No es la primera vez, es la quinta

El president de la Generalitat en funciones, Artur Mas. / Efe

El president de la Generalitat en funciones, Artur Mas. / Efe

Esta no es la primera vez que Cataluña pretende proclamarse independiente. Es la quinta. Los intentos anteriores se saldaron con un fracaso rotundo. Salvo quizás en 1931, cuando los catalanes lograron su primer estatuto de autonomía, una rareza para la España centralista de la época, a cambio de renunciar a sus planes soberanistas. En dos ocasiones, el conflicto se solucionó mediante negociaciones con el Gobierno central; en las otras dos, a sangre y fuego.

En 1641, el clérigo y canónigo de la Seo d’Urgell, Pau Claris, era presidente de la Generalitat, una institución muy distinta a la que conocemos ahora, y en plena Guerra de los 30 años proclamó el 17 de enero la república catalana como reacción ante los proyectos centralizadores del conde duque de Olivares, valido del rey Felipe IV. El monarca Habsburgo envía al Ejército y Claris, seis días después de su declaración independentista, se declara súbdito del rey Luis XIII de Francia, al que nombra conde de Barcelona y coloca a Cataluña bajo administración francesa. Estalla la guerra y en la batalla de Montjuic las tropas catalanas y francesas derrotan a las de Felipe IV. La Paz de los Pirineos firmada en 1659 en la isla de los Faisanes, Irún, puso fin al conflicto. Francia se anexionó buena parte de los territorios de la Cataluña francesa, y el resto volvió al redil de la corona española.

En 1873, en la primera República española, el republicano, federalista y anticarlista Baldomer Lostau con el apoyo de las cuatro diputaciones proclama el 5 de marzo el estado catalán dentro de la federación española. Su primera intención es convocar elecciones para constituir las cortes catalanas. El presidente del Gobierno español, el también catalán Estanislao Figueras, negocia y en 48 horas la intentona se apacigua.

El 14 de abril de 1931, al calor de las elecciones municipales que gana la izquierda, y en Cataluña Esquerra Republicana, Francesc Maciá anuncia la creación de la república federada catalana dentro de la república española. «En nombre del pueblo de Cataluña, proclamo el estado catalán bajo el régimen de república catalana que libremente y con toda cordialidad anuncia y pide a los otros pueblos hermanos de España su colaboración en la creación de una confederación de pueblos ibéricos». El Gobierno de Niceto Alcalá Zamora envía a tres ministros a negociar, que tres días después pactan a cambio de la renuncia soberanista la recuperación de la Generalitat y la elaboración del primer estatuto de autonomía (el de Nuria) que instaura el gobierno y el Parlamento de Cataluña que, tras el cepillado de las Cortes, quedó definida como una «región autónoma dentro del estado español», aunque la pretensión de los redactores del estatuto era que fuera un «estado autónomo dentro de la república española». Sigue leyendo

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Cataluña: el coste del soberanismo ya ha empezado

Una declaración unilateral expulsaría a Cataluña de la UE y el BCE; con deslocalizaciones, subida del déficit y bloqueo financiero. Pero las dudas ya se están plasmando: la inversión cae y las agencias e inversores recelan.

Comunidades AutónomasEl panorama que se abre en Cataluña entra ya en aquel nuevo escenario desconocido que Artur Mas profetizó ante la suspensión de la consulta. La preocupación por unas elecciones plebiscitarias y la toma de decisiones unilaterales empieza a calar en los empresarios. La incertidumbre financiera sobre el final de esos derroteros se convierte ya en temor palpable. Muchas empresas ya no preparan planes de contingencia, sino que han empezado a tomar decisiones. El motivo, un más que probable hundimiento de la economía catalana en caso de secesión.

Una decisión unilateral de independencia acarrearía la salida inmediata de la Unión Europea, quedar al descubierto del paraguas del BCE y perdería su liquidez: aranceles, hiperinflación, salida de capitales, corralitos… Pero vayamos por partes. Este panorama descrito por la Unión Europea, el Banco de España, las agencias de calificación, el Gobierno y varios centros de estudios se subordina a una preocupación anterior: qué quedará de Cataluña el día de la independencia si escala la tensión institucional.

El deterioro ya está aquí Sigue leyendo

El nacionalismo siempre es de derechas

Desde 20 minutos

Desde 20 minutos

Resulta enormemente sorprendente leer encendidos elogios al nacionalismo catalán formulados por comentaristas de izquierda, que argumentan que tales teorías pertenecen desde tiempos inmemoriales a la tradición de lucha revolucionaria. Me  deja perpleja saber que los Pujol, Ferrusola, Mas y compañía pertenecen a la izquierda.

