Maniobras alemanas antieuropeas

El excanciller alemán Helmut Schmidt, en el 2010. AFP PHOTO / ODD ANDERSEN

El excanciller alemán Helmut Schmidt, en el 2010. AFP PHOTO / ODD ANDERSEN

El excanciller de Alemania Helmut Schmidt, histórico líder socialdemócrata que dirigió el país entre 1974 y 1982, murió este martes a los 96 años en Hamburgo, su ciudad natal, según informaron medios alemanes.

En julio de 1994 fue investido doctor Honoris Causa por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Santander (España) y dos años después fue galardonado con el Premio Godó de Periodismo por su artículo titulado “Maniobras alemanas antieuropeas”, publicado en “Die Zeit” y reproducido en El País el 1 de octubre de 1995.

Esta es la información que facilita El Periódico a grandes rasgos y paso a publicar el artículo  que le dio el Premio Godó de Periodismo como homenaje póstumo y que publicó el Pais.

Después de que el ministro de Finanzas alemán, Theo Waigel, excluyera a Italia por su política monetaria, el Corriere della Sera escribió que sería “suicida” no ser consciente del peso que tiene la Alemania unificada; los alemanes se comportan “como un elefante en una cacharrería”. El International Herald Tribune tituló su artículo sobre los ataques a ciegas de Waigel German bullying, lo cual se puede traducir, dependiendo del diccionario utilizado, por “amenaza”, “intimidación” o “tiranía”.Los Gobiernos de Roma, París, Bruselas y La Haya, que no quieren echar más leña al fuego, han manifestado su irritación ante las desconsideradas pretensiones de dominio por parte de Waigel con palabras algo más suaves que la prensa. En la cumbre europea del fin de semana pasado, Helmut Kohl tuvo que comprometerse personalmente para calmar los ánimos. Pero el lunes se reanudaron los ataques contra la Unión Económica y Monetaria, que ya son costumbre en Waigel y en el presidente del Bundesbank, Tietmeyer.

Entre algunos señores del Bundesbank se estila desde hace ya tiempo socavar con pronunciamientos psicológicos y políticos más o menos explícitos la Unión Monetaria acordada en el Tratado de Maastricht. Así, Otmar Issing critica el Tratado de Maastricht por sus “graves lagunas”. Gerd Häusler quiere que en el Tratado se incluya que los criterios de entrada continúen vigentes también en el futuro más lejano de la Unión Monetaria. Hans Tietmeyer exige que ésta no se implante sin una unión política simultánea

La implantación de la Unión Monetaria es, ante todo, una tarea de política exterior. Vale la pena echar un vistazo a la historia alemana, que pone de manifiesto dos tendencias contradictorias y recurrentes: cuando los alemanes han dado signos de debilidad, otros han avanzado desde los márgenes de Europa hacia ese pequeño centro del Viejo Continente. Sin embargo, cuando, los alemanes se han sentido fuertes, son ellos los que han avanzado desde el centro hacia las fronteras de Europa; sólo en los últimos 125 años lo han hecho contra Francia en tres ocasiones. Por eso ha habido dos grandes coaliciones contra Alemania en nuestro siglo.

El poner fin a la historia de las guerras fratricidas en Europa fue el motivo que en mayo de 1950 llevó a Jean Monnet y a Robert Schuman a proponer la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, de la que se desarrolló, en varias etapas, la Unión Europea de hoy. En un principio tenía seis miembros, hoy son 15 y en un futuro próximo podrían ser dos docenas. Con el paso de los años, las tareas de la Comunidad se han multiplicado y sus instituciones se han ampliado. Los Estados miembros han ido delegando paulatinamente parte de su soberanía en la Comunidad, y, según el Tratado de Maastricht, nos esperan otras tres transferencias importantes: la Unión Monetaria en 1999, y después, la Política de Seguridad Común y la Política Exterior Común. Alemania podría impedir la Unión Monetaria; antes, sólo Francia tenía dicha potestad. Pero si se abandona la Unión Monetaria hay que contar con tres repercusiones catastróficas.

Primera: la UE degeneraría en una simple zona de libre comercio, con las instituciones como cuestiones secundarias.

Segunda: en pocos decenios el marco alemán, el sector financiero alemán, es decir el Bundesbank, y los grandes bancos y compañías de seguros se habrían hecho con el dominio de toda Europa. Alemania sería una gran potencia financiera en el ámbito mundial.

Tercera: esta hegemonía alemana despertaría inevitablernente temores y envidia en todos sus vecinos, y éstos se unirían en una comunión antialemana. Por tercera vez habría que temer el surgimiento de una alianza de casi todos los demás Estados europeos contra Alemania.

Si de un eventual fracaso de la Unión Monetaria se derivara una decadencia paulatina de la integración europea y, por consiguiente, de la autointegración de Alemania en una unidad superior, el principal objetivo estratégico correría peligro y quienes vengan después de nosotros tendrían que sufrir las nefastas consecuencias. El progreso de la integración europea no es una aspiración del idealismo alemán, sino que responde a los intereses vitales y estratégicos de Alemania de mantener la paz -puesto que quiere evitar una tercera alianza antialemana-. Con esta convicción han actuado todos los cancilleres desde Adenauer hasta Kohl; ahora no debemos abandonar esta orientación.

