La gran muralla de Franco (la Línea P)

La frontera pirenaica está salpicada de miles de búnkers que nunca llegaron a usarse. Cubiertos de vegetación y de olvido, han visto pasar a su lado a quienes iban o venían de las pistas de esquí. Es la Línea P, una obra faranóica que debía preservar España de una invasión aliada que nunca ocurrió.

Las troneras de un búnker cerca del nacimiento del río Baztán, en Navarra.

Las troneras de un búnker cerca del nacimiento del río Baztán, en Navarra.

Cuentan en Camprodon, en el Pirineo de Girona, ya muy cerca de la frontera, que a principios de los años 50, en plena posguerra, un vecino quería construirse un chalet de veraneo. La autorización no la debía conceder el Ayuntamiento, sino el capitán Laguna, que se encontraba al mando de un destacamento de guarnición en aquella zona. Pero convencer al capitán Laguna no era fácil: la casa iba a bloquear la línea de tiro de un búnker cercano, y el oficial no podía permitir que la defensa de España quedara comprometida por el capricho de un civil. Fue un año de tiras y a flojas, pero al final se llegó a una decisión salomónica.  La casa se podría construir, pero “en los sótanos de las cuatro esquinas del chalet habría que dejar unos espacios donde poder colocar dinamita para volar la edificación en caso de que fuera necesaria la utilización militar del fortín”, explica Manel Pujol, entonces un joven contratista de obras de Camprodon.  Hoy, la casa sigue aún en pie, y, también, muy cerca, el fortín, aunque ya cubierto de vegetación y olvidado, tras el paso de los años. El búnker del capitán Laguna no es una fortificación aislada, el valle de Camprodon está sembrado de construcciones de este tipo.

Unos años antes, en 1944, Lluís Esteva estudiaba en La Seu d.Urgell, unos 130 kilómetros al oeste de Camprodon. El tráfico de camiones pesados y el trajín de los militares eran extraordinarios. Y lo fueron en los dos o tres años siguientes, porque, al parecer, el ejército se traía algo importante entre manos. La imagen de esas tropas quedó grabada para siempre en la mente de Lluís Esteva, que se fijó a sí mismo, a sus 12 o 13 años, el objetivo de averiguar cuál era la razón de tanto movimiento. Mucho después, a mediados de los noventa, Esteva empezó a investigar junto con otros dos estudiosos unos búnkers que poblaban la carretera que lleva de Martinet a La Seu. Parecían pensados para repeler un ataque desde el norte, pero ¿por qué precisamente en Martinet? La pregunta le llevó a un militar retirado, el coronel Del Pozo, quien le hizo ver que aquellas fortificaciones no eran en absoluto aisladas. Formaban parte de uno de los proyectos más faraónicos y a la vez ignorados de Franco, una línea de búnkers desde Irún hasta el cabo de Creus -pasando por el fortín del capitán Laguna- para prevenir una invasión desde Francia. Era la Línea Pirineos.

Un búnker para cañón anticarro en El Port de la Selva (Girona)

Un búnker para cañón anticarro en El Port de la Selva (Girona)

El historiador francés Lluís Esteva, que, junto con el también historiador Jean- Louis Blanchon y el geógrafo Pere Serrat, fueron los primeros estudiosos que investigaron con rigor la llamada militarmente Línea P, habla con pasión de una infraestructura de defensa que hasta hace pocos años fue secreto militar -técnicamente, aún lo es- y que resulta sorprendente si se tiene en cuenta la costosísima inversión que requirió en una España sumida en la miseria de la primera posguerra. Una infraestructura que, en realidad, y a pesar de su coste, tanto en términos económicos como de recursos humanos, nunca fue utilizada. Ni siquiera fue terminada. “Los planes iniciales hablaban de un total de 10.000 búnkers, pero sólo se llegaron a construir entre 4.500 y 5.000, aun así, un número enorme de construcciones”, señala Esteva. Un esfuerzo tan imponente como inútil. Fortificaciones en lo alto de las montañas, otras perfectamente camufladas por los ingenieros o invadidas por la vegetación tras décadas en desuso. Y unas pocas pegadas a la carretera, viendo cada fin de semana de invierno el éxodo de turistas hacia las estaciones de esquí, completamente ajenas a su significado. Puestos para fusiles ametralladores, cañones antitanque, ametralladoras, antiaéreos, espectaculares complejos de túneles subterráneos…