Porque la verdad es que el nacionalismo siempre es de derechas. Nace en el siglo XVIII de la mano y el pensamiento de la burguesía que tiene que repartirse las materias primas, la producción industrial y el mercado, en una Europa convulsa que llevaba siglos de interminables guerras entre los caudillos, señores feudales, reyezuelos y abades, por apropiarse  de la tierra.

Cuando la burguesía comienza a afianzar su poder difunde, desde mediados del siglo XIX, la teoría de la soberanía nacional e inventa una ideología basada en sentimientos patrióticos, que logra excitar en las clases populares el odio y el resentimiento de agravio contra los pueblos vecinos, y consigue convencer a muchos trabajadores para que se enfrenten entre sí mortalmente en la I Guerra Mundial, a fin de hacer más grande el poder colonial de unas cuantas oligarquías.

Por el contrario, el proletariado, aprendiendo de los estudios y análisis de Bakunin y de Marx, comienza a organizarse en sindicatos y partidos que defiendan sus intereses, frente a los de las burguesías que acaparan todo el poder en Europa y en las colonias. Es el momento en que la Confederación Nacional del Trabajo, anarquista, tiene más de un millón de afiliados en España, la mayoría en Cataluña, y afirma que la única patria de los trabajadores es el sindicato. Este movimiento obrero rechaza rotundamente seguir las consignas disgregadoras y de enfrentamiento entre los trabajadores de las diferentes partes de España, negándose incluso a hablar en catalán y difundiendo el esperanto. Sería bueno que nuestros intelectuales de izquierda leyeran a Bakunin.

En cuanto en Europa las burguesías vuelven a propiciar el desencadenamiento de la II Guerra, activan la polémica respecto a las nacionalidades. Como decía Marx, el nacionalismo es un invento de la burguesía para dividir a la clase obrera. Tampoco esos ideólogos de izquierda conocen la crítica que realizó Rosa Luxemburgo del nacionalismo en su fundamental libro La Cuestión Nacional, que sería bueno que leyeran. El limitadísimo conocimiento de la historia de Europa por parte de tales intelectuales, e incluso de muchas voces de la izquierda española, dificulta mucho la comprensión de lo que ocurre en Cataluña.

Centrándonos en Cataluña la invención de la nacionalidad catalana surge a finales del siglo XIX de la mano de los representantes de la burguesía Valentí Almirall y Prat de la Riba con un discurso en el que a partir de exigir el reconocimiento de las singularidades y particularidades de los catalanes se proponen un único objetivo: obtener mayores privilegios para los fabricantes y comerciantes en el reparto de los impuestos estatales y de las cargas aduaneras. Impulsado por estos próceres en 1885 se presentó al rey Alfonso XII un Memorial de greuges, en el que se denunciaban los tratados comerciales y las propuestas unificadoras del Código Civil, y en 1886 los empresarios organizaron una campaña contra el convenio comercial que se iba a firmar con Gran Bretaña. Ambos constituyeron la Lliga Regionalista, de la que Prat de la Riba fue uno de sus principales líderes. Los dos son representantes típicos de la burguesía de finales del XIX y principios del XX que defendían sus beneficios frente a la competencia de los fabricantes ingleses, franceses y alemanes, exigiéndole al gobierno español cada vez mayores privilegios. Sigue leyendo

Transnistria, el país borrado del mapa

transnistriaPara viajar al pasado no hace falta conseguir un DeLorean DMC con condensador de flujo ni subirse a la máquina del tiempo de H. G. Wells. Solo hay que coger un autobús en la estación Gara Centrala de Chisinau, en Moldavia, y hacer el trayecto de menos de una hora hasta la República Moldava Pridnestroviana. Lo mismo el país le suena más por Transnistria, aunque no se culpe si tampoco es así. Sus fronteras no aparecen en ningún mapa y sus sellos no sirven para llevar las cartas a ningún lugar más allá de esta franja de tierra, anclada en los albores de la década de los noventa.

Ocurrió con la disolución de la Unión Soviética, en 1991, y la independencia de Moldavia, un estado remoto entre Rumanía y la hoy comprometida Ucrania. Moldavia estalló en 1992 en una guerra civil promovida por los separatistas de la región del Transdniéster, al este del río Dniéster, que recibieron el apoyo inmediato de los rusos. Tras el conflicto armado, Transnistria se autoproclamó república independiente, como Kosovo, Abjasia, Osetia del Sur o la república armenia de Nagorno Karabaj. Lugares que, como Transnistria, oficialmente no existen. No son reconocidos por la llamada ‘comunidad internacional’. Como en otros casos, la situación bélica en Transnistria fue alentada por Moscú, y la OTAN se lavó las manos. Había pocas ganas de tener problemas con Rusia. La historia recuerda mucho a lo sucedido recientemente en Crimea. De hecho, aprovechando que el Dniéster pasa por Ucrania y que Putin está en plan imperialista, el presidente transnistrio, Yevgeny Shevchuk, acaba de pedir la anexión a Rusia. «Desde el referéndum de 2006, en el que más del 97% de los habitantes apoyaron la independencia de nuestra república y su libre ingreso en la Federación Rusa, seguimos de manera coherente ese rumbo», recordó esta semana la ministra de exteriores, Nina Shtanski.

