Mascletà sin pólvora

Sin tirar un solo petardo, únicamente utilizando instrumentos de viento y de percusión, 80 músicos han interpretado hoy en la Estación del Norte y en vivo una sinfonía que homenajea a este espectáculo pirotécnico, reproduciendo por primera vez el desarrollo y sonoridad de la mascletà valenciana mediante la música.

Esta ‘sinfonía’ se compone de un solo movimiento. La partitura es obra del músico valenciano Joan Cerveró, director del Grup Instrumental de València con el que ganó el Premio Nacional de Música en 2005, con el asesoramiento de Vicente Sabater, galardonado como el mejor ingeniero de sonido de España en 1999, y de Caballer , que se ha encargado de supervisar el proyecto.

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Cuando la Cridà empezó a ser Crida

crida2--300x470Era el 5 de marzo de 1978. Domingo y primer día del calendario oficial de las Fallas. Por la tarde-noche, la Cridà, que entonces todavía llevaba el acento. Pero ya empezaban a hacerse notorios los esfuerzos de quienes preferían la ortodoxia de la Crida, sin acento.

Como suele ocurrir en estos casos, y más por entonces, el asunto se polarizó entre valencianistas de distinto signo. Lo de Cridà la defendieron con mayor rigor los del valenciano-valenciano y la Senyera con franja azul, mientras que la Crida encuadró a los partidarios del valenciano-catalán y la bandera sin azul.

Los primeros eran gran mayoría en el mundo fallero y en el contexto de Valencia ciudad –lo siguen siendo– y llamaban –y llaman– catalanistas y ‘cuatribarrados’ a los segundos, quienes, a pesar de su minoritaria presencia, tenían –y tienen– mayor presencia en círculos más intelectuales y universitarios y llamaban –y llaman– a los primeros ‘blaveros’, así como los integraban también en el ‘búnquer barraqueta’, un término que cobró gran presencia y que hoy casi ha desaparecido de la escena, salvo reductos aislados.

Lo de ‘búnker’ era una expresión que se había acuñado en Madrid para englobar a los políticos residuales del franquismo que resistían en sus viejos modos y a personalidades de la ‘derechona’ más recalcitrante que intentaban subirse al carro de la democracia que empezaba a andar, aunque mantenían –o se les achacaban– estilos del antiguo régimen. Y, en consonancia, por ‘búnquer barraqueta’ se conocía la versión valenciana del ‘búnker’ general, pero ensanchada con los matices de las eternas disputas valencianistas sobre lengua, bandera, territorio y denominación. Los ‘blaveros’ hablaban de Reino y los ‘catalanistas’ de País. Luego triunfaría la tercera vía salomónica, aunque más impersonal, de la Comunitat.

Para los ‘cuatribarrados’, gran parte del mundo fallero suponía y alimentaba las más rancias esencias del ‘búnquer barraqueta’ y los dirigentes de la Junta Central Fallera, íntimamente ligada al propio Ayuntamiento, eran fieles ejemplos.

Todavía estaba al frente de Valencia –y lo estuvo hasta la primavera del año siguiente, tras las primeras elecciones municipales– la última corporación municipal del franquismo y era alcalde Miguel Ramón Izquierdo, que, si bien fue designado a dedo en un principio, quedó elegido por el mini proceso democrático del llamado ‘espíritu del 12 de febrero’ de 1974, cuando se permitió que pudieran presentarse candidatos a las alcaldías, aunque sólo podían votar los concejales que ya lo eran. Posteriormente, Miguel Ramón sería cofundador de Unión Valenciana y diputado en Madrid. Sigue leyendo

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