Miedo a una invasión
El fantasma de una invasión desde Francia estuvo presente en las mentes de la jerarquía militar vencedora de la Guerra Civil casi desde el mismo momento en que finalizó el conflicto. José Manuel Clúa, un historiador que ha estudiado la Línea P en Aragón, explica que en septiembre de 1940  ya existían unos primeros planes para fortificar los Pirineos Orientales. El objetivo era impermeabilizar los pasos fronterizos para evitar un posible ataque que tuviera como finalidad restaurar la República. Pero pocos meses más tarde, en plena Segunda Guerra Mundial, los acontecimientos internacionales dieron un giro. “En la entrevista que mantuvieron en Hendaya Franco y Hitler -explica Lluís Esteva-, este último le contó los planes alemanes para invadir la Unión Soviética para 1941. En ese momento, Franco pensó que la apertura de ese frente podía llevar a los alemanes a la derrota y empezó a prepararse para una Francia liberada y en poder de los aliados, que pudiera convertirse en una plataforma para una invasión sobre España”.

En Girona se conoce la Línea P como la “Línea Gutiérrez”, debido al segundo apellido de uno de los ingenieros militares que participaron en su diseño en aquella zona. En 1943, el año de la severa derrota alemana en Stalingrado, se revitalizaron los planes de fortificación, y al año siguiente ya se estaba sembrando febrilmente de búnkers todo el Pirineo. La idea de construir una fortificación de estas características era común en la Europa de entreguerras y en la Segunda Guerra Mundial. La Línea Maginot, por ejemplo, hizo creer a los franceses -de forma equivocada- que su país era inexpugnable ante un ataque alemán. Y los propios alemanes llevaron a cabo sus ambiciosos proyectos, tanto para contener una invasión por tierra, como para acorazar la costa atlántica de Francia. Mussolini construyó el Vallo Alpino, y los griegos, la Línea Metaxas. El proyecto de la Línea Pirineos dividía la fortificación en un total de 169 núcleos, los llamados centros de resistencia, que contarían con entre 60 y 80 búnkers conectados entre sí por trincheras o túneles, protegidos por una franja de alambradas y, en algunos casos, campos de minas. La dotaci ón de cada centro de resistencia se situar ía entre 400 y 500 personas, lo que eleva a 70.000 el número de soldados encargados de defender esta barrera contra una invasi ón enemiga. Sin embargo, la estructura se quedó a medias, y nunca se llegaron a destinar a ella las tropas previstas.

Un búnker entre colinas cerca de Garriguella, en el Empordà (Cataluña)

Un búnker entre colinas cerca de Garriguella, en el Empordà (Cataluña)

Pero, independientemente de la cantidad de edificaciones finalmente construidas, lo que llama especialmente la atención es lo faraónico de este proyecto en un momento de extrema carestía para la población española. Cada nido de ametralladoras, por ejemplo, requería 100 kilos de hierro, y un puesto anticarros, 700. Para construir cada uno de los búnkers más simples eran necesarias tres toneladas y media de cemento, en un momento en que el país apenas disponía de ese material. “No es de extrañar que un porcentaje elevado de ese cemento no llegara a su destino -explica Lluís Esteva-, sino que fuera utilizado por algunos mandos militares como negocio paralelo”. El rearme del ejército franquista en aquellos años, una estrategia en la que se engloba la Línea P, hizo disparar el presupuesto de Defensa de los 2.350 millones de pesetas de 1942 a los 3.500 de 1948.

La construcción de la línea defensiva tenía tal prioridad, cuenta Manel Pujol, que “en todo el valle de Camprodon no había Portland más que para hacer fortines” y si alguna vez él lo necesitó para alguna obra civil, “tenía que ponerme de acuerdo con un brigada sin que se enteraran sus superiores y me sacaba unos sacos del almacén donde ellos guardaban los materiales”.

Una defensa anticuada
Paradójicamente, la única invasión que tuvo lugar fue la que protagonizaron los maquis, especialmente en Val d’Aran a finales de 1944. Pero esta operación guerrillera no influyó, al menos desde el punto de vista militar, en la construcción de la Línea P.”.Los maquis son parte de una guerra de guerrillas, y la Línea Pirineos no está pensada en absoluto para eso, su objetivo es defender a España de una penetración de mayor envergadura”, señala José Manuel Clúa.