Tanques, hoces y martillos

Transnistria, ciertamente, nunca ha dejado de ser profundamente soviética. Incluso románticamente soviética. Llegar a la frontera, atestada de militares con fusiles y cara de perro, es retroceder 20 años de golpe y entrar en el comunismo más rancio. Una experiencia que al joven turista alicantino Jesús Martínez, por ejemplo, le supuso «un doctorado como viajero atemporal». A Jesús, que estuvo en Transnistria hace tres años, le impactaron «las estatuas de Lenin por las calles -la que está enfrente del Parlamento es una de las más grandes del mundo-, los tanques en las plazas principales a modo de decoración y las hoces y los martillos por todos lados: en instituciones públicas, en las fachadas, en las gorras de policías y militares…». Agentes del orden que, por cierto, le avisaron (metralleta en mano) que no podía estar más de doce horas en el país y que se «atuviera a las consecuencias», recuerda.

La seguridad es una realidad. No hay peleas ni violencia en las calles. Las viviendas se dejan abiertas porque no hay miedo a los robos ni a los asaltos y la prostitución no existe (o eso parece). Los ciudadanos de este territorio son hasta puritanos. Cuentan que los fotógrafos de ‘Playboy’ se fueron con las manos vacías cuando intentaron fichar a jóvenes con el suficiente arrojo para desnudarse. A pesar del dineral que ofrecían a chicas tan espectaculares (y serias) como algunas transnistrias. Lo confirma Jesús Martínez, cuyo blog de viajes ‘vero4travel’ ya está entre los más visitados del país: «Recuerdo gente amable pero ninguna sonrisa, algo habitual en la zona. Pero reconozco que, junto con Belgrado, en Serbia, aquí es donde he visto a las mujeres más bellas del mundo». Sigue leyendo

Nova Terra Lliure (Nueva Tierra Libre)

http-www-novaterralliure-com“Desde aquí, damos un ultimátum al Gobierno de Rajoy”. Este aviso fue lanzado hace pocas semanas por un movimiento catalán separatista denominado Nova Terra Lliure. Sus miembros, dice el mismo texto, “han prometido una intervención armada contra el Gobierno golpista de España si no nos concediesen este derecho fundamental de la democracia [se refiere al referéndum independentista]”. Y más: “En el caso de libertar al pueblo catalán, declararíamos la independencia de forma unilateral y convocaríamos elecciones para la nueva república catalana e ilegalizaríamos al PP”. El lema de este nuevo grupo lo dice todo: “Pueblo armado, pueblo respetado”.

Nova Terra Lliure considera que el Gobierno central está “cada vez más debilitado y arenga que “han de entender, aunque no lo quieran, que estamos cansados de que nos roben y que, por tanto, si no nos dejan [ser independientes] por las buenas, será por las malas. Es el momento de estar unidos y actuar contra un Gobierno que nos reprime y nos persigue por el solo hecho de ser catalanes. Salgamos a ‘cazar’ españolitos (sic) y entonces se darán cuenta de que no tienen más remedio que dejarnos hacer la consulta. Si el camino pasa por las armas, estamos dispuestos a ir por ahí y a rebelarnos contra este golpe de Estado al que estamos sometidos desde hace años. El PP se ha convertido en una secta franquista que se ha de ilegalizar de forma urgente”. Sigue leyendo

Lo que no se quiere oír sobre Cataluña

Banderas independentistas catalanas en Barcelona, en la Diada de septiembre de 2012. / TEJEDERAS

Banderas independentistas catalanas en Barcelona, en la Diada de septiembre de 2012. / TEJEDERAS