Alemania tiene que seguir contribuyendo a lograr una profundización de la Unión Europea, paso a paso. El objetivo es, y seguirá siendo, que Alemania y sus vecinos se incorporen definitivamente a la integración europea. Ante este objetivo vital, todas las pegas que se ponen a la Unión Monetaria y toda crítica, aunque justificada, a la euroburocracia de Bruselas son, como mucho, secundarias.

En la Unión nadie tendrá que abandonar su propia lengua, su identidad o su patrimonio histórico-cultural: ni alemanes, ni franceses, ni holandeses, ni polacos. Por lo tanto, la Europa del futuro será fundamentalmente diferente de los Estados Unidos de América; pero será también fundamentalmente diferente de todas esas alianzas bélicas que se han gestado en Europa en los últimos siglos. Toda pretensión de liderazgo por parte alemana es superflua y nociva. Tenía razón Helmut Kohl cuando dijo hace dos años en el Senado francés: “En Europa, los malos espíritus del pasado no están conjurados para siempre; cada generación tendrá que enfrentarse de nuevo a la tarea de impedir su resurrección y de superar nuevos recelos”.

Quien como alemán quiera socavar o incumplir el Tratado de Maastricht, quien quiera aplicarlo sólo con condiciones más estrictas, no hace sino provocar 11 nuevos recelos”. Quien, en contra del texto del Tratado, quiera hacer depender la Unión Monetaria de la simultaneidad de una Unión Política, actúa contra toda razón. El Tratado establece que el banco central común será una institución absolutamente independiente del plano político, de modo que una moneda común no presupone ninguna instancia política suprema. Es Más, una Unión Política temprana estaría expuesta necesariamente a exigencias de sistemas adicionales de compensación fiscal y financiera y de prestaciones salariales y sociales.

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Helmut Schmidt fue canciller de la RFA y, es editor de Die Zeit. Copyright Die Zeit / EL PAÍS.

Maniobras alemanas antieuropeas

Viene de la página anteriorAdemás, existe ya un mercado común en el sector financiero y no precisa ninguna Unión Política. La exigencia de que una moneda común deberá tener, “por lo menos”, la misma estabilidad que el marco alemán es desmesurada y desconsiderada; y no tiene en cuenta el hecho de que los tipos de cambio del marco han sido todo menos “estables” en los últimos 25 años y han sufrido sucesivas apreciaciones, lo que en los últimos años contribuyó a la pérdida de competitividad y de empleos en Alemania.

Quien haya vivido las turbulencias monetarias de los últimos decenios, que partían desde EE UU, debería estar satisfecho de que la moneda común europea y el banco central europeo ofrezcan finalmente una oportunidad para defenderse de la preponderancia de un dólar enfermo en el papel de moneda base y de reserva. Y si se analiza el Mercado Común desde un punto de vista económico se considerará absurda la existencia de más de una docena de monedas en este mercado y un lujo superfluo y muy caro el coste anual de las transacciones internacionales, del orden de unos 30.000 millones de marcos. En la Constitución alemana no se establece nada sobre las funciones del Bundesbank, sino que se le menciona únicamente entre la Administración federal del tráfico aéreo y las vías fluviales federales. La Ley sobre el Bundesbank (artículo 7) prescribe su independencia “en el ejercicio de sus competencias (legales)”. Los discursos y artículos públicos sobre las desventajas de un Tratado de Maastricht que está en vigor no figuran entre las funciones estipuladas en la Ley sobre el Bundesbank. Éste debería más bien atenerse a lo que se dice en el último inciso del artículo 12, que “compromete al Bundesbank, sin perjuicio de sus funciones, a respaldar la política económica general del Gobierno federal”, y en el artículo 13, que regula la cooperación con el Gobierno “en asuntos importantes de la política monetaria”.

Esta ley no ofrece ningún amparo legal al Bundesbank para hacer propaganda contra el Tratado de Maastricht, que, por cierto, ha sido acordado por el Gobierno y ratificado por el Parlamento alemán. El Tratado contiene también decisiones acerca de “la política económica general del Gobierno federal”. Desde que temerariamente se abandonó el Sistema Monetario Europeo (SME) en 1993, el Bundesbank tiene un poder inmenso y ejerce una gran influencia política y publicitaria. Ambos sectores superan ampliamente las competencias establecidas en la Ley sobre el Bundesbank. Es, sin embargo, fácil de entender que algunos de sus directores quieran retrasar un banco central europeo: en el mundo no hay ninguna Administración que soporte que otra superior recorte sus competencias. Así, bajo pretextos económicos y científicos, o por medio de bravuconadas populistas, se despierta y nutre un nacionalismo monetario. Quien, después de cinco años de unidad alemana, piense que por fin volvemos a ser uno de los grandes y que podemos, sin mirar los tratados firmados, plantear exigencias a los demás, actúa contra los intereses alemanes. Y una oposición que consiente silenciosamente semejante cosa falla en su función parlamentaria.

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