Pero ¿estaba la Línea P preparada para rechazar una invasión a gran escala? Hay opiniones encontradas al respecto. Para unos, la línea podría haber sido eficaz para contener una invasión convencional a través de los Pirineos por los pasos fronterizos, de hecho, los únicos puntos por los cuales podían entrar tropas convencionales con material pesado. Pero, en el caso concreto de las fortificaciones de Aragón, Clúa considera que se cometieron demasiados errores: “Búnkers demasiado elevados, otros demasiado bajos, algunos con líneas de tiro obstruidas. Hubo demasiados fallos”.

En cualquier caso, en lo que todos están de acuerdo es en que la Línea Pirineos estaba pensada siguiendo los conceptos militares propios de la Guerra Civil, pero no de la Segunda Guerra Mundial. En ese último gran conflicto, los ejércitos aliados habían utilizado con éxito el desembarco y los lanzamientos masivos de paracaidistas, tácticas todas ellas prácticamente desconocidas para los militares franquistas.

Ferran Sánchez, en “Maquis y Pirineos: la gran invasión”, explica los planes aliados para una posible invasión, que consistían en un lanzamiento de paracaidistas en Madrid que cortara los principales núcleos de comunicaciones, tomara los centros de poder y cogiera a contrapié al grueso del ejército español, que se encontraba justamente en el Pirineo. Por lo tanto, en una guerra moderna, el ataque, probablemente, no habría tenido lugar a través de la frontera francoespañola. Pero a pesar de que las estrategias y los medios militares habían cambiado, el proyecto de la Línea P siguió adelante. Miles de hombres y cantidades ingentes de recursos fueron movilizados, y decenas de pueblos de todo el Pirineo notaron los efectos, para lo bueno y para lo malo, de aquella movilización. Se calcula que una media de 12.000 hombres estuvo trabajando en la construcción de los búnkers en toda la zona, de ellos numerosos ex mineros asturianos, expertos en el uso de explosivos. Sin embargo, ningún preso republicano trabajó en esta infraestructura defensiva.

Centro de resistencia 113, en una cumbre cerca de Canfranc (Aragón)

Centro de resistencia 113, en una cumbre cerca de Canfranc (Aragón)

Es de suponer que este despliegue de efectivos tendría efectos sobre las poblaciones pirenaicas. “Los militares crearon carreteras nuevas en bosques anteriormente inaccesibles, vías que todavía hoy se usan. Sin duda, desde ese punto de vista, muchos pueblos se beneficiaron de su presencia”, explica José Manuel Clúa. Desde ese punto de vista y desde otros. Un acta de deliberaciones del Ayuntamiento de Martinet de febrero de 1946 refleja que  “el señor alcalde propuso sería de gran utilidad para el vecindario y formación de la juventud contar con un campo de fútbol; manifiesta la oportunidad de existir actualmente fuerzas del ejército en el grupo de Martinet los cuales han prometido al mismo, dada la condición de que podrán ellos utilizarlo, su construcción gratuita”. La actual alcaldesa de esta población, Anna Armengol, guarda celosamente en el Ayuntamiento el cartel original de una corrida de toros en Martinet, que se pudo llevar a cabo en el pueblo gracias a que los militares constituían el público necesario para celebrarla. Nunca más se ha vuelto a ver una corrida allí.

La memoria de aquellos años quedó bien presente en la zona. Anna Armengol señala que en su pueblo se registraron varios casos de matrimonios de mujeres de Martinet con militares que luego se quedaron a vivir allí. El recuerdo de la Línea Pirineos, por tanto, quedó para siempre vinculado a la población.

Entre 1944, año en que los aliados liberaron Francia, y 1946, cuando el país vecino cerró sus fronteras con España, se produjo el mayor empuje a la construcción del complejo. En ese último año, la ONU investigó si en los Pirineos se estaba construyendo una estructura de carácter ofensivo, lo que, finalmente, fue descartado por los técnicos de las Naciones Unidas que inspeccionaron parcialmente la zona. Manel Pujol recuerda la visita que los inspectores ONU realizaron a Camprodon. Explica que sólo pudieron quedarse en el pueblo  “los soldados que tenían traje de paisano”, mientras que al resto de la tropa “la ocultaron en la montaña de Sant Antoni, adonde sólo se podía llegar tras una larga caminata” durante el tiempo que los representantes de las Naciones Unidas hicieron la visita. También explica Pujol que, para que pasara inadvertido a la vista de los inspectores internacionales, “camuflaron uno de los fortines colocando delante un gran letrero en el que se podía leer “Hotel Rovira’”. Dos años después, la frontera se reabría y empezaba a quedar claro que los aliados preferían una España franquista que una Península que pudiera caer en la órbita de los países comunistas. Los países occidentales dejaron de pensar en la idea de invadir la Península.