Hay cuestiones de fondo sobre Cataluña que no se quieren oír y, mucho menos, escuchar. No puedo obligar a nadie a escucharme pero, al menos, voy a intentar hacerme oír. En este artículo quiero aportar cuatro reflexiones sobre Cataluña y sobre la relación de Cataluña con España. Bien a un lado del Ebro, bien al otro o bien a los dos, estas cosas no se quieren oír. En primer lugar discutiré el “hecho diferencial” catalán desde la dialéctica Norte-Sur en la Europa actual. El problema del encaje de Cataluña en España, como el de Lombardía en Italia, es el del encaje de un pueblo norteño en un país sureño. A continuación caracterizaré a Cataluña como una sociedad compleja aún vertebrada por una mentalidad menestral cuyas raíces se remontan a la baja Edad Media. Cataluña se desarrolló y llegó a ser lo que es gracias al decreto de Nueva Planta de 1714, no a pesar de él. En tercer lugar argumentaré que el contencioso Cataluña-España oculta otro contencioso entre catalanes que tiene importantes consecuencias para la sociedad catalana. A España y a Cataluña les irá mejor juntas que separadas si consiguen un acuerdo de convivencia que potencie el futuro de ambas. Por último daré unas pinceladas sobre qué hacer en la situación actual. Mis argumentos surgen de consideraciones geográficas e históricas que considero razonables.

LOS CATALANES, EUROPEOS PATA NEGRA

Los catalanes son europeos desde el siglo IX. A eso, en castellano, se le llama ser pata negra. El concepto actual de Europa nació con Carlomagno, cuya capital Aquisgrán dista solo un centenar de kilómetros de las actuales capitales de la Unión Europea Bruselas y Luxemburgo. Esta coincidencia geográfica no es casual. Robert Kaplan señala en su reciente libro La venganza de la geografía que la columna vertebral de Europa sigue estando en la diagonal que va del Canal de la Mancha a los Alpes, ruta de comunicación principal del imperio franco. En ese mapa, carolingio y actual, Cataluña ocupa una situación peculiar. Desde finales del siglo VIII fue parte de la Marca Hispánica, zona defensiva entre el Imperio y Al-Ándalus que, según Vicens Vives, se caracterizaba no por ser una fortaleza de montaña sino por ser un corredor protegido por montañas. Este carácter de corredor y de portal de la península Ibérica hacia Europa ha conformado, para Vicens, el europeísmo distintivo de la mentalidad catalana y su “permanente éxtasis transpirenaico”. Esta mentalidad y este éxtasis constituyen, en mi opinión, el llamado “hecho diferencial catalán”. Sigue leyendo

Las excavaciones de la memoria

Asalto final de las tropas borbónicas sobre Barcelona el 11 de septiembre de 1714. Wikimedia Commons

Asalto final de las tropas borbónicas sobre Barcelona
el 11 de septiembre de 1714. Wikimedia Commons

INICIAR EL NUEVO AÑO con el sombrío tema de excavar tumbas puede parecer un ejercicio macabro, pero también tiene sus razones. He estado mirando el estimulante nuevo libro de Jeremy Treglown, Franco’s Crypt: Spanish Culture and Memory. A primera vista parece seguir los pasos de los libros que tratan sobre la excavación de los restos de los muertos de la guerra civil española, pero muy pronto abandona el tema de las tumbas a favor de una amplia mirada a la cultura de España. El título se refiere por supuesto a la tumba de Franco en el Valle de los Caídos, pero Treglown utiliza el tema como punto de partida para examinar cómo los españoles han venido manejando los mitos que heredaron de la década de 1930. Se extiende sobre una amplia gama de materiales, poniendo especial atención a las artes creativas del cine y la novela, ofreciéndonos en todo momento una perspectiva refrescante e imparcial de la cultura de España. No omite el campo de la historia, y nos da una entretenida crítica del Diccionario Biográfico Español, un producto estrafalario de la historiografía oficial española que ha añadido poco o nada a la reputación de los historiadores españoles. Es el tema de las excavaciones, sobre el que el autor hace un breve resumen, lo que me interesa por el momento.

El propósito normal de la excavación arqueológica es descubrir la verdad. Desenterrar el pasado, en teoría, revela lo que realmente pasó, y nos permite evaluar los eventos con más conocimiento y más tranquilidad. Al menos, ese ha sido el motivo en la mayoría de los casos. En España, sin embargo, las cosas son inevitablemente diferentes. La Ley de la Memoria Histórica, aprobada por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, fue descrita por él como «un importante instrumento de reconciliación». Sin embargo, como sabemos, sucedió todo lo contrario a pesar de que Zapatero había asegurado que «la memoria no ofende, restituye». Pero la realidad es que hubo mucha ofensa y muy poca reconciliación. ¿Cómo es que España hace todo lo posible para buscar la verdad y termina reivindicando la mentira? ¿Por qué el Valle de los Caídos acaba, no como un homenaje a los caídos, sino como un monumento a la memoria del vencedor? Tengo que confesar que estoy de acuerdo con un colega mío de Estados Unidos, quien recientemente comentó: «hacer un llamamiento a la ‘memoria social’ es realmente incitar a perpetuar mitos, prolongar odios y justificar conflictos». Sigue leyendo

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