El brutal oficio de la Inquisición

El tribunal de Valencia quemó a más de mil judíos en 50 años, envió a galeras a 700 homosexuales, procesó a 3.000 moriscos y castellanizó el reino.

Monasterio del Puig, segunda mitad del siglo XVIII. El padre Rissón, maestro de novicios, es denunciado ante la Inquisición por un joven fraile. ¿Herejía? ¿Desviación religiosa? Nada de eso. Se trata de algo más terrenal…

El tal padre Rissón «es sodomita público e incorregible —acusa el delator—. Pruébalo que el dicho estuvo amancebado con un religioso llamado fray de Valera; éste era corista, y el tal, maestro de novicios, y eran pocos los días que con el tal Valera no tuviese acto carnal por la parte posterior […] Muchas noches, después de tocar el silencio, iba el fray Valera a la celda del tal maestro de novicios, y yo […] atendía y oí dos noches (que es lo que bastaba para salir de dudas) grandes risadas y que le decía el Valera: “Despacio, padre maestro, que me rompe el orificio”».

Después del hereje y el judío, el personaje más odiado por la Inquisición fue el «sodomita». El tribunal de Valencia procesó a 3.661 por este «delito»: entre cincuenta y sesenta fueron quemados en la hoguera, doce de ellos en un brutal auto de fe de 1625; y más de 700 homosexuales fueron enviados a galeras por el Santo Oficio.

La persecución de todas las transgresiones de la moral sexual católica es una de las caras menos conocidas de la Inquisición y sobre la que arroja luz el libro En nom de Déu. La Inquisició i les seues víctimes al País Valencià (Edicions del Bullent), del historiador Albert Toldrà. Porque el Santo Oficio no sólo acosaba a los homosexuales. Por zoofilia («pecado» en el que incurrían moriscos, pastores, enfermos mentales y hombres frustrados) el tribunal de Valencia procesó a 845 personas: quemó a trece y envió a galeras a varios centenares.

La Inquisición también perseguía a los solicitadores, los sacerdotes que aprovechaban la confesión para seducir a beatas y monjas. En los confesionarios, detalla Toldrà, «había toda clase de relaciones: desde violaciones brutales hasta auténticas historias de amor». Exhibicionismo, besos, caricias, masturbación, coito… Y la Inquisición actuaba, como en el proceso contra fray Roc Moltó, un cura de Alcoi de 45 años que solicitó en confesión a Sor Felipa d’Alcàntera, organista y monja del convento franciscano de la Puritat de Valencia, como declaró la religiosa en el interrogatorio del 8 de noviembre de 1704: «Fray Roque Moltó […] antes de empezar la confesión […] le dijo que entonces se estaba tocando sus partes y se deleitaba pensando en ésta, y añadía: “¡Ay!” y “¡qué gusto!”, y otras palabras expresivas del deleite que experimentaba […] que deseaba verla en otra parte más libre, para lograr mejor su gusto, pero turbada ésta con propuesta tan inesperada y escandalizada juntamente, viendo que estaba como loco y fuera de sí, sin dar lugar a más conversación se salió de su confesionario y no volvió más a él». El impulsivo franciscano estuvo seis meses en prisión y le prohibieron volver a confesar. Sigue leyendo

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