Ante el nuevo estado de cosas, el ritmo de construcción de búnkers comenzó a ralentizarse hacia 1948. La gran fortificación fue perdiendo sentido y a principios de los 50 empezó a ser abandonada, especialmente con motivo del acuerdo entre Franco y Eisenhower, de 1953. Cientos de puertas blindadas y kilómetros de alambradas quedaron almacenados durante décadas en los depósitos de Jaca, Figueres y Pamplona. Hoy hay quien dice que la mayoría de ellas acabó en el Sahara a principios de los años 70. En cuanto a los búnkers y los fortines, simplemente cayeron en el olvido, aunque en 1969 el ejército realizó un inventario y revisión completa, y todavía a principios de los años 80 se llevó a cabo otra inspección, aunque menos en profundidad.

Los búnkers siguen hoy en pie, escondidos unos entre la vegetación, otros imponentes, pero de su función ya no se acuerda casi nadie, sólo quienes tienen la edad suficiente para recordar su construcción o los que han investigado el proyecto. Un proyecto tan colosal como inútil.
Texto: Fèlix Badia y Antoni F. Sandoval
Fotos: Andoni Canela

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8 comentarios

  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: La frontera pirenaica está salpicada de miles de búnkers que nunca llegaron a usarse. Cubiertos de vegetación y de olvido, han visto pasar a su lado a quienes iban o venían de las pistas de esquí. Es la Línea P, una obra fara…..

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  2. Sobre la fortificacion Vallespin en Guipuzcoa (integrada en la linea P) he encontrado el siguiente libro, que puede bajarse completo en: http://www.ingeba.org/liburua/vallespin.pdf

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    • Una información muy interesante que ya me he guardado en mi PC.
      Muchas gracias por compartirlo.
      Saludos.

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  3. Si los bunkers llegan a servir, frente a la fuerza arrolladora de los aliados; hoy no hablariamos de memoria histo’rica, ni de Baltazar Garzon. La justicia habria sido expeditiva y con toda la razo’n del mundo………….. ! Qué suerte tuvieron los chavales y qué injusticia tan grande…….!

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  4. Hay que distinguir dos etapas o dos situaciones históricas distintas, la Línea P, que se extiende por los Pirineos y que es realizada por miedo a una invasión aliada o soviética, desde Francia por todos los Pirineos, o la Línea Vallespín, diseñada en 1938 por el T.Col del mismo nombre y que por su situación geográfica y en el tiempo, parece destinada a retrasar el avance que pudiesen tener los alemanes al llegar a Irún o a los Valles de Navarra, en caso de que nos enfrentásemos al impredecible Hitler. En 1940-41, los blindados alemanes no son los del 43-44, es decir mucho PIII y IV, Dos carreteras para avanzar y un terreno extraordinariamente montañoso, donde la Blizkrieg podría ser ralentizada, en espera de una ayuda británica, que no tardaría, pues los verdaderos objetivos alemanes, serían Gibraltar y Portugal.

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    • Gracias por tu aportación.

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  5. Yo creo que el verdadero motivo de la linea P fue el miedo a los rusos, o al pacto de Varsovia. Se siguió construyendo y hubo 4 brigadas en los Pirineos aún sabiendo que los aliados ya no invadirían, pues habían reconocido a Franco. El Estado mayor español, sabía bien que si había una guerra con la URRS, era muy posible que no se utilizase armamento nuclear, por miedo a la reacción del enemigo, algo similar a lo que ocurrió con el gas en la IIGM. En tal caso, el Pacto de Varsovia era muy superior a las fuerzas de la OTAN, pudiéndose presentar los rusos en la frontera, pues tenían más de todo, menos bombas nucleares. Los bunkers fueron revisados por inspectores de la ONU que declararon que eran de uso defensivo. Es cierto que todo empezó con la línea Gutierrez, en el 38 aproximadamente. Ya sabían la que se iba a liar en el 39. En verdad todos los E.M de los ejércitos tienen planes para cualquier contingencia, hasta si nos invaden los marcianos.

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  6. […] a la cantidad de soldados, también se pudo construir un campo de fútbol y celebrar la única corrida de toros de la historia de […]

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