Barcelona, martes 11 de septiembre de 1714

Desde La Vanguardia.

Desde La Vanguardia.

Paseando por la Barcelona de antes del asedio no costaba mucho darse cuenta de que era una ciudad dinámica, con una economía pujante y una vida social, cultural y cotidiana intensa. Estaban muy presentes la fiesta, la danza, la música, el juego en espacios públicos, el teatro y el ocio en los jardines. Las condiciones de vida del conjunto de la población iban mejorando, como se podía apreciar, por ejemplo, en los centenares de productos vendidos en las abacerías de la zona del Born, en la diversidad de tulipanes cultivados en los jardines de la Fusina o en las largas series de piezas teatrales representadas en la Casa de Comedias de la Rambla.

El asedio lo ha cambiado todo. El juego en los trinquetes está prohibido, las plegarias ocupan el sitio de la fiesta y, sobre todo, el hambre es desde hace meses un problema terrible. Además, hoy, 11 de septiembre de 1714, se puede comprobar que las bombas enemigas han afectado ya a todas las casas, sin olvidar ni una. Lo más relevante del asedio es que el conjunto de la población soporta un bombardeo dirigido “a la ruina de las casas”, es decir, indiscriminado.

La resistencia, en todo caso, no es pasiva. Además de los soldados, los hombres de todos los oficios defienden la ciudad formando parte de la Coronela, y también colaboran, como pueden, muchas mujeres, viejos, niños y religiosos. Algunos partidarios de Felipe V no han querido tomar las armas en contra del monarca borbónico y se han refugiado en lugares como el monasterio de Sant Pau. La Coronela ha amenazado con llevarlos a luchar a la fuerza en los baluartes más expuestos, pero no lo ha hecho.

En el final de los combates, un cronista barcelonés escribe: “A la una de la madrugada de hoy, el ejército de los sitiadores, aprovechando la oscuridad, ha avanzado de improviso y con gran furia e ímpetu, atacando todas las brechas de la muralla y de los baluartes. En la ciudad se ha respondido con rapidez. El Pla de Palau y las calles próximas se han fortificado con cañones, y las mujeres y los niños han hecho trincheras con toneles, muebles y colchones. Al mismo tiempo, desde los altos de las casas vecinas se ha disparado incesantemente contra las tropas enemigas. Finalmente, avanzada la madrugada, se ha parlamentado y ha sido declarada una suspensión de armas”.

Aún bien sonora la furia de las armas, tiene lugar en Santa Maria del Mar la boda de Sebastià Molet, capitán del regimiento de Sant Narcís, y Leocàdia Comellas, hija de un tejedor de velos. En el día más difícil que ha vivido nunca la ciudad, el acto aporta una brizna de esperanza. Poco después, el cribador Gabriel Lleonart llama a un notario para darle su testamento manuscrito. El escribano Francesc Minguella, el hombre “digno de fe” escogido por Lleonart, acude con presteza a casa del moribundo para atender su necesidad de fe pública.

Como hoy mismo, durante todo el asedio los comportamientos de los barceloneses han sido los de una sociedad que respeta la cosa pública y los valores de ciudadanía. Se ha seguido cumpliendo con las maneras de hacer en común, ratificando las acciones realizadas gracias a la fe pública otorgada por los notarios. A pesar de todas las dificultades, estos han redactado capítulos matrimoniales, testamentos o fes de vida, y no han dejado de desplazarse por la ciudad, bajo las bombas, para realizar inventarios post mortem o asistir a subastas.

Eso puede sorprender a alguien que no conozca bien esta sociedad. El hambre y el miedo sufridos estos meses los podía prever todo el mundo, pero quizás cuesta más entender que Jerònima Grimosachs, que hace unos días perdió al marido en la muralla, que ha visto caer su casa bajo las bombas, que tiene todos sus muebles diseminados por la ciudad, que ahora vive refugiada en un convento, haya querido cumplir escrupulosamente con los plazos marcados por las Constituciones para hacer el inventario post mortem de los bienes del difunto esposo.

Hasta hoy mismo todo ha ido en el mismo sentido de respeto a los usos, la costumbre y las leyes. Actos como los entierros, por ejemplo, se han realizado como es debido, como se han hecho siempre en épocas de paz. No ha habido nunca ninguna precipitación producto de la situación desesperada de los asediados. Después de la defunción de alguien, un notario ha hecho público el testamento y los albaceas se han encargado de cumplir con las últimas voluntades del finado: lugar de la sepultura, forma de hacerla, misas a celebrar, iglesias donde oficiarlas… A pesar de las bombas y el hambre, muchas personas han intervenido en los actos posteriores a las muertes: los carpinteros han hecho con todo cuidado el baúl del difunto, los tenderos han confeccionado las telas para la caja, los herreros han clavado las tachas, los vidrieros han proporcionado los cañones con el letrero dentro para identificar el cadáver, las chicas de la Casa de la Misericordia han acompañado los entierros…

La continuidad, durante el asedio, de las maneras cívicas de proceder ha resultado del todo coherente con una sociedad que ha seguido fuertemente vinculada a sus fundamentos. La voluntad de hacer siempre aquello que indican los usos, la costumbre y las leyes no ha cesado. En algunas cosas esenciales que la caracterizan, la sociedad asediada ha seguido siendo, durante los cuatrocientos catorce días de asedio, la misma sociedad que antes.

Albert García Espuche en La Vanguardia

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