición descarrilara. Por supuesto, con la colaboración activa y decisiva de los partidos de la oposición democrática, a quienes Suárez intentó camelar nada más llegar a la presidencia del Gobierno.

Pero antes de ese acontecimiento, Suárez volvió a demostrar que su olfato político era imbatible. Su intuición le dijo en los primeros años 70 que había llegado el final de los tecnócratas del régimen liderados por López Rodó y el Opus Dei, y fue entonces cuando comenzó su acercamiento a una figura clave en su vida: Torcuato Fernández-Miranda, vicepresidente en el gobierno de Carrero Blanco y ministro-secretario general del Movimiento. Autor de aquella frase celebre: ‘De la Ley a la Ley y a través de la Ley’.

El harakiri del régimen

El asesinato de Carrero lo cambió todo. Fernández-Miranda (el  vicepresidente del almirante) era el mejor colocado para sucederlo, pero el entorno de un decrépito Franco (el marqués de Villaverde) impuso a Arias Navarro, mientras que su amigo Torcuato era relegado a presidente de las últimas Cortes franquistas. La suerte, sin embargo, se alió de nuevo con Suárez. Desde las Cortes, el encargado de formar políticamente al Príncipe (Fernández-Miranda) favoreció posteriormente un hecho insólito en una dictadura: que los procuradores del régimen se hicieran el haraquiri. No fue la única vez.

En marzo de 1975, el fiscal Herrero Tejedor, su viejo amigo y padrino político, a caballo entre la falange y el opus, había sido elegido ministro-secretario general del Movimiento, y fue él quien le hizo su número dos en el aparato político del régimen. Herrero Tejedor era ya un ‘hombre del príncipe’, pero apenas unos meses después de su nombramiento un brutal accidente en Adanero (Ávila) del Dodge Dart en el que viajaba segó su vida. La de Adolfo Suárez comenzaba a emerger. Aunque ya no como un mando del régimen tremendamente ambicioso, sino como una de las tres patas fundamentales que dieron origen a la primera Transición, todavía con Franco vivo y rodeado de oscuras camarillas. Las otras dos eran el propio Fernández-Miranda y el rey.

Había llegado el momento de Adolfo Suárez. Se equivocó el periodista Luis Ángel de la Viuda cuando dijo que “la vida política de Adolfo se ha acabado”.

Todo lo contrario. La creación de la Unión del Centro Democrático (UCD) fue un pacto entre todas las viejas familias políticas que pululaban en el entorno del franquismo. Unas con cierto pedigrí democrático y otras procedentes de la caverna, pero ninguna de ellas vinculadas directamente a la guerra civil. Un verdadero salto histórico.

Sólo una personalidad como la de Suárez pudo meter en el mismo barco (aunque fuera de forma temporal) a democristianos, antiguos falangistas, populares y populistas, monárquicos carcas y también a progresistas que querían estar cerca de la Corona o a socialdemócratas ligth que nada más salir del Consejo de Ministros corrían a contar lo que allí se había dicho a los periodistas. Un verdadero Gobierno de concentración, pero en un mismo partido.

Pero el barco de los milagros -repleto de intrigantes y conspiradores de salón- tuvo una travesía corta, aunque fértil. La política (en el peor sentido del término) acabó, paradójicamente, con el político de más oficio y más acostumbrado a pelear en el barro y en el cuerpo a cuerpo. Su extraña dimisión de la presidencia del Gobierno y aquel célebre Congreso de UCD en Palma de Mallorca, forman todavía hoy parte de los grandes enigmas de España, como el 23-F. Su tiempo político se había agotado en medio de una formidable crisis económica y con el martillo terrorista golpeando día a día. Muchos de los que hoy le lloran, le atacaron sin piedad. La mayoría de su propio partido. Si es que se puede llamar así a UCD.

Suárez pudo renacer políticamente durante algún tiempo a través del Centro Democrático y Social (CDS), pero ya por entonces la apisonadora socialista de los años 80 no daba suficiente campo de juego para políticas centristas, pese a que su olfato político -que nunca le había fallado- seguía casi intacto.

Ahora que parece políticamente rentable acusar a la banca de todos los males de la economía, merece la pena recordar que Suárez -en un programa de máxima audiencia emitido por la única televisión que por entonces existía- fue el primero que denunció que la banca no le prestaba dinero para poder concurrir a las elecciones en igualdad de condiciones. Lo capitalizó electoralmente, pero fue flor de un día. Ya por entonces su figura política se apagaba. Incluso, nunco hizo caja de su pasado como presidente del Gobierno. Su despacho de Antonio Maura salíó adelante a duras a penas y sólo el apoyo económico de promotores inmobiliarios como Luis García Cereceda (también mecenas de altos cargos del PSOE) le sacaron de la ruina.

La figura de Suárez volvió a demostrar que la política española es poco propicia para el pensamiento híbrido o matizado. O socialistas o conservadores en el sentido derechista del término o comunistas o socialdemócratas. O simplemente demagogos o nacionalistas que buscan pescar en río revuelto. Y Suárez, que era un poco de todo eso, era un estorbo. Ya ha dejado de serlo.

Carlos Sánchez en El Confidencial

Fuentes y libros recomendados:

Adolfo Suárez. Carlos Abella. Biografías Vivas. ABC.

Adolfo Suárez. Historia de una ambición. Gregoria Morán Planeta 1979

Suárez y el rey, Abel Hernández. Espasa. 2009

Puedo Prometer y prometo. Fernando Ónega. Plaza y Janés 2013

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