El hombre que no quería asilo

El escritor ecuatoguineano Juan Tomás Ávila Laurel Roser Vilallonga

El escritor ecuatoguineano Juan Tomás Ávila Laurel Roser Vilallonga

El novelista, ensayista, dramaturgo y poeta guineano Juan Tomás Ávila Laurel, de 49 años, es uno de los escritores africanos actuales más reconocidos. Miembro de la sección catalana del PEN Club Internacional, una asociación mundial de autores que promueve la libertad de expresión, ha pronunciado conferencias en universidades de Europa y América. Escribe en castellano y sus obras, merecedoras de premios internacionales, se han traducido al inglés. Es autor de una docena de novelas, libros de relatos, piezas de teatro y poemarios. Dos de sus títulos más aplaudidos son Avión de ricos, ladrón de cerdos (El Cobre Ediciones) y Arde el monte de noche (Calambur Editorial).

Juan Tomás Ávila Laurel es todo eso y muchas cosas más.

La mirada de este hombre valiente resume el desgarro de quienes tienen que huir de su país con lo puesto. Siempre resultó incómodo para el régimen de Teodoro Obiang, en el poder desde 1979 y el dictador más longevo de África desde la caída de Gadafi. Al principio no prestó mucha atención a los ruegos de sus amigos, que le pedían que se mudara a otro sitio más céntrico, “donde estés siempre rodeado de gente”. Vivía en el barrio de Ela Nguema, a las afueras de Malabo, en una casa aislada. Al final les hizo caso.

Lo demás está en sus libros, que retratan un país manejado como un cortijo. Aprovechó que tenía un visado español aún en vigor porque había viajado recientemente a España para unas charlas y voló de Malabo a Madrid. La prensa internacional habló del caso porque estuvo siete días en huelga de hambre para denunciar la connivencia entre Obiang y las autoridades españolas. “Por desgracia, entonces y ahora los negocios son más importantes que los seres humanos”. No entiende que España tenga tan poca memoria. Durante la Guerra Civil, explica, países como México recibieron con los brazos abiertos a miles y miles de refugiados españoles. “Y ahora, cuando podría devolver el favor, es cicatera y mezquina”. En el fondo, esta actitud delata un poso colonial, el de quienes piensan barbaridades como esta: “Es normal que nos acogieran porque nosotros somos sabios, civilizados. Pero ¿cómo vamos a acoger ahora a sirios, ucranianos, eritreos, sursudaneses…? Ellos no se lo merecen, no son civilizados”.

El escritor forma parte del PEN catalán, que a su vez es una de las asociaciones que integran la red Asil.cat. En el 2011, cuando llegó a Barcelona, le propusieron que pidiera asilo político. Pero se negó porque creía que eso equivalía a romper la posibilidad de un regreso. “Hay expatriados que llegan a sus países de acogida, pero dejan sus almas atrás, a muchos kilómetros de distancia”. Vivió seis meses sin papeles. En el 2012 obtuvo un permiso de residencia temporal sin derecho a trabajo que ya ha renovado una vez.

Nadie, ninguna ley, ninguna dictadura, puede impedir que trabaje. Es escritor. Ha empezado un nuevo libro, cuyo título provisional es Brevísimo diccionario sobre Dios, las mujeres y las mentiras. Ya ha escrito 13 páginas. En el primer párrafo, Juan Antonio Ávila Laurel explica que “la mayoría de las religiones del mundo se disolverían si descubrieran que Dios es una mujer”. ¿Y si descubrieran que es una mujer negra? Se ríe y repite sus propias palabras: “Eritreos, sursudaneses… Ellos no se lo merecen, no son civilizados”. Reconoce con impotencia que la sociedad todavía da mucho valor al color de la piel. Quizá por eso tenga en el jardín de su casa, en Valldoreix, una virgen de Montserrat de yeso, completamente blanca. Una moreneta albina. No hay nada ­peor que el desgarro del desplazamiento forzado porque “tú puedes ser de Afganistán o de un país pesadilla como el mío, debido a la opresión que padece, pero siempre será tu país. El lugar donde te enamoraste por primera vez, donde aprendiste a pescar. Tú eres ese país”. Ha desoído todos los consejos y ha regresado a Guinea Ecuatorial en tres ocasiones. Nunca tuvo tanta percepción del peligro como la primera vez que volvió a pisar su tierra y algunos de sus seres queridos se santiguaron al verle, como si estuvieran ante un fantasma. Su abuela, que le crió como una segunda madre, le dijo: “Nunca más pensé que te volvería a ver vivo”. Las guerras, las migraciones forzosas, las hambrunas… Todo ocurre por dinero, “para que unos hagan negocio con la desgracia de los demás”, explica mientras hojea un volumen ajado, mil veces leído, de El llano en llamas , de Juan Rulfo. Ese libro de relatos contiene uno de los cuentos más tristes de la literatura, Es que somos tan tristes, sobre un campesino que trata de evitar a toda costa que su hija pequeña se vea obligada a prostituirse, como sus hermanas. Una vaca y un becerro son toda su esperanza, pero los animales mueren y el campesino ve de pronto como los pechitos de ella comienzan a hincharse, como si ya comenzaran a “trabajar para su perdición”.

Domingo Marchena en La Vanguardia
Nota:
 Me complace mucho contar con la amistad de Juan en Facebook, es una persona a la que me gusta leer y con quien de vez en cuando intercambio opiniones acerca de diversos temas.

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